jueves, agosto 21, 2008

10 PELÍCULAS... 10 deportes

Estamos en fechas olímpicas y, por tanto, es adecuado recordar películas que tenían en el deporte uno de sus principales argumentos. Para algunos títulos esa práctica era el elemento esencial. Para otros, sólo una excusa para desarrollar la historia. Pero el deporte, en todo caso, siempre está presente. Son muchas más, esta claro, pero estas son diez notables películas sobre deportes, disciplinas olímpicas y otras que no lo son.
ATLETISMO: Carros de fuego
La película olímpica por excelencia sigue a dos atletas británicos, uno judío y el otro cristiano, antes de su participación en los Juegos de 1924. Ver a alguien en el cine compitiendo en atletismo sin la música de Vangelis ya no tiene sentido después de esta película. En pantalla vemos a los atletas en carreras de 100 y 400 metros. Un filme académico, muy británico, algo frío, pero que consiguió nada menos que cuatro Oscar, incluyendo el de mejor película.
AUTOMOVILISMO: Días de trueno
Tom Cruise tratando de ganar las carreras de la Nascar. Un guión simple se convierte en un muy buen entretenimiento, gracias sobre todo al buen hacer en la dirección de Tony Scott (el hermano de Ridley) y unas interpretaciones convincentes de Cruise, Robert Duvalll y Nicole Kidman. A todo buen piloto hay que encontrarle un rival a muerte, y aquí lo interpreta Cary Elwes. Hans Zimmer pone la música necesaria para que nos importe de verdad quién gane la Nascar.

BALONCESTO: Hoosiers
Hablar de Indiana es hablar de baloncesto. Gene Hackman borda su papel de entrenador polémico ante su última oportunidad de triunfar, magníficamente acompañado por Dennis Hopper (nominado al Oscar) y Barbara Hershey. El baloncesto universitario nunca encontrará mejor retrato que el de Hoosiers, una película brillante y emocionante (a lo que contribuye la inolvidable música de Jerry Goldsmith). Es precioso comprobar en esta película cómo ha cambiado el baloncesto, viendo partidos sin línea de tres o con tiros libre a cucharón.
BEISBOL: El mejor

Robert Redford da vida a un joven y prometedor jugador de béisbol. Cuando consigue una prueba para hacerse profesional, su vida se ve truncada por un trágico suceso. Años después, cuando muchos jugadores pensarían en la retirada, él hace realidad su sueño y debuta en la Liga americana, convirtiéndose en una estrella que nadie sabe de dónde ha aparecido. Una muy apreciable película de Barry Levinson que, eso sí, cambia por completo el final de la novela en la que se basa.

BOXEO: Rocky

Siempre ha atraído el boxeo al cine americano (un ejemplo más reciente y notable es Cinderella Man). Rocky aprovechó esa corriente y convirtió en estrella a Sylvester Stallone, protagonista y guionista (y ganó el Oscar por su libreto; Rocky también el de mejor película). El combate contra Apollo Creed, un número uno contra un boxeador desconocido y sin futuro, forma parte del imaginario de quienes crecimos en los 80, como también las escaleras que todos queremos subir corriendo en Filadelfia algún día. La saga se alargó hasta la sexta entrega, el pasado año. Y fue una pequeña gozada volver a ver a Rocky.


FÚTBOL: Evasión o victoria

A falta de una película definitiva sobre el deporte rey en España, nos conformaremos con la bonita excusa con la que John Huston montó un filme sobre la Segunda Guerra Mundial. Unos prisioneros aliados intentan escapar del cautiverio nazi aprovechando un partido de fútbol organizado en París por la propaganda alemana. Sólo por ver jugar a Pelé o Ardiles ya merecía la pena este título. Pero tener a Stallone de portero (se rompió un dedo parando un tiro de Pelé) es algo que no tiene precio.

FÚTBOL AMERICANO: Un domingo cualquiera

Oliver Stone se acercó al fútbol americano desde casi todos los ángulos posibles en una sola película que quiso sentar las bases para siempre de la aproximación cinematográfica a este deporte (el título bien podría ser el de la película definitiva sobre el fútbol). Su ambicioso plan se queda a medias, pero la película entretiene. Al Pacino convence pero no enamora como entrenador, Cameron Díaz deja más dudas como directiva. El reparto, brillante, incluye a James Woods, Dennis Quaid o Jamie Foxx. Una curiosidad.

KARATE: Karate Kid

Un torneo de karate para menores de 18 años es la excusa para una de las películas juveniles más populares de los 80. Ralph Macchio se hizo efímera estrella con esta saga (la cuarta película no contaba ya con él como aprendiz, sino con Hilary Swank), innecesaria pero productivamente alargada. ¿Quién no se acuerda del “dar cera, pulir cera” del maestro Miyagi que interpretó Pat Morita? Una jovencísima Elisabeth Shue era la imprescindible e inevitable chica en esta entretenida historia de adolescentes.

TENIS: Extraños en un tren

Nada menos que un tenista es uno de los dos protagonistas de una de las maravillas de misterio de Hitchcock. Su mujer no le concede el divorcio a pesar de haberle dejado y no puede casarse con su nueva prometida. Un extraño le ofrece la solución: intercambiar asesinatos para que nadie sospeche de ellos. Durante el partido de tenis, descubrimos lo inquietante que puede llegar a ser que un espectador no haga el giro habitual de cuello siguiendo la pelota de un campo a otro. El tenis es sólo una excusa para Hitch, pero aparece.

TIRO CON ARCO: Robin de los bosques

¿No era Robin Hood el mejor arquero de todos los tiempos? Pues lo tenía que demostrar en una competición, y el Príncipe Juan de Claude Rains se la brindó. Para capturarle, claro, pero se la brindó. Errol Flynn se convirtió en el Robin Hood definitivo (sobra decir que él no disparó las flechas más certeras, eso lo hizo el arquero Howard Hill) y Olivia de Havilland en la Lady Marian de nuestros corazones. Esta maravillosa película bien podría haber servido como ejemplo de esgrima, gracias al magnífico combate de espadas con Basil Rathbone.

miércoles, agosto 13, 2008

Del miedo en 'Batman begins' al caos en 'El Caballero Oscuro'

La saga de Batman pasa del miedo al caos. Batman begins era un estudio sobre el miedo: como base de nuestras acciones e indecisiones, el pánico a lo desconocido y al futuro, las fobias personales que se pueden y no se pueden superar. El Caballero Oscuro es, en cambio, un estudio sobre el caos. El caos como motor del universo, como destructor de la justicia, como el quebranto de la voluntad, como corruptor de los justos. ¿Y qué fuerza del caos puede ofrecer el cómic más poderosa que el Joker? Si en Batman begins la elección por el Espantapájaros era obvia, mucho más la del Joker para su secuela. Caos, puro caos descontrolado es lo que ofrece el Joker que interpreta Heath Ledger.

La presencia del Joker provoca un considerable aumento de la violencia de la película. Mucho más psicológica que visual, pero violencia al fin y al cabo (la prodigiosa partitura de Hans Zimmer y James Newton Howard contribuye a dar una fuerza casi sobrenatural al Joker). Para Ra’s Al Ghul, el villano central de Batman begins, lo importante era el objetivo. Para el Joker, lo básico es cómo llega a ese objetivo. El Joker disfruta con cada pequeña atrocidad que comete, con cada macabro juego que ofrece, con cada manipulación de peones que lleva a cabo, con cada mentira que usa para pervertir a los héroes.

Esa es la primera diferencia temática que se puede encontrar entre las dos películas que Christopher Nolan ha realizado sobre Batman, pero en absoluto la única. Pese al dominio del caos, y en contra de lo que sucedió en la tetralogía anterior (de Tim Burton y Joel Schumacher), el personaje central de la película es el Señor de la Noche. En Batman begins, se hablaba de su miedo, pero también de su nacimiento (de ahí el título) y aprendizaje. Aquí se pasa al desarrollo de su lucha contra el crimen. Hay dudas, pero no son esenciales. Lo capital en esta secuela es la búsqueda de los límites. ¿Hasta dónde se puede llegar para luchar contra el crimen? ¿Qué clase de héroe necesita el mundo moderno como salvador? Esas son las preguntas que plantea El Caballero Oscuro.

El debate sobre la identidad del héroe encuentra un refuerzo magnífico en la inclusión de Harvey Dent. El fiscal del distrito que promete ser la imagen de una Gotham libre de violencia y corrupción y su lucha contra su yo más oscuro, el que permanece oculto bajo la semblanza del caballero brillante que llega al rescate de toda una ciudad. Su reflexión sobre el heroísmo (“o mueres como un héroe o vives lo suficiente como para convertirte en el villano”) es quizá el análisis más certero y brillante sobre la sociedad actual que se haya hecho en una película del subgénero de superhéroes de cómic. La presencia de Alfred y Lucius Fox actúa como catalizador de la conciencia de Batman. Son sus guías, quienes le marcan esos límites que el héroe no puede sobrepasar. Entre otros aspectos, su éxito o su fracaso determinará la clase de héroe que es Batman.

Formalmente, la diferencia entre ambas películas es obvia. Batman begins tenía una estructura clásica de tres actos. En el primero, Bruce Wayne aprendía lo necesario para cumplir la promesa realizada s sus padres asesinados y enfrentarse al crimen de Gotham. En el segundo, se presentaba en su ciudad y Batman conocía sus posibilidades y a sus enemigos. En el tercero, el héroe lucha por salvar a la ciudad de la destrucción. El Caballero Oscuro rompe por completo con esa estructura clásica. ¿El motivo? El caos, obviamente. Lo temático trasciende a lo formal. Muchos momentos climáticos, muchos personajes con su momento estelar, muchas aparentes resoluciones que abren nuevos dilemas. Y, eso sí, un final impresionante.

Y para quien quiera profundizar en las diferencias visuales, lo primero que hay que decir es que El Caballero Oscuro es una película esencialmente urbana. Salvo un pequeño paréntesis, Gotham es la estrella. En Batman begins no vemos Gotham en todo su esplendor hasta el segundo acto (al menos la Gotham decadente en la que se mueve Batman), y el primero se desarrolla en un ambiente radicalmente distinto al de la ciudad. Las diferencias en el traje de Batman son sutiles, pero muy apreciables. Tanto que se explican en la propia película y pasan, sobre todo, por una mayor movilidad en el cuello. En la primera película ya era mucho menos rígido que en las cuatro anteriores, pero en ésta alcanza sus máximas posibilidades. Y, por supuesto, tenemos un cambio de vehículo, pero no por ello dejamos de ver el espléndido Batmóvil creado para Batman begins.

El Caballero Oscuro llega hoy a España convertida ya en la tercera película que más dinero ha recaudado en Estados Unidos, nada menos que 441,5 millones de dólares. Por encima sólo tiene a La guerra de las galaxias (461 millones) y Titanic (600 millones). En el mercado internacional, y sin haberse estrenado todavía en muchos países, como el nuestro, ya lleva recaudados otros 263 millones, para un total de 704,5 millones de dólares. Y otro hito de taquilla. Hacía nada menos que cuatro años y medio que una película no encabezaba el ranking de taquilla durante cuatro semanas consecutivas. Tras su estreno en diciembre de 2003 lo hizo El retorno del Rey, la tercera y última entrega de El Señor de los Anillos.

lunes, agosto 11, 2008

'Gladiator', fuerza y honor

Cuando uno puede ver una película una y otra vez disfrutándola como si la descubriera en ese momento, es que el título en cuestión merece la pena, resiste el paso del tiempo y es altamente recomendable. Eso es Gladiator, el filme que reconcilió casi por completo a Ridley Scott con Hollywood, después de una década algo oscura en su filmografía (que culminó con La teniente O'Neil). No era una tarea fácil porque en décadas nadie había conseguido hacer una película ambientada en la Roma imperial que cautivara a las audiencias y funcionara en taquilla. Tampoco era fácil conjugar el fácil desprecio que puede suscitar una película que podría haberse quedado en un simple vehículo de acción con las auténticas intenciones del proyecto. Porque hay una gran historia detrás, no sólo combates de gladiadores.

Es complejo no disfrutar con una película tan rica como ésta. Quien piense que sólo va a ver acción, se equivoca. Sí, la película arranca con una espectacular y poética escena de batalla en Germania, donde escuchamos por primera vez el grito de guerra "fuerza y honor". Sí, los combates en la arena del coliseo son formidables, en especial el primero, recreando la batalla de Cartago. Pero Gladiator es mucho más que eso. De hecho, si algo perdurará durante décadas serán unos brillantes diálogos, las escenas de tono más intimista, un magnífico desarrollo de personajes y unas actuaciones memorables. Es ahí donde está el verdadero valor de Gladiator. Lo demás es sólo el marco en el que se desarrolla la historia (que no la Historia; hay mucho de ficción en la película).

Gladiator es una de esas películas en las que hoy no se pueden imaginar otros actores que los que aparecen. Mel Gibson rechazó el papel de Máximo que al final interpretó Russell Crowe. Jennifer López pudo haberse hecho con el de Lucilla, que recayó en la entonces semidesconocida Connie Nielsen (¡qué lástima que Hollywood no haya sabido aprovechar el talento de esta actriz! Rodó Gladiator con 35 años, acercándose peligrosamente a la barrera de juventud que impone la industria...). El reparto lo completaron actores magníficos. Joaquim Phoenix, Oliver Reed, Richard Harris, Djimon Hounsou o Dereck Jakobi (espléndido actor al que redescrubrí gracias a las primeras películas como director de Kenneth Branagh; su papel en Gladiator se quedó en buena medida en la sala de montaje, aunque se recuperó para la edición extendida que apareció hace tiempo en DVD).

Durante el rodaje, Oliver Reed sufrió un ataque al corazón del que no pudo sobreponerse. Su muerte fue un duro golpe, pero Ridley Scott se negó a sacarle de la película. Podría haberlo hecho, ya que las claúsulas del contrato le permitían reemplazarle por otro actor, pero prefirió reescribir el guión (su personaje, Próximo, era quien debía enterrar en la arena del coliseo las figuras de la mujer e hijos de Máximo) y utilizar los gráficos por ordenador para superponer el rostro de Reed en el cuerpo de un doble. Un magnífico homenaje a un gran actor que había realizado un notable trabajo en la película y una despedida hermosa.

Lo mejor de Gladiator, insisto, son las escenas de conversación. Richard Harris protagoniza tres inolvidables. Primero con Connie Nielsen ("Basta de política. Aparentemos que eres una hija amante y que yo soy un buen padre"), después con Russell Crowe ("Quiero que tú seas el protector de Roma después de mi muerte") y finalmente con Joaquim Phoenix ("Tus defectos como hijo son mi fracaso como padre"). Igualmente intensas son las escenas de Crowe con Nielsen, sobre todo la primera vez que se curzan en pantalla y entendemos que tienen un pasado sentimental que ya está enterrado, más por él que por ella. Magníficas y tensas son las escenas entre Phoenix y Nielsen, sobre todo cuando el ya emperador Cómodo amenaza a su hermana Lucilla con un relato que le está contando a Lucio, el hijo de ésta. Todas las conversaciones son impresionantes.

La historia del general que se convirtió en esclavo, del esclavo que se convirtió en gladiador, cautivó enseguida al pública. Y, algo más extraño en la carrera de Ridley Scott, también a buena parte de la crítica. Gladiator ganó cinco Oscar, incluyendo el de mejor película y mejor actor para Russell Crowe. A pesar de ser la triunfadora de la noche, Traffic (qué final más decepcionante tiene esta buena película de Steven Soderbergh) le arrebató algunos de los premios más importantes, incluyendo el de mejor director. Hollywood se rendía al cine de Ridley Scott, pero le negaba el ansiado reconocimiento personal. Un premio que se escapó de forma incomprensible fue el de la mejor música. Hans Zimmer, un auténtico genio capaz de auténticas maravillas, veía como Tan Dun y Tigre y Dragón le arrebataban el merecido Oscar, un premio que logró cinco años antes con El Rey León (aunque fuera más por la inercia de aquellos años en los que Disney ganaba todos los premios musicales).

Como curiosidad, recordar que Máximo es hispano, pero según la versión que se escuche su procedencia es distinta. En el original, viene de Trujillo, y así se lo cuenta el general al emperador Marco Aurelio cuando le pregunta por su hogar. Pero en la versión doblada el nombre que se escucha es el de Emerita Augusta, la actual Mérida. Curioso cambio, desde luego... Según explica IMDB, los dobladores españoles adujeron para el cambio que "Trujillo no reúne las cualidades para ser cuna de un gladiador". Y, por cierto, ¿por qué demonios la película se quedó con el título inglés cuando tenía una traducción tan sumamente sencilla...?

Gladiator es una hermosa película, una historia sobre el regreso a casa de un hombre (ese, y no la venganza, es el tema que quisieron abordar guionistas, productores y director), un gran espectáculo hollywoodiense y, sobre todo, un gran relato épico lleno de interpretaciones magníficas. Una gozada que, ocho años después, va incluso ganando en valor gracias a unos diálogos birllantes e inolvfidables, una puesta en escena poderosa, una fotografía deslumbrante, un diseño de producción único y ambicioso y, sobre todo, mucho taltento.

"Me llamo Máximo Décimo Meridio. Comandante de los ejércitos del norte, general de las legiones Félix, leal servidor del verdadero emperador, Marco Aurelio. Padre de un hijo asesinado, marido de una mujer asesinada. Y alcanzaré mi venganza, en esta vida o en la otra".

sábado, agosto 02, 2008

Pixar se supera una vez más con 'Wall·E'

"En Pixar, desde nuestra primera película, hemos dedicado siempre más tiempo a la historia (que a la tecnología). Narramos historias. No dependemos de la tecnología. Nunca pensamos que estamos haciendo películas animadas. Sólo hacen cintas que deben ser tan buenas como cualquier otra de otro género. La diferencia es que las nuestras son animadas". Con esta sencilla explicación, Andrew Stanton, director de Wall·E, da en el clavo. Pixar no hace películas animadas. Pixar hace CINE, con mayúsculas, único e inolvidable. Y Wall·E lo demuestra, convirtiéndose, una vez más, en lo mejor que nos deja este imprescindible estudio. Casi siempre que estrena una película parece que no va a poder superarla. Pero siempre lo hace. Porque en Pixar hay absolutos genios.

La premisa de Wall·E es tan sugerente como disparatada. En una Tierra deshabitada y cubierta de basura, sólo quedan dos habitantes: un pequeño robot que se dedica a amontonar ordenadamente los restos que hay sobre el planeta y una cucaracha que le hace compañía. Y aunque parezca mentira, así comienza una de las más bellas, tiernas y hermosas historias de amor que se han visto recientemente en la gran pantalla. Porque, sí, esta película de ciencia ficción con carcasa de comedia para niños, es en realidad una historia de amor. La vida de ese pequeño robot, Wall·E (que tiene una capacidad vocal extremadamente limitada, lo que provoca que apenas haya diálogo durante buena parte del metraje), cambia cuando llega a la Tierra otro robot, EVA, que tiene una misión intrigante y sorprendente.

Así contada, es posible, sólo posible, que Wall·E no llame demasiado la atención de muchos. Quizá no interese por aquello de que son dibujitos y algunos pensarán que es para niños. Quizá algunos vean en la ausencia de demasiado diálogo un impedimento para emocionarse con la historia. O incluso quizá habrá quien piense que un robot sin cara no puede reflejar sentimientos. Craso error. Inmensa equivocación. Pixar, Stanton y Wall·E dan una lección de puro cine, demuestran que un personaje animado es capaz de contar mucho más que la inmensa mayoría de los actores actuales, nos recuerdan que lo visual es la forma más directa de narrar una historia y que esa historia es precisamente lo esencial del séptimo arte. La imagen asombra, los personajes conmueven. Pero la historia es sencillamente fascinante.

Wall·E es una películas para niños, sí. Pero, como en la mejor tradición de Disney, también para adultos. Tiene multitud de lecturas y detalles, destila una autencidad única y es una de las películas más divertidas de la casa (sino la que más, después de la hilarante Buscando a Nemo, dirigida también, y seguro que no es casualidad, por Stanton). Todavía a estas alturas sorprende ver un análisis tan certero de la lucha contra el cambio climático o la vida sedentaria en una película de animación. Pero, como decía, Pixar no hace simplemente animación y hay que cambiar el chip.

Stanton, además, nos garantiza que hay un nuevo genio en Pixar. John Lasseter cimentó el imperio con Toy Story. Brad Bird, que venía de maravillar con El gigante de hierro, dejó clara la excelencia que podía alcanzar con Los Increíbles o Ratatouille. Y ahora, Andrew Stanton demuestra que Buscando a Nemo no fue una casualidad. Wall·E indaga en los caminos de la comedia, pero de forma muy distinta a Nemo. El referente aquí es el cine mudo. Buster Keaton o Charles Chaplin usaron gags muy similares a los que funcionan en Wall·E. Y eso sin olvidar las referencias que hay a algunos clásicos de la ciencia ficción o los prodigiosos títulos de crédito (esa parte de las películas que pocos espectadores se sienten obligados a respetar) que suponen un bello recorrido por la historia de la pintura.

Para que Wall·E funciona hacía falta el trabajo de otro genio: Ben Burtt. Él se encarga de crear el universo de sonido que rodea al robot protagonista, algo esencial dado que apenas es capaz de hablar y que, sobre todo durante la primera hora de película, son efectos de sonido lo que escuchamos durante casi todo el visionado. Burtt se convirtió en leyenda creando los efectos de sonido de la saga Star Wars (¿quién no ha imitado alguna vez con la boca el sonido de un sable de luz...?), pero con la nueva trilogía no se le dio tanto mérito como a finales de los 70 y comienzos de los 80. Con Wall·E, Burtt nos vuelve a demostrar que en materia de sonido es un genio indiscutible. Y la magnífica música de Thomas Newman completa un grandioso recorrido sonoro por esta historia tan hermosa.

Podría extenderme hablando de Wall·E lo que quisiera. Podría decir que me he reído, que he llorado, que he disfrutado, que me he emocionado. Pero basta con decir que, simplemente, lo tiene todo. Es un peliculón. Un título ya inolvidable que ha pasado a la historia del cine por derecho propio.

miércoles, julio 30, 2008

¿Qué pasó con Kathleen Turner...?

Viendo El honor de los Prizzi, esa divertida sátira sobre la mafia que rodó John Huston en 1985, uno se pregunta dónde demonios está hoy en día Kathleen Turner... En los años 80, estaba en la cumbre. Cuando derritió a tantos espectadores con su impresionante papel en Fuego en el cuerpo, de Lawrence Kasdan, tenía 26 años y era una actriz debutante. Después formó pareja con otro nombre emergente por aquellos años, Michael Douglas, en tres películas: la entretenidísima Tras el corazón verde, su algo sosa secuela La joya del Nilo y la muy recomendable comedia negra de Danny de Vito La guerra de los Rose. Entre medias, había trabajado con grandes directores, con Huston en El honor de los Prizzi y con Francis Ford Coppola en esa pequeña joya algo olvidada que es Peggy Sue se casó.

Y con el final de la década de los 80, las apariciones de Turner se hicieron cada vez más esporádicas, cada vez más secundarias... Hasta que prácticamente desapareció. Verla en Friends interpretando al padre (sí, sí, al padre...) de Chandler es lo más importante que ha hecho en los últimos 20 años, junto con un puñado de apariciones en el teatro y también en la televisión. ¿Y el cine? ¿Qué pasó con el cine? ¿Abandonó Kathleen Turner la pantalla grande o fue al revés, fue Hollywood quien decidió que no tenía nada que ofrecer a una actriz fascinante como ella? Aunque las dos cosas son ciertas en parte, la respuesta es tan obvia como triste. Hollywood y la temida tiranía de la edad tienen la culpa.

Kathleen Turner confesó hace tiempo que el cine no lo es todo. "Aprendí hace años que adoro actuar y pienso que es casi la mejor forma de sentirme viva, pero realmente quiero una buena vida. Llevo casada 17 años (con Jay Wess; curiosidades de la vida, se acabó divorciando de él en 2007, seis años después de pronunciar esta frase y tras 23 años de matrimonio), tengo una hija de 13. Tengo una adorable vida familiar, con buenos amigos que no forman parte del negocio... y no tengo deseo alguno de ponerlo en peligro persiguiendo sólo una buena carrera", dijo hace ya algunos años la actriz.

Pero todos sabemos que Hollywood no perdona el paso del tiempo, especialmente a las actrices. Y mucho más si la carrera de esa actriz en cuestión, como fue el caso de Kathleen Turner, se basa en personajes con una sexualidad muy marcada. "Cuando llegué en torno a los 40, los papeles empezaron a frenarse. Me empezaron a ofrecer que interpretara madres y abuelas. Diría que el punto de corte hoy para papeles femeninos protagonistas los 35 o40 años, que es cuando la mitad de los hombres empiezan su carrera en Hollywood. Es una terrible doble vara de medir", explica.

Y esa discriminación que Hollywood tiene tan interiorizada se lleva por el camino a actrices espléndidas. A Kathleen Turner sólo la pudimos disfrutar en plenitud poco más de una década. Después hubo que empezar a buscarla en la segunda fila del reparto o en algún papelito en televisión. Lo positivo del asunto es que a la actriz no pareció importarle demasiado. "Cuando tenía 20 años, tenía muchas inseguridades y buscaba la aprobación de todo el mundo. Cuando llegué a los 40 y ahora a los 50, te levantes y piensas: "que te jodan, no nocesito probarme más", y eso te hace sexy". Lo lleva bien, sí, pero para el espectador se ha quedado húérfano. Para poder verla tenemos que recurrir al DVD... Qué pena...

martes, julio 22, 2008

'El Caballero Oscuro', sencillamente insuperable

El Caballero Oscuro es la mejor adaptación cinematográfica que jamás se ha hecho de un cómic. Así, sin más, sin medias tintas, sin ambigüedades de ningún tipo. Es la mejor. De largo. Pero no es sólo eso. Es también una de las películas más rompedoras, salvajes, perturbadoras, dramáticas y revolucionarias que se han hecho en años. Habrá quien piense que exagero por estar hablando de cine de superhéroes. Yo lo que pienso es que muchos caerán en el error de menospreciar este filme por el hecho de que su protagonista lleve una capa y una capucha, por su origen en las viñetas y porque el merchandising sea para algunos ejecutivos más importante que la propia película. Pero los 150 minutos de El Caballero Oscuro son el mejor ejemplo de cómo llevar el cine de acción a sus límites y sobrepasarlos, de cómo poner la historia y los personajes por encima de la espectacularidad visual y logren que ambos sean sobresalientes, en definitiva de cómo hacer cine, magnífico cine.

Hace sólo tres años, Christopher Nolan construyó un nuevo universo cinematográfico para Batman. Lo hizo anclado en la realidad y respetando la esencia más fantasiosa del personaje que durante décadas ha crecido en el cómic. Hubo casi completa unanimidad en reconocer Batman Begins como el mejor filme que se había hecho nunca de uno de los héroes más destacados de DC Comics y uno de los mejores con un superhéroe como protagonista. Tres años después, Nolan ha roto, para bien, todas las fronteras que podía tener ese universo. Ha rebasado todos los límites narrativos, visuales y de personajes que podía haberse marcado con su primera incursión en este mundo. Ha ofrecido lo que parecía imposible y ha superado las altísimas expectativas que había puestas en esta secuela, demostrando que se puede hacer cine del bueno dentro de un subgénero como el de superhéroes y en una segunda parte.

Lleva el cine norteamericano ya unos cuantos intentos de demostrar que ha superado el impacto psicológico del 11-S. Todo lo anterior eran fuegos artificiales en comparación con lo que ofrece El Caballero Oscuro. Y (casi) todo eso es gracias a una espeluznante composición del Joker. Heath Ledger se despidió a lo grande del mundo del cine. Es inútil trazar comparaciones entre su personaje y el Joker que hizo Jack Nicholson para el Batman de Tim Burton. Aquel nadaba en un mundo de fantasía y éste lo hace en uno realista. Los dos son sencillamente perfectos. Pero el terror que desprende la risa psicopática de Ledger no tiene igual. Ledger borda su papel en todos los sentidos. Nolan ha sabido entender al personaje como muy pocos lo han hecho. Entre ambos, han tejido una criatura siniestra, perversa, psicótica y malévola, sin por ello renunciar al toque cómico que siempre ha tenido el payaso príncipe del crimen. Un retrato inolvidable.

Christian Bale, que ya se había convertido en el Batman perfecto en la primera película de la saga, progresa en el personaje de forma tan natural como magistral. Es Más Bruce Wayne que hace tres años y es más Batman que hace tres años. Su juego con la voz, ayudado seguramente por la tecnología digital, es portentoso. Y, como en el caso del Joker, lleva su papel al extremo en todos los sentidos. Eso es algo que en este tour de force cinematográfico hacen todos los actores, desde Michael Caine y Morgan Freeman repitiendo sus roles de Batman Begins, hasta los nuevos Aaron Heckhart (magnífico como Harvey Dent a lo largo de todas las etapas de su personaje) y Maggie Gyllenhaal (dejando a la altura del betún a su predecesora en el papel de ayudante del fiscal, Katie Holmes). Decir más de cualquiera de ellos supone arruinar las sorpresas de la película, muchas, brillantes y que, afortunadamente, esta vez la promoción no se ha encargado de frustrar.

Otro de los prodigios que acomete con nota Christopher Nolan es la destrucción literal de la estructura cinematográfica tal y como la conocemos. "Bienvenido a un mundo sin reglas", dice el eslogan de la película. Y es cierto, tanto en la forma como en el fondo de la película. Nolan pasa del instante más brillante al plano más oscuro, de la comedia más inteligente al drama más terrorífico, de una historia de mafia a otra psicópatas. ¿Introducción, nudo y desenlace? ¿Para qué? Su historia va mucho más allá y vive media hora de introducción y dos horas de clímax. Hay tantos momentos que colocan al espectador en el borde de la butaca, que uno pierde la cuenta con facilidad. Y por eso la sensación de montaña rusa es constante. No hay bajones en el ritmo, hay un crescendo impresionante, un guión memorable y una actuaciones irrepetibles. Y todo ello lo consigue Nolan sin perder la perspectiva clásica que tiene su encuadre, sin volverse loco buscando la pirueta imposible, primando la historia por encima de todo lo demás.

Estamos ante una joya, ante uno de los títulos más importantes de la década. Las dos horas y media de El Caballero Oscuro no se contemplan. Se devoran. El poder hipnótico que tiene esta película hacía mucho que no se veía en una pantalla. La fuerza de los personajes de esta durísima historia de terror urbano, tampoco. Sencillamente, una película grandiosa que ya tiene un hueco en la historia del cine. Como decía, habrá quien piense que exagero. Pero son tantos los momentos de El Caballero Oscuro que se me han quedado grabados para siempre en la retina, que decir menos de lo que he dicho sería no hacer justicia a lo que acabo de ver. Ya estoy deseando volver a verla.

Nota: Por desgracia, en España no se podrá ver la película hasta el 13 de agosto. Hoy se han celebrado pases para la prensa tanto en Madrid como en Barcelona, y yo he sido uno de los afortunados que ha podido estar en el primero.

domingo, julio 20, 2008

Un feliz regreso a Narnia

Las crónicas de Narnia han llegado tarde al cine. Sí, es cierto que hace un par de décadas no existía la tecnología que hoy las hace creíbles, pero estas películas, hechas hace 20 o 25 años, formarían parte hoy del imaginario colectivo de quienes entonces eran (éramos) niños, como Lady Halcón, Dentro del laberinto o Cristal oscuro. Lo tienen todo: protagonistas con los que te puedes identificar, magia e imaginación, grandes batallas, animales fantásticos... Pero tienen un problema. Se han hecho ahora. El problema no es de las películas, sino del espectador. Los niños ya no miran igual este tipo de películas, ya no las aprecian como lo hacían en los años 80. Quizá eso explique en parte que esa segunda entrega de Narnia, El Príncipe Caspian, no haya tenido un enorme éxito económico. Quizá.

Lo ciero es que El Príncipe Caspian es un regreso a Narnia de lo más feliz para un espectador medio como yo, ajeno por completo a la mitología literaria de este mundo fantástico. La película se mueve en dos peligrosas balanzas. En la primera hay que pesar el grado de originalidad de una saga que llega a los cines cuando hay una saturación de historias de niño-joven que salva al universo fantástico de su destrucción. Gana con creces. Ya quisiera la sobrevalorada saga de Harry Potter tener toda la magia que tiene Narnia en la pantalla. En la segunda, se enfrenta al bagaje visual de la saga de El Señor de los Anillos. La influencia de la trilogía de Peter Jackson es tal que está devorando todo lo que viene detrás. Tras una hora inicial en la que Narnia corre el serio riesgo de sucumbir a ese mal de rodar todos los planos como lo hizo Jackson (algo que acusó muchísimo, por ejemplo, Eragon), la hora final nos saca de dudas. Aquí también gana.

Pero, y tiene que haber un pero, a Narnia le pueden dos males del cine actual, que son los que llevan las dudas a sus potenciales espectadores. En este mundo políticamente correcto que nos rodea, hay dos cosas que el cine no puede ofrecer a niños ni jóvenes: sexo y sangre. Lo primero es obvio que no encaja demasiado en Narnia, pero lo segundo es imprescindible, y más cuando la oferta de esta segunda película de la saga pasa por dos grandes escenas de batalla. Ambas son sublimes, salvo en un pequeño detalle: no se ve ni una sola gota de sangre. Se intuyen algunas muertes, alguna incluso se llega a ver. Pero algo falta. No hace falta crudeza ni recrearse en casquería, pero tampoco es necesario esconder lo obvio. Que la más duro que se vea en algunos momentos sean algunos rasguños en los rostros de algunos personajes y que un ratón pierda el rabo lo dice todo. Con todo, es bastante evidente (y agradecido) el tono más oscuro que en la primera película.

El segundo mal que aqueja a El Príncipe Caspian es la duración de la película, que se acerca a los 140 minutos. Demasiados si se tiene en cuenta que se trata de una película dirigida al público infantil. Hay muy poca capacidad de síntesis en el cine actual. Eso pasa en general, pero sobre todo a la hora de hacer una adaptación de un libro. Los cineastas se sienten obligados (¿por qué?) a incluir lo todo, a pasar por todos y cada uno de los sitios que enseña la novela, a hacer desfilar a todos y cada uno de sus personajes. No hay síntesis, y por eso se alargan las películas tanto. No es fácil decir qué habría que cortar en una película como ésta, pero quizá con la experiencia un director como Andrew Adamson (que sólo ha dirigido las dos primeras partes de Shrek y las dos películas de Las Crónicas de Narnia) aprenda a tomar decisiones que den más accesibilidad a la película.

Me he detenido mucho en los problemas que tiene El Príncipe Caspian porque no son exclusivos de esta película, sino parte del cine actual. Pero, salvados esos detalles, esta segunda entrega de Narnia es una magnífica película de aventuras, una auténtica película Disney (eso tenía un significado especial hace unas décadas, más allá del reinado en el mundo de la animación, hoy y desde hace tiempo en manos de Pixar). El Príncipe Caspian, lo decía al principio, ofrece todo lo que una mente imaginativa puede desear. En el terreno de la historia (no es una repetición de la primera parte, ni mucho menos), donde no toma por tontos a sus espectadores, error en el que suelen caer las películas juveniles, y en el terreno visual (magníficos efectos y diseño de producción; se nota la mano de Weta, la compañía que se hizo grande con El Señor de los Anillos).

Es una muy buena aventura, una entretenidísima película, bien interpretada (tiene un papel la española Alicia Borrachero, a la que casi todos conocimos en la serie Periodistas) y dirigida, con una espléndida música de Harry Gregson-Williams, un valor en alza desde hace ya unos cuantos años. Ni siquiera la torpeza promocional (eso de incluir en el trailer la presencia de un personaje que no debió haberse publicitado y uno de los principales trucos visuales de la resolución no puede ser bueno) es capaz de arruinar la diversión que proporciona este gran espectáculo. La saga literaria consta de siete libros. ¿La cinematográfica continuará...? Ojalá que sí. Hoy en día no hay muchas películas como ésta y merece la pena recuperarlas.

sábado, julio 12, 2008

10 PELÍCULAS... de Batman

En un mes podremos ver en España El Caballero Oscuro (sigo prefiriendo, con creces, el título original, The Dark Knight, o la traducción libre que durante años conocimos en España, El Señor de la Noche), la última película sobre Batman. Ya se hablan maravillas de ella (y en especial del Joker del fallecido Heath Ledger) e incluso hay quien dice que es el mejor título de superhéroes que se ha hecho nunca. Batman, personaje creado en 1939 por Bob Kane, ha sido protagonista ya de unas cuantas películas. Es hora de hacer repaso por la historia cinematográfica de Batman.
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Batman (1966)
A mediados de los 60, Estados Unidos se vio invadida por una auténtica batmanía. Una serie camp y autoparódica triunfaba en la televisión y el salto al cine no se hizo esperar. Adam West y Burt Ward dieron vida a unos Batman y Robin más cómicos que nunca (y que contaminaron el cómic de aquellos años con su estilo) y tuvieron que hacer frente a lo mejor de la galería de villanos de la serie: el Joker, el Pingüino (el inolvidable Burguess Meredith que años después se hizo un hueco en la historia del cine como el entrenador de Rocky), el Enigma y Catwoman, todos juntos y revueltos, con sus peculiaridades pero sin demasiada personalidad propia. La película no deja de ser un ejercicio de nostalgia que, bien entendido en su contexto histórico y social, puede llegar a entretener bastante. Todo ello, claro, si se consigue sobrevivir el shock del Bat-spray repelente para tiburones y esa tinánica lucha inicial contra un escualo de plástico...
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Batman (1989)
La batmanía tuvo su continuación más de 30 años después, pero con más fuerza si cabe, ya que llegó a todo el mundo. Un jovencísimo Tim Burton se hizo cargo de una superproducción que, una década después del Superman de Richard Donner, sentó las bases de las películas modernas de superhéroes: torturados y oscuros. La elección de Michael Keaton como Batman rompió estereotipos y provocó quejas masivas de los fans. No era el musculoso superhéroe que esperaban. Pero la elección, vista la película, fue acertadísima. El personaje funcionó como Bruce Wayne y también como Batman gracias a la reinvención de su traje como una armadura. Jack Nicholson bordó un Joker muy de cómic, convirtiéndose en una de las dos grandes estrellas de la función. La otra no era Batman, sino una Gotham City irreal y mágica, una ciudad que se convirtió en un personaje más. De la sosería de Kim Basinger, sólo comparable a su belleza, mejor no hablar. Una muy buena película.
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Batman vuelve (1992)
Tim Burton retomó el personaje tres años después con la intención de hacer su visión más personal del mismo, alejado ya de las presiones que tuvo al hacer la primera película. Y el resultado fue que Burton se volcó en los oponentes más incluso que en el héroe. Batman se ve algo eclipsado por el Pingüino de Danny DeVito (impresionante maquillaje del genio Stan Winston) y, sobre todo, por la Catwoman de una nunca tan sensual Michelle Pfeiffer (sencillamente impresionante el momento del nacimiento de la ¿villana?). Un guión ingenuo y algo previsible no es capaz en ningún momento de arruinar un magnífico espectáculo visual. Gotham, reconstruída desde los cimientos, es nuevamente un escenario único, aunque algo inferior al original. Para muchos, Burton se lució más aquí que en la primera. Para otros, una película de Batman sin el Joker todavía no podía ser la mejor adaptación.

Batman: La máscara del Fantasma (1993)

La inigualable serie de dibujos animados de Batman que se hizo en 1992, para muchos y con razón la visión definitiva del personaje, tuvo su obligado salto al cine (en Estados Unidos a las salas, a España llegó a vídeo directamente) apenas un año después. La máscara del Fantasma es una entretenidísima película que indaga en el pasado del héroe. Bebe parcialmente de uno de los cómics más apreciados por los fans, Año uno (y de su secuela, Año dos, de la que toma prestado el personaje del Segador para reinterpretarlo como el Fantasma). La factura de la animación es notable, la historia es magnífica y la narración (plagada de flashbacks; destaca la magnífica planificación visual del momento en el que Bruce Wayne se coloca por primera vez su capucha de Batman) tan compleja como adulta. Y, claro, no podía faltar el Joker (en el original con la voz de Mark Hammil, el Luker Skywalker de Star Wars).

Batman forever (1995)

El tono oscuro del Batman de Burton ya no le gustaba a los ejecutivos de Warner. Había que reinventar la saga y recurrieron a Joel Schumacher. El director convirtió Gotham en un escenario de circo (en el peor sentido de la palabra), lleno de colores e histroinismo desatado a cargo de sus dos villanos, un imposible Jim Carrey como Enigma y un innecesariamente jokerizado Tommy Lee Jones como Dos Caras. Val Kilmer hizo un gran Bruce Wayne, pero no destacó demasiado como Batman. La presencia de un Robin insoportable y crecido con el rostro de Chris O'Donnell no aportaba demasiado salvo la incorporación de un personaje más, algo que lastraba la narración en la búsqueda del más difícil todavía. La dama en apuros es una Nicola Kidman más hermosa que casi nunca y que parece aburrida en su papel. La pregunta ya es inevitable en la saga: ¿por qué todo el mundo acaba descubriendo que Bruce Wayne es Batman? Malo que lo que más se recuerda sea que Schumacher pusiera pezones al batraje... Pese a sus muchos defectos, pasable.

Batman y Robin (1997)

Y si el primer intento de Schumacher en la saga era pasable, el segundo es directamente un horror. Sin duda alguna (y por encima de engendros presuntamente bienintencionados como Catwoman o Elektra), la peor película de cómic que se ha hecho nunca, un galimatías sin pies ni cabeza, un engendro en el que vemos hasta la Bat-American Express. George Clooney destroza el personaje, de la misma forma que todos sus compañeros de reparto hacen lo mismo con los suyos. Ni Alicia Silverstone se parece a Batgirl ni Uma Thurman a Hiedra Venenosa. Chris O'Donnell hace bueno su Robin de Batman Forever. Lo que Schumacher hace con Mr. Freeze (un Arnold Schwarzenegger magnífico de aspecto pero que hunde la ilusión al moverse y hablar), después de haber visto la maravillosa interpretación de la serie de animación, es descorazonador. Y lo de Bane, un personaje creado en el cómic para ser el enemigo definitivo de Batman, es una broma de mal gusto. Horrible, de principio a fin. Nada que salvar.

Batman: Subzero (1998)

Aparentemente enterrada la saga en cine gracias a los esfuerzos de Batman y Robin, la animación seguía dando satisfacciones. Subzero profundizaba en el personaje de Mr.Freeze y demostraba a Schumacher cómo hacer una película con él, con Batgirl y con Robin. Espléndida muestra de cine de aventuras para toda la familia, toda una montaña rusa que demuestra que no hacen falta millonadas para hacer una adaptación digna. Lo más destacable de Subzero es una paleta mucho más oscura y variada que en la serie y que en La máscara del Fantama. El juego con los reflejos del fuego en su parte final es visualmente muy atractivo. La grandeza visual no se come en absoluto un buen guión de acción y, a ratos, también de personajes. Ya sin algunos de los creadores de la serie original, algo que se notó, en 2003 se lanzó directamente en DVD un nuevo largometraje de animación, El misterio de Batwoman. Éste es entretenido sin más.

Batman Beyond: El regreso del Joker (2000)

La serie de Batman tuvo una interesante y peculiar continuación en un futuro alternativo al que siempre ha presentado el cómic, Batman del futuro (Batman beyond). Un Bruce Wayne anciano se retira de la lucha contra el crimen y cede el testigo a un joven problemático que vive el asesinato de su padre y trata de vengarlo con el nuevo y estilizado traje del murciélago. La serie, muy buena, también tuvo su película. El regreso del Joker es, sin duda, la más salvaje, violenta y adulta adaptación animada que se ha hecho. Un flashback sencillamente magistral, parte ya de los más grandes momentos de Batman en la pantalla, ahonda en lo más oscuro de las leyendas del héroe de Gotham City. Un brillante ejercicio de cómo estirar los límites de un universo de cómic, tan violento que tuvo incluso una versión retocada pra los públicos más infantiles. Un universo paralelo para las imaginaciones más perversas, un título imprescindible para los amantes de la fantasía futurista basada en el cómic.

Batman Begins (2005)

Las anteriores adaptaciones tenían más o menos cosas de Batman. Ésta ES Batman. Christopher Nolan entendió el personaje a la perfección y ofreció la mejor, más compleja y más profunda versión hecha hasta el momento. Una película que un aficionado al cómic va a degustar cual delicatessen, pero que también puede ser apreciada por cualquier tipo de espectador. Christian Bale se convirtió en el Bruce Wayne perfecto y en el Batman soñado. Su cambio de registro de voz, un regalo para el oído. La clase la aportaron Michael Caine como el mejor Alfred (el mayordomo de Bruce Wayne) posible, Morgan Freeman como Lucius Fox (ejecutivo de Industrias Wayne rescatado de los cómics de los años 70) y Gary Oldman como el comisario Gordon (sacado directamente de las viñetas de Año uno de Frank Miller y David Mazzuchelli). Y la presencia de Liam Neeson es impresionante. Katie Holmes sobra. Pero es lo único. Por lo demás, una adaptación sencillamente perfecta.

Batman contra Dracula (2005)
En 2004 nació una nueva serie de dibujos de Batman. Su principal problema, que no se puede superar lo insuperable y lo insuperable era la serie de 2002. No es en absoluto memorable, aunque sí tiene algún capítulo más que estimable. Un año después, este nuevo Batman tuvo su película. Los responsables de la serie no pudieron evitar la tentación, tantas veces vista en el mundo del cómic en décadas precedentes, de enfrentarle al rey de los vampiros, a Dracula. La película entretiene, que no es poco, pero tampoco perdura en la memoria del aficionado. Poco contribuye la manía de casi todos los responsables de estos títulos de sobrepoblar el metraje de personajes conocidos. Aquí tenemos al Joker y al Pingüino, además de Batman y Dracula, y la recuperación (quizá lo más destacable) de Vicky Vale, el personaje al que dio vida Kim Basinger en el primer Batman de Tim Burton. Para fans completistas.

domingo, julio 06, 2008

Black Rain, el Japón de Ridley Scott

Siento una gran admiración por Ridley Scott, un director que no siempre consigue películas redondas pero que tampoco suele hallar demasiada comprensión entre la crítica (he llegado a leer que el hermano bueno es Tony Scott; sencillamente dramático...) y, algunas veces, entre el público. Sí, casi todo el mundo reconoce la importancia de películas como Alien o Blade Runner y cosechó éxitos de taquilla con Gladiator, El reino de los cielos o American Gangster. Pero en los años 80 se quedaron un par de películas que no son excesivamente conocidas que contaron con Ridley Scott como director, títulos muy estimables y que merece la pena recordar y reivindicar. Uno de ellos, quizá el mejor, es Black Rain.

Dos detectives de la Policía de Nueva York, uno duro e investigado por asuntos internos y otro limpio y aspirante a subir en el escalafón, presencian una matanza en un bar. Sus autores, un grupo de japoneses, como las víctimas. Juntos, los dos policías consiguen detener al autor y son designados para entregarle a la policía japonesa. Su auténtico viaje comienza ahí. Entran, sin quererlo, en una guerra de bandas, en un mundo que no entienden. Sus únicos apoyos son un veterano oficial japonés asignado para acompañarles pero que no gusta de los métodos de los americanos y una mujer de Chicago que lleva años afincada en Japón al frente de un local de alterne.

Abundaron en los años 80 las películas de choques de culturas. Y Japón solía ser un destino preferente, todavía incluso en el cine más reciente (Lost in translation). Ahora la globalización dificulta mucho más estas visiones cinematográficas, pero entonces eran corrientes. Lo exótico vendía. ¿Qué tiene de especial Black Rain con respecto a otras películas similares? La visión de Ridley Scott, sin duda. Ver esta película nos lleva directamente a muchas de las influencias visuales que pesaron en el director a la hora de hacer Blade Runner y recrear ese Los Ángeles tan influenciado por la cultura japonesa.

Con Ridley Scott siempre hay un problema. Hoy rueda pensando en la versión que estrenará en los cines y en la que después sacará a la venta en DVD (el ejemplo más claro es El reino de los cielos). De hecho, Blade Runner fue, en 1992, diez años después de su estreno en salas, una de las primeras películas que contó con un Director's cut comercializado. Pero en los años 80, y más si el título no perduraba como esa mítica obra de ciencia ficción, mucho material no llegaba nunca a ver la luz. A Black Rain le sucedió. La película dura dos horas, pero el primer montaje que hizo Ridley Scott tenía 40 minutos más. Más de media hora que hubiera sido necesaria para entender Black Rain en toda su dimensión, porque vista hoy se nota claramente que le faltan escenas. Scott también rodó un final alternativo, más violento que el que finalmente vio la luz.

Ese es quizá el mayor pero de una historia muy apreciable, que contó con interpretaciones inolvidables. Michael Douglas ya era toda una estrella en los años 80 y con su papel en Black Rain profundizó en su perfil más oscuro, el que ya había probado con Wall Street dos años antes. Sí, aquí es el héroe. Pero es un héroe con pies de barro. Es un policía, sí, pero un policía investigado por asuntos internos. Un buen hombre, sin duda, pero con una vida destrozada, divorciado y asolado por las deudas económicas. Junto a él, un Andy García que empezaba ya a ser un muy conocido gracias a su papel en Los intocables de Eliot Ness y antes de embarcarse en la saga de El Padrino.

Ellos, junto con Kate Capshaw (la actual esposa de Steven Spielberg, heroína en apuros de Indiana Jones y el templo maldito) son los únicos personajes americanos de relevancia en esta película de claro color japonés. Dentro del reparto nipón, destaca Yusaku Matsuda, que da vida al villano de la función, Sato. Black Rain fue su última película. Poco antes de empezar a rodar le diagnosticaron un cáncer, pero decidió participar en el proyecto de todos modos. "De esta forma, viviré para siempre", le dijo a Ridley Scott. Murió el 9 de noviembre de 1989, apenas siete semanas después de que la película llegara a estrenarse.

Ken Takakura, el actor que da vida al policía que acompaña a sus dos colegas norteamericanos (es imposible no cogerle cariño a Masa, sobre todo después de verle imitar a Ray Charles junto a Andy García), conocido como el Clint Eastwood japonés, apenas apareció en media docena de películas tras Black Rain. Jackie Chan pudo tener un papel en el filme, pero lo rechazó porque no quería hacer de villano. Y menos mal que lo rechazó... Como también podemos considerarnos afortunados por el cambio de director, ya que el originalmente escogido para hacerse cargo del proyecto era Paul Verhoeven, recién salido de su éxito con Robocop.

El rodaje se llevó a cabo en Japón. Al menos en su mayor parte. El fin del visado del equipo provocó (además de descubrir lo estrictas que son las autoridades japonesas, que colocaron agentes de seguridad frente a las cámaras al minuto de concluir ese visado) que la escena final se rodara en Estados Unidos, en California. Como curiosidad, hay que destacar que la oficina que en el filme se utilizó para la Policía de Osaka es, en realidad, la Oficina de Prevención de Desastres Naturales.

Black Rain es un policiaco ejemplar, muy propio de los años 80, de una época en la que el protagonista podía exceder los límites, fumar todo el tiempo y montar en moto sin casco. Nace como una película de buddies (al estilo Arma Letal, pero sin el tono de comedia, obviamente) y acaba transformada en una bonita aunque previsible historia de compañerismo entre personas de diferentes culturas, con un marco incomparable y con un estilo visual perfecto. Quizá una obra menor de Ridley Scott, pero una espléndida obra menor. Muy recomendable para los ojos saturados de violencia de la presente década. En su primera escena, además, ya provoca un sentimiento de nostalgia al verse allí, al fondo, las Torres Gemelas.

viernes, julio 04, 2008

Póster y trailer del remake de 'Ultimatum a la Tierra'

Ya he hablado en alguna ocasión de Ultimátum a la Tierra y de los planes para hacer un remake de este título clásico y mítico de la ciencia ficción de los años 50 (aquí, aquí y aquí). El motivo de retomar la cuestión es que se acaban de hacer públicos el primer poster de la película y el trailer. El avance da la impresión de que la película va a ser una mezcla entre la película original, La guerra de los mundos de Steven Spielberg y las partes más serias de Independence Day (que las tenía, a pesar del envoltorio de comedia casi juvenil).

Se ve que va a haber un claro apoyo en los efectos especiales, algo que no se podía hacer obviamente en los años 50 y ojalá que eso no haga diluirse un argumento sencillamente magnífico. Lo que está claro es que aquí no se puede utilizar la excusa de la Guerra Fría, con lo que habrá que ver con qué nos sorprenden los avezados guionistas (¿o debería decir productores?) como gancho para la visita extraterrestre. ¿El cambio climático tal vez...? Sería curiosa la casualidad después de haber visto El incidente...

No quiero ilusionarme demasiado a pesar de la buena pinta que tiene el trailer, porque uno se acuerda de otros remakes de clásicos de los años 50 y 60 y se echa a llorar (el último, Invasión, o cómo destrozar la magnífica historia de La invasión de los ladrones de cuerpos). Aun así, siempre merecerá la pena ver a Jennifer Connelly o, por qué no, admitir que Hollywood ha encontrado el papel perfecto para Keanu Reeves, el de extraterrestre inexpresivo...

sábado, junio 28, 2008

'El apartamento', tragedia o comedia, pero sobre todo genialidad

Cine. Puro cine. Eso es El apartamento. Una historia que tiene tantas lecturas como frases inolvidables, tantas interpretaciones memorables como escenas sublimes. Me tenéis que perdonar el tópico, pero es una joya de esas que ya no se hacen. Hoy la comedia ya no es lo que era. Pero es que la tragedia tampoco. Y la mezcla de ambos géneros, que tuvo unos cuantos genios durante el siglo XX, es algo que hoy parece que nadie sabe hacer. Y eso hace de El apartamento una tragicomedia absolutamente genial, única, irrepetible y que, por fortuna, nos ha llegado a todos aquellos que en 1960 no tuvimos la oportunidad de sentarnos en una sala de cine a contemplar esta maravilla.

Billy Wilder siempre defendió que El apartamento era una película optimista. No todo el mundo está de acuerdo, y no hay más que verla para darse cuenta de cuántas facetas oscuras tiene, empezando por el punto de partida de la historia: la infidelidad y la mentira generalizadas. Lo grande de esta película es que, probablemente, todos tienen razón. La mezcla entre los aspectos más amargos de la vida y los más hermosos que hace Wilder es simplemente mágica. Puedes pasar de la sonrisa al llanto de una facilidad asombrosa y al final, sólo al final, se puede decidir. ¿Tragedia o comedia? ¿Tristeza o felicidad? Para mí la historia es más trágica que cómica, pero también acaba siendo más feliz que triste. No conviene dar más detalles para que así cada espectador vaya tomando posición según se desarrolla la historia. Y es quizá El apartamento sea un espléndido medidor del carácter de cada persona que se ponga delante del televisor.

Jack Lemmon da vida a C.C.Baxter (las inciales significan Calvin Clifford, aunque todo el mundo le llama Bud), un hombre que tiene un más que curioso sistema para tratar de ascender en el escalafón de su empresa de seguros. Tiene acuerdos con sus ejecutivos para prestarles su apartamento con el fin de que éstos puedan ser infieles a sus esposas con la mayor comodidad posible. Y a cambio espera de ellos que se acuerden de él a la hora de promocionar a algún trabajador... Como él apenas tiene vida personal propia, ese acuerdo no es un impedimento más que cuando el frío y la lluvian arrecian en la calle. Sus vecinos, en cambio, piensan que tiene una ajetreadísima vida sexual y que va de fiesta en fiesta, cambiando continuamente su compañía femenina. Y C.C. sólo tiene ojos para una mujer, la ascensorista de su edificio, con la que es amable y cariñoso sin conseguir nada a cambio.

El punto de partida para esta película, según reconoció Wilder, nació después de ver Breve encuentro, quizá uno de los relatos más interesantes de la infedilidad conyugal, una película dirigida por David Lean en 1945. quince años antes del estreno de El apartamento. ¿Por qué tanta espera para realizar este proyecto? No hace falta más que ver la película para entenderlo. Años antes, la censura no habría permitido tantos comportamientos poco éticos en los personajes de la película. Y era necesario que fueran así, porque uno de los objetivos de la película es, precisamente, hablar de las máscaras que utilizan las personas en sociedad, en el trabajo y en sus relaciones personales. Un retrato que, analizado sin los tintes de comedia que tiene el filme, resulta lo más descorazonador de la película.

Jack Lemmon, todo un genio, fue el actor escogido por Wilder para dar vida a C.C.Baxter ya desde que comenzó a escribir el guión. El personaje está pensando para Lemmon y él borda el papel de este hombre solitario, ofreciendo una de las mejores interpretaciones de su carrera (hay quien piensa que Jack Lemmon fue sólo un buen cómico; para todos ellos, la recomendación indispensable es Días de vino y rosas, un demoledor retrato del alcoholismo firmado, por sorprendente que parezca, por Blake Edwards). Shirley MacLaine está igualmente espléndida en su retrato de joven angustiada, querida y utilizada a partes iguales por los hombres. Y sublimes los secundarios, empezando por Jack Kruschen, que interpreta al vecino doctor Dreyfuss, el hombre que pone las pinceladas de ética en la historia (el estudio trató de imponer para este papel a Groucho Marx, pero Wilder se negó).

Cuenta la leyenda (y lo corrobora Shirley MacLaine) que el guión se escribió en buena medida sobre la marcha, que muchas escenas se incluyeron durante el mismo rodaje, como por ejemplo la partida de cartas a un juego que la actriz estaba aprendiendo en aquellos días o el discurso sobre el amor que hace su personaje (cogido de una charla durante un descanso para comer que la propia MacLaine protagonizó). Y en el rodaje hay anécdotas tan bonitas como que la fiesta de Navidad que se ve en la película se rodó un 23 de diciembre. ¿Qué mejor forma de captar el ambiente festivo navideño? De esa escena, recordaba Wilder, sólo hubo que rodar una toma. "Ojalá siempre fuera tan fácil. Hoy bastaba con gritar 'acción' y echarse atrás", decía.

El apartamento consiguió cinco Oscar, y tres de ellos fueron para el propio Billy Wilder, los de mejor película, mejor director y mejor guión original (junto a I.A.L. Diamond). Las otras dos estatuillas fueron para la mejor fotografía y el mejor montaje. Ésta fue la última película en blanco y negro en conseguir el premio a la mejor película, hasta que 43 años después lo ganó La lista de Schindler (otra joya de la que habrá que hablar un día de estos...). No creo que nadie pueda llamarme exagerado si digo que El apartamento es una de las mejores películas de la historia del cine. Sencillamente inolvidable, totalmente imprescindible.

martes, junio 24, 2008

'El incidente', decepción y repetición

Soy fan de M. Night Shymalan desde que me maravilló con El sexto sentido. Me han entusiasmado todas las películas que ha hecho después, hasta el punto de que le considero uno de los más grandes fabuladores del cine actual (junto con Tim Burton, pero en el lado opuesto del espectro de los cuentos modernos). Es un director que no suele contar con el fervor de la crítica, que no entiende un cine habitualmente brillante, sorprendente y tremendamente imaginativo. Le pasó con la incomprendida El protegido (quizá su mejor película), con la menospreciada Señales, con la malinterpretada El bosque y con la directamente ninguneada La joven del agua. Pero con El incidente Shymalan comete su primer desliz en esta carrera y ofrece una película que no convence en absoluto.

El principal error de El incidente es que sigue la misma línea que Señales y explora los mismos caminos. Demasiadas similitudes en la historia y en la forma de narrar. Como aquella, es una historia más grande que la vida (allí era una invasión alienígena a escala mundial, aquí un virus natural que afecta a millones de personas en Estados Unidos) contada desde el punto de vista de unos pocos personajes anónimos, gentes que no luchan para resolver el problema sino simplemente por sobrevivir. Por eso queda la sensación de deja vu, en muchas escenas y en la forma de resolverlas. Shymalan se repite y eso, en un director con tal capacidad imaginativa, es aún más doloroso.

El segundo problema al que tiene que hacer frente El incidente es su nula conciencia de que la historia no llega para una película. La cinta dura 90 minutos y se hacen algo largos, porque, en realidad, no hay demasiado que contar. La idea que da pie a esta película quizá hubiera sido un gran segmento de una serie tipo En los límites de la realidad. Pero como película no llega. No se hace pesada primero por su escasa duración (menos mal que Shyamalan es un director inteligente que no alarga innecesariamente historias más allá de las dos horas, como sí hacen otros directos con mucha mejor reputación que él) y porque los mejores momentos de la película se encuentran en el último tercio. Esos momentos no llegan por la continuidad del guión, sino por la casi siempre eficaz narrativa visual del director.

Y el tercer punto que hace que esta película decepcione es precisamente el guión. Nunca unos diálogos escritos por Shyamalan habían sonado tan vacíos, intrascendentes y previsibles como algunos de los que se escuchan en El incidente. Muchas escenas quedan mal resueltas y colgando en el aire. Demasiada información nos llega de forma aparentemente casual pero en realidad muy forzada (a través de vídeos caseros o informativos en televisión, tal y como ya se había visto en Señales). Y todo ello nos conduce a un desarrollo en el que el espectador no llega realmente a ver un riesgo claro para los protagonistas y desemboca en un final que no causa demasiada impresión.

Shyamalan no hace aquí ningún cameo ni se reserva personaje alguno y deja todo el peso de la película a Mark Wahlberg (Shyamalan dice que escribió la película pensando en él), simplemente correcto como el resto del reparto. Lo que sí destaca por encima de la media, como siempre, es la música de James Newton Howard. Este compositor, no demasiado reconocido durante muchos años, parece tocado por la providencia cada vez que escribe música para Shyamalan. Su mejor trabajo sigue siendo El bosque, pero El incidente es una muy apreciable banda sonora que funciona a la perfección en pantalla.

Pese a que es bastante olvidable, El incidente no es una película mala, ni mucho menos. Había un genio detrás de la cámara y hay momentos inolvidables (como una de las primeras manifestaciones del virus, en un edificio en construcción de Nueva York; esa y muchas secuencias beben, aunque se queden muy lejos, de La guerra de los mundos de Spielberg, una película también incomprendida y despreciada en su momento pero que estoy seguro que en unos años se convertirá en un título de culto). Pero el conjunto es decepcionante. Dicen que hasta el mejor escribano tiene un borrón. Este es el de Shyamalan, dentro de una filmografía que seguiré reivindicando.

sábado, junio 21, 2008

Ahora sí es Hulk

Este, por fin, sí que es Hulk. Eso es lo mejor que se puede decir de El increíble Hulk, falsa secuela de aquel tostón que dirigió en 2003 Ang Lee sobre uno de los personajes emblemáticos de Marvel Comics. Bien es verdad que el listón que dejó aquella era bastante bajo y que ésta no es tan buena como la todavía muy reciente Iron Man, pero lo cierto es que el regusto que deja El increíble Hulk es de satisfacción. Es una película muy entretenida, muy respetuosa con el cómic, con el pertinente final abierto para continuar la franquicia en caso de éxito de taquilla, con una dirección adecuada (aunque un poco alocada en algunos momentos de las escenas de acción) y con un buen reparto.

Y el caso es que no debiera ser así. La comparación entre Hulk y El increíble Hulk debiera haber sido favorable a la primera. Un director reputado frente a un tipo que ha hecho Transporter 2. Una película que miraba más allá de los efectos especiales contra una que apostaba por la acción. Una aproximación ambiciosa a un personaje de fantasía frente a efectos especiales como protagonistas. Pero El increíble Hulk es infinitamente mejor que Hulk porque entiende mejor no sólo al personaje (en su desarrollo como personaje y también visual, más realista, menos de dibujos animados) sino también el lenguaje cinematográfico adecuado para trasladarlo a la gran pantalla. Hulk es aquí un personaje terrorífico y violento, sin medias tintas. Hulk domina una acción brillantemente coreografiada. Y tiene un villano a la altura, la Abominación, interpretado por un Tim Roth que sigue al pie de la letra el manual del villano desquiciado.

Lo del reparto es curioso, porque era el principal punto fuerte de la película de Ang Lee pero destaca más el del filme de Louis Leterrier. Edward Norton supera a Eric Bana como el torturado Bruce Banner y entra en la línea para interpretar a un superhéroe marcada por Robert Downey Jr. (quien tiene aquí un cameo para poner los dientes largos a los fans de cara al futuro de los héroes Marvel en la pantalla) en Iron Man. Liv Tyler, en cambio, se queda muy por debajo de lo que había ofrecido Jennifer Connelly en la anterior película. Ambas interpretan a Betty Ross, el interés romántico y también heroína de la función, además de hija de la némesis de Hulk, el general Ross. En este papel, al notable Sam Elliott le perjudicó el guión de la película de Ang Lee, por lo que el duelo con William Hurt estaba perdido de antemano. Hurt, que lleva años en estado de gracia (con registros tan alejados como éste y el que enseñó en Una historia de violencia), borda un personaje con connotaciones de villano y de héroe.

Además de mostrar al Hulk genuino, el propio de los cómics (no como el que nos ofreció Ang Lee), lo mejor que tiene esta película es que recupera el espíritu de las aventuras más clásicas, el que ofreció la mítica serie de televisión de los años 70, la que tenía a Bill Bixby y Lou Ferrigno (magnífico cameo el suyo en El increíble Hulk como guardia de seguridad fácilmente sobornable... con comida) como protagonistas, el mismo espíritu que tenía la serie El fugitivo. Bruce Banner huye del Ejército por diferentes partes del mundo mientras lucha desesperadamente por encontrar una cura al mal que le han causado los rayos gamma. Y por el camino dejará un detalle más para los fans, el primer apunte del villano más clásico del personaje en el cómic que, de haberla, aparecerá seguro en la secuela.

Siendo El increíble Hulk una clara apuesta por la acción como vehículo narrativo de este personaje, Louis Leterrier (debiera decir que contra todo pronóstico) no desdeña ni arruina las escenas más pausadas e interesantes de la película, aquellas en las que Bruce Banner reflexiona sobre sí mismo, sobre el monstruo que le posee cuando su corazón se acelera demasiado o sobre su relación con Betty. No es que el guión sea prodigioso, ni mucho menos, ya que tiene alguna que otra laguna, pero el entretenimiento está asegurado. Y atentos al inevitable cameo de Stan Lee, creador de éste y otros tantos personajes de este universo de cómic. No es de los mejores que ha hecho (Los 4 Fantásticos y Silver Surfer sigue teniendo ese honor), pero siempre es un gustazo verle en las películas Marvel. Una buena película de acción y fantasía.

martes, junio 17, 2008

Adiós a un creador de sueños

"Me considero un artista y considero arte el trabajo que hacemos. Ayudo a contar historias creando esos personajes. Soy un actor. No soy un técnico. Soy un ignorante tecnológico, pero adoro crear personajes y contar maravillosas historias", dijo en una ocasión Stan Winston. "No hago efectos especiales. Hago personajes. Hago criaturas", resumió en otro momento. Y hoy leo la noticia de que Stan Winston, un genio de los efectos especiales, un artista de la fantasía cinematográfica, murió el domingo. Qué terrible pérdida para el cine.

Porque habrá quien piense que sólo era un tipo que se dedicaba a hacer efectos especiales. Pero no es verdad. Stan Winston valía mucho más que eso. De su mente salieron algunos de las criaturas que marcaron el cine de fentasía de los años 80 en adelante. Sin Stan Winston, Terminator no habría tenido el aspecto que ha pasado a la historia. Ni los Aliens. Ni los dinosaurios de Parque Jurásico. Ni el Depredador. Ni el Pingüino de Batman vuelve. Ni Eduardo Manostijeras. Ni los robots de Inteligencia artifical. Ni tantos seres y criaturas que forman parte de la Historia del cine. De nuestros sueños.

En su juventud, quiso ser actor. Pero no consiguió tener éxito en la faceta interpretativa. Así que entró a trabajar en el departamento de maquillaje de los estudios Disney, gracias a que había estudiado pintura y escultura en la Universidad de Virginia. Ganó cuatro Oscar, dos por su revolucionario trabajo en Terminator 2, antes por Aliens y después por Parque Jurásico. Llevaba años luchando contra el cáncer, pero aún así no dejó de trabajar. Iron Man es su testamento cinematográfico y estaba enfrascado ya en la producción de la nueva película de Terminator, Salvation: The future begins.

Stan Winston dedicó su vida a hacer realidad sus sueños para que los demás pudiéramos tener los nuestros. Eso es muy valioso. Descanse en paz.

jueves, junio 12, 2008

Dos horas de 'Clone Wars'

Cada vez queda menos para que llegue esa sorpresa cinematográfica que es Clone Wars. Sorpresa porque la nueva expansión del universo de Star Wars iba a ser una serie de televisión y ha acabado por hacer su primera aparición en las salas. Y sorpresa porque cuando todo el mundo esperaba ver un episodio piloto de poco más de una hora... resulta que George Lucas nos va a ofrecer un espectáculo visual de dos horas y un minuto. Más corta que todas las películas de la saga salvo la original, La guerra de las galaxias, pero extraordinariamente larga para una cinta de animación. La cosa promete.

Y promte también por el tono que va a tener. Quien espere hacer la equivalencia entre dibujitos e infantilismo parece que se tendrá que buscar otra película. La apuesta de Lucas es hacer una historia sería, adulta y violenta, como corresponde al periodo más bárbaro y salvaje del universo que nos dio a conocer allá por el año 1977. Ya hay un segundo trailer de la película, que confirma que exactamente esto es lo que vamos a ver en Clone Wars. La espera ya se está haciendo eterna...

martes, junio 10, 2008

El cine según Hitchcock

"Las películas mudas son la forma más pura del cine. La única cosa que faltaba a las películas mudas era evidentemente el sonido que salía de la boca de la gente y los ruidos. Pero esta imperfección no justificaba el enorme cambio que el sonido trajo consigo. (...) En la mayoría de los films hay poco cine y yo llamo a esto habitualmente fotografía de gente que habla. Cuando se cuenta una historia en el cine, sólo se debería recurrir al diálogo cuando es imposible hacerlo de otra forma".

"Yo leo una historia una vez. Cuando la idea de base me sirve, la adapto, olvido por completo el libro y fabrico cine. Sería incapaz de contarle Los pájaros de Daphne du Murier. Sólo la he leído una vez y rápidamente. Lo que yo no comprendo es que alguien se apodere realmente de una obra, de una buena novela cuyo autor ha empleado tres o cuatro años en escribir y que constituye toda su vida. Se manipula el asunto, se rodea uno de artesanos y de técnicos de calidad y ya tenemos candidatura a los Oscar, mientras que el autor se diluye en segundo plano. No se piensa más en él".

"A menudo me he dado cuenta de que ciertas situaciones de suspense han quedado comprometidas cuando el público no comprende claramente la situación. Por ejemplo, dos actores llevan trajes casi iguales y el público no los distingue; el decorado es confuso, la gente no reconoce muy bien los lugares en los que se encuentra y, mientras el espectador trata de reconstruir la verdad, se desarrolla la escena y queda vacía de toda emoción. Es preciso clarificar constantemente".

"Si se quiere analizar todo y construirlo todo en términos de plausibilidad y verosimilitud, ningún guión de ficción resistiría ese análisis y sólo se podría hacer una cosa: documentales. (...) Pedir a un hombre que cuenta historias que tome en consideración la verosimilitud me parece tan ridículo como pedir a un pintor figurativo que represente las cosas con exactitud. ¿Cuál es el colmo de la pintura figurativa? Es la fotografía en color, ¿no?".

"En una pareja, es la mujer la que elige el film que van a ver y diré, incluso, que es ella quien decide después si el film era bueno o malo. Las mujeres pueden soportar la vulgaridad en la pantalla a condición de que no sea expresada por personas de su mismo sexo".

Todas estas reflexiones son de Alfred Hitchcock y están incluídas en el imprescindible libro que surgió de las cincuenta horas de conversación que mantuvo con el director francés François Truffaut. El cine según Hitchcock es la transcripción de una maravillosa entrevista que permite conocer anécdotas sobre las películas del Mago del suspense y su forma de concebir tanto el cine como la vida. Y aunque la entrevista se hiciera en 1962, emociona comprobar que muchas de las respuestas y buena parte del debate entre los cineastas se mantienen plenamente vigentes y actuales. Pocas veces leer sobre cine es tan interesante y revelador. Un libro no sólo recomendable sino necesario para cualquier amante del cine de Hitchcock en particular y del séptimo arte en general.

martes, junio 03, 2008

'La Sirenita', el comienzo de la última edad de oro de Disney

La Sirenita es una de esas películas de Disney que podría haber sido realizada en cualquier década. Es puro Disney. Es una hermosa historia de amor y aventura, adaptada de un cuento clásico, de tono musical, de acción bien resuelta, para públicos de todas las edades. Pero se estrenó en 1989 y fue el comienzo de la última edad dorada del estudio. La que se consolidó con la histórica nominación al Oscar de La Bella y la Bestia, con las recaudaciones millonarias de El Rey León, con el contenido adulto de El jorobado de Notre Dame o con la aventura sin límites de Tarzán. Y, aunque sólo fuera por eso, merece un lugar en la historia. La Sirenita sacó a Disney de una larga travesía por el desierto, en la que hizo buenas películas pero que no terminaban de ser los éxitos que cosechó en décadas anteriores.

Y es que La Sirenita marcó varios hitos. Además de su espléndida recaudación y la reivindicación de que los dibujos animados también podían ofrecer historias para todos los públicos y no sólo para niños, fue la primera película de Disney que integró en su proceso la animación por ordenador. La canción Bajo el mar (cantada por el cangrejo Sebastián) y su banda sonora, a cargo de Howard Ahsman y Alan Menken, ganaron sendos Oscar. La Sirenita era la primera película Disney en recibir una nominación en dos décadas. A pesar de su gran éxito, fue uno de los clásicos Disney de aquellos años que más tardó en dar el salto a Broadway, algo que no se produjo hasta 2007.

La música es, sin duda, uno de los platos fuertes de esta película. Canciones tremendamente pegadizas, la marca imborrable de Alan Menken, le dieron a esta película un carácter que no tuvieron otros títulos Disney anteriores y desarrolan los personajes de una forma sencillamente brillante (Ariel descubriendo el mundo de los humanos o la presentación de la villana de la función, Úrsula). En realidad, La Sirenita marcó muchas pautas del cine Disney moderno, y no sólo en el estilo de las canciones: villanos de lujo, secundarios cómicos acertados... Quizá la única pega que se le pueda poner a la película es la precipitación con la que se resuelve todo, pero con la duración que tiene era previsible.

Patrick Stewart iba a prestar su voz al Rey Tritón (libertad que se tomó Disney; el rey de los mares mitológico es Poseidón, Tritón era uno de sus hijos), pero no pudo hacerlo por estar comprometido para interpretar al capitán Picard en la serie Star Trek: La nueva generación. La Sirenita pudo haber sido un título Disney allá en los años 30, en forma de cortometraje, pero al final el proyecto no salió a la luz. A mediados de los 80 renació la posiblidad de hacerlo, pero hubo que hacer un cambio drástico: el color del pelo de Ariel. Se optó por hacer pelirroja a esta sirenita para diferenciarla del personaje de Daryl Hannah, otra sirena, en Un, dos tres... Splash.

En aquella época, Disney se enfrentaba a las continuas protestas de grupos de ultraderecha que veían en sus imágenes mucho más de lo que había, peligros para los pobres niños que, inconscientemente, asumían supuestos mensajes subliminales ocultos. La Sirenita fue un ejemplo perfecto de aquellos sucesos. Estos grupos propagaron el rumor de que, en la escena de la boda, al cura se le podía distinguir con total nitidez una erección. En realidad, lo que se veía era la rodilla del oficiante de la ceremonia, pero ¿qué más da...? Difama que algo queda, debieron pensar los extremistas moralistas. Incluso llegaron a presentar una demanda contra Disney que, sobra decirlo, no prosperó.

En España vimos La Sirenita con doblaje sudamericano, que es como llegaban aquí todas las películas de animación. La Bella y la Bestia ya fue la primera cinta Disney en tener un doblaje propio. La Sirenita, con motivo de su reestreno unos cuantos años después, fue redoblaba (y esa pista de audio está también incluída en el DVD), pero el experimento no tuvo éxito. ¿Quién podía escuchar a Sebastián cantar aquello de Bajo el mar con una voz que no fuera la sudamericana...?