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martes, abril 15, 2014

'Mejor otro día', una comedia menos negra de lo que debería

Mejor otro día debía ser una comedia negra, muy negra. El material está ahí y la premisa lo exige. Cuatro personas deciden suicidarse en el mismo momento, en Nochevieja, y desde el mismo lugar, la azotea de un edificio, y ese encuentro cambia para siempre sus vidas gracias a un pacto que firman para que ninguno de ellos intente quitarse de nuevo la vida al menos hasta el día de San Valentín. Pero su director, Pascal Chaumeil (Llévame a la Luna), basándose en la novela de Nick Hornby, no termina de escarbar en la historia hasta el punto de mala leche que habría sido agradecido. Hay algunos diálogos brillantes, hay cierto momentos atractivos de sus protagonistas, pero al final todo queda demasiado deshilachado y es difícil ponerse en la piel de cualquiera de los cuatro protagonistas. Chaumeil, habitual director de segunda unidad de Luc Besson no consigue más que una película relativamente agradable, pero queda la sensación de que había materia prima para mucho más.

Aunque hay pinceladas de esa comedia negra que se intuye en la premisa, y que de hecho es la que se viene a mostrar en la primera y delirante escena de la película (probablemente la mejor), en la que se juntan los cuatro suicidas en la azotea sin saber quiénes son ni los motivos por los que quieren acabar con sus vidas, la opción de Chaumeil es la de una comedia mucho más ligera. El motivo es simple, no es una película sobre la muerte o el suicidio, sino una película sobre la vida. Parece un matiz nimio, pero a la larga es lo que decanta la balanza hacia un filme tan simpático en algunos momentos como inane en su conjunto, y que se sustenta mucho más en sus personajes que en su historia o en la forma en la que está contada, porque el filme deja pasar algunos temas jugosos (la presión de los medios sobre los cuatro protagonistas, tres de ellos anónimos antes de que tuviera lugar su encuentro) y avanza a base de unas elipsis que no terminan de estar demasiado bien explicadas.

Son, decía, los personajes los que sostienen la película, que de hecho se estructura en cuatro bloques no demasiado definidos en base a los cuatro protagonistas. Y más incluso que los personajes, los actores. Porque los primeros se construyen a pinceladas más o menos irregulares, con aspectos que incluso se quedan en el aire sin que haya demasiado motivo para ello (como, por ejemplo, las menciones a la hermana de Jess) pero se hacen creíbles con el buen trabajo del reparto. Pierce Brosnan, Toni Collette, Imogen Poots y Aaron Paul están muy convincentes, pero sobre todo merecen ser destacados los dos más veteranos, los dos primeros, los que más y mejor se creen sus papeles (aunque Poots encaja a la perfección en la parte más alocada de su personaje), y los que hacen mucho más verosímiles sus diálogos. El "¡te han curado!" de Collette viene a ser la más divertida muestra de que capta a la perfección la ingenuidad de su personaje, mientras que Brosnan aporta lo de siempre, su propia clase personal, que tan fácilmente le lleva a interpretar una película de James Bond como un anuncio de seguros.

Si lo que se busca es una película agradable para pasar el rato sin demasiadas pretensiones, Mejor otro día vale perfectamente gracias a esos detalles positivos en sus diálogos y en su reparto, pero es inevitable esa sensación agridulce porque la historia daba para más. Y aunque el nombre de Nick Hornby incite a pensar en algo más, porque casi todas sus novelas han sido objeto de adaptación al cine desde que triunfó Alta fidelidad y es guionista de la merecidamente alabada An Education, lo cierto es que la película se queda corta. Alguna que otra risa, algún que otro camino interesante, alguna que otra escena muy lograda, pero un conjunto que Chaumeil no termina de llevar con acierto como para que el destino de los personajes pueda llegar a importarle demasiado al espectador o para que la película sea algo más que un pasatiempo ligeramente amable.

lunes, octubre 28, 2013

'El camino de vuelta', lo de siempre, pero delicioso

El camino de vuelta es una película típica, de eso no cabe duda. Por su temática, por su enfoque, por su reparto, por su historia... Pero es de esas películas que, aún siendo típicas, son deliciosas, que dejan un buen rollo impresionante, que se disfrutan de principio a fin, en la que hay siempre personajes con los que sentir una empatía especial. E incluso, a pesar de la distancia geográfica y cultural, la identificación es tan sencilla que es imposible no sentir cariño por el filme. Es una historia bien escrita, pero sobre todo bien interpretada y dirigida por los debutantes Nat Faxon y Jim Rash, que se reservan además dos divertidos papeles secundarios. Y sí, puede que sea lo de siempre, la historia del chaval tímido e introvertido al que se le avecina un verano horrible y que en realidad está a punto de empezar a descubrir su sitio en la vida. Pero tiene gracia, simpatía e inteligencia, algo que en una comedia dramática siempre se agradece. Eso y actores que encajen. Aquí, todos, desde los jóvenes Liam James y AnnaSophia Robb a los conocidos.

Duncan (Liam James) tiene 14 años. Su madre (Toni Collette) tiene un nuevo novio, Trent (Steve Carrell), que a su vez tiene una hija, Steph. Todos juntos van de vacaciones a una casa que él tiene junto a la playa. Por supuesto, Duncan se siente el ser más desgraciado y asilado del mundo. Pero allí empezará a encontrar su sitio junto a un tipo que conoce por casualidad, Owen (Sam Rockwell), que le ofrece un lugar tremendamente divertido en el que olvidar todos sus problemas y ser él mismo, y Susanna (AnnaSophia Robb, una de las niñas de Charlie y la fábrica de chocolate), la hija de la alocada vecina, que parece ser la única persona casi de su edad (es algo mayor que él) que comprende por lo que está pasando. Sencillo y tópico. Pero sumamente efectivo ya desde la primera escena, una conversación entre Duncan y Trent rodada con bastante buen criterio para interesar desde el principio.

La primera media hora deja la impresión de que la película va a dejar un buen recuerdo gracias a sus personajes más extravagantes, especialmente los de Owen y Betty (la madre de Susanna, una siempre divertida Allison Janney), pero poco a poco la película va creciendo, ganando en otros muchos aspectos, y acaba siendo un magnífico y agridulce retrato sobre la madurez y los diferentes momentos de la vida y las muy variadas situaciones en las que ésta puede llegar. Y siendo como es un relato vital y realista, en el que todos los personajes son usados con mucho acierto, es imposible no encontrar elementos de interés en las situaciones más cotidianas y no sólo en las extravagancias. Incluso viendo cómo uno de esos dos personajes extravagantes, el de Owen, es el que va conduciendo las sensaciones de la película. Rockwell es un espléndido actor y la forma en la que hace evolucionar a su personaje es una hermosa muestra.

Si hay algo por lo que destaca El camino de vuelta es por el buen rollo que transmite, incluso asumiendo que buena parte de sus escenas apuestan por el drama de una forma evidente sin perder por ello la oportunidad de sacar risas y sonrisas en muchos momentos. Y una película que transmite buen rollo es difícil que sea mala. Muy buena la carta de presentación como directores de Faxon y Rash, que han manejado con inteligencia una historia que en el fondo está llena de situaciones una y mil veces vistas, pero que han suplido la reiteración temática con una espléndida dirección de actores y unas muy sinceras ganas de que el público pase un rato agradable delante de la pantalla. Mucho más si encima se disfruta con los diálogos (grandes las conversaciones entre Duncan y Owen, con diferencia las más vivas y divertidas) y con los actores. Y con 103 minutos de duración, algo perfecto para que no se note su sencillez con un metraje más ambicioso ni se haga artificial por excesivamente corta. Una película muy agradable.

domingo, febrero 03, 2013

'Hitchcock', cine dentro de cine complaciente pero bonito

Las películas de cine sobre cine que se agarran a figuras reconocibles tienen mucho ganado. Hitchcock, obviamente, arranca desde ese terreno y ya tiene ganado una consideración favorable a poco que no ejecute un estropicio de proporciones épicas. Lo que acaba ofreciendo el debutante Sacha Gervasi es un retrato algo edulcorado del conocido como maestro del suspense mientras creaba una de sus últimas obras maestras, Psicosis. Y es, efectivamente, un retrato complaciente en muchos momentos, que no quiere ofender al aficionado, pero no por ello menos bonito de contemplar, francamente gozoso en algunos momentos. Poco aportará en términos históricos a quienes conozcan algo sobre el rodaje de Psicosis, pero para los profanos será una hermosa manera de acercarse a un auténtico clásico siempre disponible para ser descubierto.

Hitchcock no estrictamente un biopic, no abarca toda la vida del protagonista. Ni siquiera un amplio espectro de la misma. Hitchcock es la creación, rodaje y estreno de Psicosis. No va ni pretende ir más allá. Gervasi (cuyo trabajo más relevante hasta ahora es el guión de La terminal, de Steven Spielberg) realiza un ejercicio de síntesis bastante inusual y, por qué no decirlo, agradecido, en esta época. Lo que le podría haber dado para un filme mucho más extenso, y quizá sea posible que le falten algunos minutos en algunos tramos, se queda en unos ajustados 98 minutos en los que, si peca de algo, es de plantear demasiados temas sin llegar a dejar que ninguno coja el protagonismo que habría tenido en otras manos. Está el Hitchcock megalómano, su obsesión con las actrices rubias, su colaboración con su esposa, Alma, su lucha contra los demonios interiores (curiosamente personificados en esta película en Ed Gein, el asesino en serie que inspiró Psicosis, interpretado por un inquietante Michael Wincott), su pelea con la censura y con el estudio por hacer las películas tal y como las quería.

Dar vida a Hitchcock es un caramelo en cierto modo envenenado del que Anthony Hopkins sale más que airoso. En ocasiones parece algo preso de la caracterización física del personaje, pero en otros momentos cobra vida ante la cámara, hasta acabar en un gozoso final que capta a la perfección la esencia de todo lo que representa Hitch, el hombre que quería provocar sensaciones nuevas en el interior de una sala de cine. Las interpretaciones, de hecho, van desde lo mejor a lo más insulso de la película. Toni Collette borda el papel de Peggy Robertson, la secretaria de Hitchcock, dándole el tono de comedia desenfadada que en el fondo requería la película. Scarlett Johansson y Jessica Biel no logran la trascendencia que sí podrían haber tenido, dando vida a Janet Leigh y Vera Miles, las dos protagonistas femeninas de Psicosis. Y aunque James D'Arcy apunta buenos detalles como Anthony Perkins, lo cierto es que el filme pasa totalmente de puntillas sobre su personaje, perdiendo una oportunidad interesante. Ahí, por ejemplo, falta metraje.

En realidad es que, salvo por resaltar la presencia de Scarlett Johansson, el rodaje de Psicosis no alcanza un papel dominante en esta recreación. Importa mucho más su gestación, lo que representa en la carrera de Hitchcock y el momento personal en que le llega (Helen Mirren da vida a Alma, ejemplificando de nuevo los altibajos a los que refería antes, por momentos espléndida pero en otros mera comparsa), su montaje (con la inolvidable anécdota con Bernard Herrmann de la música en la escena de la ducha) y su estreno, que no el proceso de filmación. Quizá por eso los actores que interpretan a actores no cobran tanta relevancia como, por ejemplo,  el escritor Whitfield Cook (Danny Huston, siempre solvente), a quien Hitch considera un rival por el afecto de su esposa y no duda en dejárselo claro cada vez que se cruza con él. Por supuesto, todo está contado desde el prisma más favorable a Hitchcock, carismático hasta en sus flaquezas, y con la sensación de que la idea es dejar bien a todo el mundo, incluso a su odiada Vera Miles.

Hitchcock es una película tan amable como hermosa de ver. O quizá es que el cinéfilo que llevo dentro disfruta sobremanera con películas que tocan los entresijos del mundo del cine. Lo que es un innegable es que hay un sincero intento de mostrar cómo era Hitch y cómo era el cine de aquella época. Además de los ya habituales sobresalientes tareas de diseño de producción, uno de los elementos que más ayudan al espectador en esa tarea es la magnífica banda sonora de Danny Elfman, que recrea el mítico tema de la serie televisiva Alfred Hitchcock Presenta y, por supuesto, algunos de los temas de Psicosis. Hitchcock, con sus toques de humor, es un filme que requiere ganas de disfrutar, porque está hecha como un homenaje cariñoso a una figura que, precisamente, careció del reconocimiento de la industria cuando todavía estaba en activo. Ese es otro de los temas de este interesante y entretenido filme, seguramente el que más sentido da a todo el trabajo que conlleva, con muchas cosas interesantes aunque sólo por esa hermosísima y genial escena final en el cine, en el estreno de Psicosis, ya merece la pena.