miércoles, abril 30, 2014

'Divergente', lo de siempre pero más inverosímil

Como una condena inevitable, no dejan de surgir nuevas sagas (o intentos de saga) de protagonistas y contenido adolescentes que siguen un esquema predeterminado, que no ofrecen ninguna sorpresa y que lo único que buscan es seguir captando seguidores que cumplan con el ritual anual de ver una película de la serie sin hacerse demasiadas preguntas, siguiendo casi al pie de la letra el relato planteado por un libro de más o menos éxito y con unas características que se repiten sin cesar. Divergente, la última de esa moda, no sólo no es una excepción, sino que por desgracia es una de las más decepcionantes. Todo suena más inverosímil que, por ejemplo, en Los juegos del hambre. O incluso que en en Crepúsculo o en Cazadores de sombras. O en Soy el número cuatro. O, cómo no, en The Host. Son sagas cortadas por el mismo patrón de forma mimética y nada disimulada, y el proceso parece ir empeorando poco a poco. Divergente es inverosímil, no tiene carisma y está plagada de incongruencias, además de desaprovechar unas mínimas alegorías históricas que parece querer presentar en el universo que construye.

El punto de partida de la película, y del libro en el que se basa (que no he leído pero aún así se puede apostar que la película sea un calco casi idéntico que satisfaga a sus lectores), recuerda a ideas más o menos vistas. Futuro distópico, una Chicago rodeada por una enorme valla y cinco grandes clases. Entre dos de ellas hay una lucha de poder. Todos los jóvenes han de elegir en un momento de sus vidas, representado en una vistosa ceremonia, si quieren seguir en el gremio en el que han crecido o si optan por otro, al margen de los que les diga una prueba de aptitud previa que no parece tener entonces demasiado sentido. Puede que sea ahí donde empiecen los problemas de este mundo, que se mueve en los 139 minutos de la película con demasiado descontrol y poca fe en sus propias normas. Son incontables los momentos en los que uno se pregunta por qué sucede lo que está sucediendo o que sentido tienen algunos hechos. Y lo llega a decir con claridad uno de los personajes, Eric (Jai Courtney) cuando proclama que son las nuevas normas de hoy que sustituyen a las de ayer. Perfectamente aplicable a la propia película.

Gusten o no, lo que acaba salvando a una película de este estilo (o, dicho de otra manera, logrando dinero en taquilla) es el carisma de sus protagonistas. Gusten o no a la mayoría de los mortales, si los chavales a los que apunta un filme así acaban satisfechos o incluso enamorados es que la cosa funciona (sí, estoy pensando en Crepúsculo). Y ahí, a diferencia por ejemplo de Los juegos del hambre (que tampoco era una maravilla, por mucho que su segunda entrega suponga una gran mejora pero que supera con enorme holgura a ésta), Divergente no triunfa. Shailene Woodley (la hija de George Clooney en Los descendientes) y Theo James encabezan un reparto que cumple con la premisa de mezclar juventud y atractivo físico, pero cuyos personajes son tan previsibles, lo es todo el guión, que es difícil encontrarles sentido. Cumpliendo otra de las normas de este cine, ha de haber actores de reputación y de más edad, tarea que aquí completan Ashley Judd, Tony Goldwin y una Kate Winslet que pocas veces habrá estado tan poco interesante. Se nota mucho que sus pretensiones para aceptar esta película no pasaban de cobrar el cheque y cubrir el expediente.

Y todo eso repercute en el resultado final de Divergente, pobre y olvidable. Su escenario no termina de enganchar porque sus posibilidades se desaprovechan con una concatenación de sucesos nada sorprendentes, poco trascendentes y no especialmente bien explicados. Sus personajes no entusiasman porque o son estereotipos muy, muy trillados, simples caracteres que cumplen una función muy básica a veces incluso para una sola escena, o incluso desaparecen y reaparecen a conveniencia. Aún a pesar de su escenario de ciencia ficción, y algún que otro plano curioso de Neil Burger (un director que sorprendió con El ilusionista pero que más allá de eso no termina de evolucionar), la película echa en falta un auténtico clímax bien rodado y con la espectacularidad que necesita un filme así. Y se podrían seguir sacando defectos, pero todos se resumen en una pregunta: ¿Hacían falta 139 minutos para contar tan poca cosa? La obsesión por las trilogías, porque ésta también pretende serlo, hace que este cine, que antaño tenía sus posibilidades y su público, sea cada vez peor.

lunes, abril 28, 2014

'El viento se levanta', belleza sin tanta sustancia

El nombre de Hayao Miyazaki lleva años siendo destacado como el de un genio, un maestro del anime y de la narrativa. Y sin embargo es un cineasta con el que siempre me ha costado conectar, algo que se reproduce de nuevo en El viento se levanta. Aprecio sus enormes hallazgos visuales, la belleza poética que consigue imprimir a sus imágenes, lo bien que utiliza las secuencias irreales (en ese caso, oníricas) y algunos aspectos de sus historias. Pero el conjunto me suele dejar algo frío. Incluso, aunque pueda parecer un sacrilegio a los muchos seguidores de Miyazaki, me llega a aburrir. Eso sucede en El viento se levanta con bastante facilidad si no se conecta con el sueño del protagonista. Un sueño que funciona cuando es niño, en el primer cuarto de hora, y cuando se convierte en un hombre enamorado, en la media hora final. Pero que entre medias queda algo deslabazado y no consigue enganchar tanto. Por supuesto, habrá quien sí se vea no sólo enganchado sino sumergido. Y ahí sí se podrá disfrutar de la película con mucho interés.

El viento se levanta es una biografía, con toques de ficción bastante claros, de Jiro Horikoshi, el ingeniero que creó los aviones de combate que Japón utilizó durante la Segunda Guerra Mundial. Obviando todo tipo de controversia que pueda generar el sujeto escogido y ese trasfondo (sobre todo porque no la hay, es una película y no un dogma), lo cierto es que esta trama, pese a ocupar buena parte del metraje, acaba por no tener la mayor importancia. Es la excusa de Miyazaki para arrancar la película como el deseo infantil de un niño que por sus problemas de visión jamás podrá ser piloto y para generar sus secuencias oníricas, que están entre lo mejor del filme, pero todo este asunto palidece, y además con una enorme claridad, cuando el guionista y director se centra en la historia de amor que desarrolla al final. Tanto es así que resulta inevitable pensar que, empleando tanto tiempo en aviones y trabajos de ingeniería, se le ha escapado la oportunidad de hacer una de las mejores películas románticas de los últimos tiempos.

Estas secuencias, no obstante su confinamiento en ese tramo final, son las que dan belleza y sustancia a la película. Sin ellas, la profundidad parece perderse casi por completo mientras se suceden peripecias que no terminan de servir más que de motor de secuencias concretas pero que adolecen de un hilo emocional claro. Al final, Hiro es un personaje con un enorme potencial pero que nunca termina de explotar. Y siempre da la impresión de que los planes de Miyazaki pasan por hacer de la película algo más que una simple biografía, pero no parece que esas intenciones trasciendan lo visual. Ahí sí hay una excelencia notable, con planos bellísimamente animados y con ideas sobre el papel que habrían sido hermosas incluso sin un acabado tan preciosista. La película crece, de hecho, cuando esas ideas se agarran además a la parte más real. Narrar sueños parece más fácil, pero es más sobresaliente el trabajo en secuencias como la del tren o la del avión de papel (en ambas el viento juega un papel protagonista y da sentido completo al título del filme).

Pasada la intriga del planteamiento inicial, se sumerge en una fase pretendidamente mucho más profunda, pero a la que le falta mucha fuerza. Al final, no tiene mayor trascendencia que el protagonista sea quien es (y, por tanto, la base de la polémica en torno al filme), porque se deslizan varias frases en la película en las que se distancia por completo al protagonista de la guerra a la que está contribuyendo con su trabajo, y sí quién quiere ser, el hombre enamorado que no sabe dividir su tiempo entre su trabajo y la atención hacia su amada. Hay detalles atractivos en las poco más de dos horas de la película, pero el conjunto, casi unánimemente alabado y reconocido con premios y nominaciones, se antoja bastante más vacío de lo que parece. Y será difícil que El viento se levanta no enamore a los seguidores de Miyazaki, que con este filme anunció su despedida del mundo del cine, pero tampoco parece la película más sencilla para admirarle si no se tiene experiencia previa en el mundo del anime en general y en la filmografía de este autor en particular.

viernes, abril 25, 2014

'Pompeya', desastres por doquier

Es fácil adivinar qué tiene que ofrecer Pompeya sólo atendiendo a su título. Un volcán en erupción que se lleva por delante todo lo que está en el camino de sus ríos ardientes de lava y su lluvia de cenizas. Una película de desastres con aroma a cine de romanos, de gladiadores y de senadores. Pero lo malo es que el desastre que narra no es el único que contiene la película, que podría haber sido un entretenimiento al menos pasable de fortalecer sus mejores bazas. Dado que tiene un muy logrado aspecto visual, tanto en la siempre nostálgica traslación al antiguo Imperio Romano a través de trajes y entornos como en los efectos especiales que utiliza para recrear la furia del volcán, e incluso admitiendo como inevitable lo más previsible y rutinario del guión, es una auténtica lástima que los diálogos arruinen por momentos la experiencia. Ayudan a que los personajes sean mucho más planos y llegan a ser la causa de esa risa nerviosa que provoca en el auditorio una comedia involuntaria como acaba siendo a ratos. En el guión hay, efectivamente, desastres por doquier.

Antes de que lleguen frases tan terribles que despiertan una nada buscada hilaridad (como el "no hay sitio para ti" del clímax, tan gratuito como inexplicable), lo cierto es que la impresión final que deja Pompeya es la de una serie B agradable. Los actores, aunque precisamente por eso la película sea más previsible de lo que debería, encajan en los perfiles que busca la historia (Kit Harington es un buen héroe, Emily Browning una correcta dama en apuros, Kiefer Sutherland un malo algo caricaturesco pero identificable por eso mismo), el diseño de producción se antoja acertado aunque en algunos momentos se note que no estamos ante una superproducción de gran estudio y los efectos visuales son más que correctos. Incluso la dirección de Paul W. S. Anderson, contra todo pronóstico viendo su filmografía (en la que figuran títulos como Mortal Kombat, Alien vs. Predator o alguna entrega de Resident Evil), es pretendidamente clásica en muchos momentos, lo que facilita la inmersión en un cine por desgracia pasado de moda como es el de romanos.

Pero las ilusiones van cayendo poco a poco sin posibilidad de rescate. Hay que insistir en que se puede aceptar la ingenuidad (incluso alguna escena de muerte más bien fallida) o la ausencia de pretensiones más elevadas, pero no muchas de las cosas que suceden en la pantalla, donde se van sucediendo casualidades imposibles, reacciones absurdas y, sobre todo, unas frases que restan eficacia a las buenas intenciones que esconde el filme. Aún disfrutando de la vertiente más religiosa que se desliza en algún momento, eso va enterrando progresivamente todas las opciones de que la película llegue a emocionar, por mucho que la sencilla historia de esclavos gladiadores (en la que se nota más de un intento de imitar a la espléndida Gladiator de Ridley Scott con leves variaciones) se convierta en una de amor que es más difícil de creer. Los giros de guión son tan manidos y previsibles que tampoco ayudan. Pero todo, hay que insistir en ello, habría sido mucho más llevadero con algo más de ingenio y acierto a la hora de dar forma a las escenas y a lo que los personajes dicen.

Puede que el motivo de estos puntos débiles esté en que la película haya querido potenciar la fuerza de las imágenes, la credibilidad en la recreación de la erupción del volcán, y que todo encaje en unos cánones visuales que satisfagan tanto a aquellos que disfrutan con el peplum más clásico como a los espectadores más contemporáneos. Aún así, se antoja complicado seguir a Pompeya a los lugares a los que quiere llevar al espectador, porque la propia película se pone muchas trabas, convenciones e incluso trampas para que el resultado sea lo que le habría gustado ser. Y lo peor de todo es esos infumables diálogos que ofrece acaban sacando al espectador de la película con demasiada facilidad. Si es posible abstraerse de tan contundente defecto, es un simple divertimento familiar, que se aleja de los excesos carnales y violentos de los romanos más exitosos, los de Spartacus en televisión, y que no consigue llegar a las cotas míticas de este cine en los años 50 y 60 del pasado siglo o de las mejores recreaciones modernas, por pocas que sean.

jueves, abril 17, 2014

'The Amazing Spider-Man 2', tan brillante y valiente como un tanto extraña

Aceptando como punto de partida que es un filme muy entretenido, no es nada fácil valorar The Amazing Spider-Man 2. El poder de Electro, secuela del temprano reboot que Marc Webb comenzó hace dos años con la primera entrega. No es fácil desde ningún punto de vista, ni para el lector habitual de cómics, ni para quien se acerque a esta película sin demasiado conocimiento sobre el personaje. Y no es fácil porque combina momentos de gran brillantez en esto que se ha venido a conocer como cine espectáculo, con una segunda mitad vibrante a todos los niveles, y planteamientos sumamente valientes para una película de superhéroes, a los sólo Capitán América. El Soldado de Invierno y de otra forma ha querido acercarse, pero al mismo tiempo deja un sabor de boca extraño. Primero, por sus errores, que son difíciles de justificar (y aún más difíciles de explicar para no reventar la historia), y segundo porque, en realidad, esta segunda película es la mitad de la historia propuesta, por mucho que esté coronada por un sensacional clímax que hacía necesario poner el punto final (y aparte, de hecho) donde efectivamente lo coloca el guión.

Empezando por los aciertos, estos arrancan desde la primera película. El reparto es formidable, y es un enorme acierto haber dado el protagonista a un actor como Andrew Garfield, que transmite toda la sensibilidad, las dudas, la comedia que necesita Spiderman, tanto sin máscara como con ella, con un lenguaje corporal excepcional. La química de Garfield con Emma Stone es soberbia y eso es lo que hace funcionar la parte romántica de la historia, junto con una acertada dirección de Webb, muy cómodo en este terreno. Siempre se siente a Peter Parker y Gwen Stacy como el corazón emocional de la película, como ya sucedió en la primera parte. Webb, muy diestro en esa faceta, no se maneja tampoco mal en la acción y en el festival de efectos visuales que supone la película, mostrando al Spiderman más creíble y espectacular que se ha visto nunca en pantalla. Es un absoluto sueño hecho realidad para cualquiera que conozca el personaje verle balancearse por Nueva York como lo hace.

Eso, la espectacularidad visual de Electro (un al comienzo desacertado Jamie Foxx, salvable de la schumacherización -los seguidores de la primera saga de Batman saben lo que eso supone- a la que se veía abocado por el espléndido trabajo digital), el inquietante papel de Dane DeHaan como Harry Osborn (aunque el suyo sea el que peor se acaba dibujando al final y el que más sufre la acumulación de ideas en el filme), el ritmo creciente y la muy acertada mezcla de comedia, romance y acción que ha de proponer una película de Spiderman que quiera ser fiel al cómic son sus puntos fuertes. Junto con la valentía que contienen algunos aspectos del guión, por los giros que propone (aunque haya que decir que deja cierto sabor a decepción el misterio sobre los padres de Peter que planeó con más acierto sobre la primera película) y la forma de encarar la película en algunos momentos, incluyendo elipsis más que interesantes, hacen de The Amazing Spider-Man 2 una película como poco tan conseguida como su predecesora, aunque haya más pros y contras que destacar aquí que en una regularmente notable primera entrega.

¿Qué falla? En primer lugar, y duele por recurrente, la inclusión de demasiados personajes, lo que lleva a que algunos queden inútilmente desaprovechados. En segundo lugar, los también típicos problemas del cine de acción, en el que parece difícil creer por qué pasan algunas cosas fácilmente solucionables de otra forma. Así planea sobre la película una sensación de estar a medio construir, modificada sobre la marcha, que lastra en cierta medida el resultado final, aún sin arruinar en absoluto su más que gozoso entretenimiento. Eso sucede porque se ha generado tal ansiedad por crear una saga que incontables conceptos quedan para la siguiente secuela. Y también, íntimamente ligado con esto, porque la asfixiante promoción de la película cuenta demasiado, arruina la experiencia y desvela aún más defectos. Hay escenas y diálogos de los trailers que no están en el filme, incluso algunos para cambiar radicalmente algunos instantes. Da la impresión de que hay movimientos improvisados y eso pesa, aún reconociendo el gran trabajo de montaje que hace que uno salga del cine con la sensación de haber disfrutado, sufrido y animado como un niño pequeño.

miércoles, abril 16, 2014

'El tour de los Muppets', bendita y todavía fresca ingenuidad

Aquellos que nos consideramos nostálgicos de las formas en las que el entretenimiento cobraba forma en nuestros años de infancia, sean éstos los 60, los 70 o los 80, seguimos celebrando que los Muppets sean unos personajes que todavía hoy tengan tanto que decir. El tour de los Muppets llega tres años después de Los Muppets y mantiene toda la frescura con la que aquella recuperó a las maravillosas marionetas de Jim Henson. James Bobin, director de ambas y coguionista de esta segunda, reduce levemente la estructura de gran musical que tenía la primera (aún sin renunciar a las canciones) y apuesta por una historia algo más elaborada desde la ingenuidad que preside, y que tiene que presidir, cualquier película de los Muppets. Bendita ingenuidad, por cierto, porque en estos días en los que parece que sólo vende lo truculento, lo complejo, lo adulto, es sencillamente maravilloso encontrarse con una película tan divertida, tan amena, tan simpática, tan sincera y tan para todos los públicos como ésta.

Comparándola con la primera de esta ojalá longeva saga, hay un pequeño bajón en la parte musical. Y eso que empieza con un sensacional número que recoge la acción justo donde se quedó en aquella y riéndose precisamente y con brillantez de esta moda de hacer secuelas a cualquier éxito de taquilla. Pero no todas las canciones que hay de ahí en adelante quedan igual de bien, alguna se antoja incluso prescindible y dado que la película sigue centrándose en el show de los Muppets se echa en falta un espectacular número final. Es, quizá, el único elemento discutible de la película, que sabe mantener las constantes del filme precedente. Esto es, los Muppets en plena forma, una comedia divertidísima, esa ingenuidad que lo convierte en un título sumamente accesible, una brutal variedad de escenarios y una tronchante capacidad de introducir los más disparatados cameos. Y en estos dos últimos aspectos lo mejor es no saber absolutamente nada porque la sorpresa hace que las risas sean todavía más abundantes a lo largo de la película.

La clave de que El tour de los Muppets funcione tan bien como lo hace es que sus personajes, la marca que representan y su humor son imperecederos. Funcionaban igual de bien hace tres décadas que en nuestros días, y eso es porque su comedia es inteligente, sincera y sencilla. Bobin propone 107 minutos de diversión muy bien llevada, en la que consigue sacar partido a todos los Muppets que desfilan por la pantalla (quizá el gran perjudicado sea Walter, el añadido de la anterior película, al que sólo se da protagonismo en la parte final) y consigue que todos los actores se diviertan y hagan que el público se divierta, desde los protagonistas Ricky Gervais (aquí más familiar y menos irreverente de lo que esperarían los seguidores de aquella gala de los Globos de Oro que presentó), Ty Burrell y Tina Fey hasta la larga ristra de artistas que aparecen unos breves segundos. Nadie desentona (aunque se echa de menos a Amy Adams). Nada falla realmente en la película, que sirve para que se siga perpetuando el riquísimo legado de los Muppets.

Sí queda la sensación de que está algo por debajo de la película anterior, algo que se centra de forma especial en su aspecto musical, pero de una forma mínimamente perceptible, porque el buen rato que ofrece su estrafalaria y simpática historia está dentro de la tradición de los Muppets y de un cine y un entretenimiento que no se ve con tanta frecuencia en nuestros días. Lo mejor de El tour de los Muppets es que no es una secuela pensada, rodada y vendida únicamente para sacar el dinero de los nostálgicos o de quienes disfrutaran de la primera película, dentro de esa machacona industria del entretenimiento que a veces se olvida de hacer productos sinceros. Como aquella, esta secuela está realizada con mucho acierto, con mucho cariño a los personajes y con un inmenso respeto al espectador, por lo que lo único que cabe pensar es que haya una tercera película que mantenga este nivel. Bendita ingenuidad, sí, la que siguen proporcionando los Muppets con historias tan frescas y divertidas como ésta.

martes, abril 15, 2014

'Mejor otro día', una comedia menos negra de lo que debería

Mejor otro día debía ser una comedia negra, muy negra. El material está ahí y la premisa lo exige. Cuatro personas deciden suicidarse en el mismo momento, en Nochevieja, y desde el mismo lugar, la azotea de un edificio, y ese encuentro cambia para siempre sus vidas gracias a un pacto que firman para que ninguno de ellos intente quitarse de nuevo la vida al menos hasta el día de San Valentín. Pero su director, Pascal Chaumeil (Llévame a la Luna), basándose en la novela de Nick Hornby, no termina de escarbar en la historia hasta el punto de mala leche que habría sido agradecido. Hay algunos diálogos brillantes, hay cierto momentos atractivos de sus protagonistas, pero al final todo queda demasiado deshilachado y es difícil ponerse en la piel de cualquiera de los cuatro protagonistas. Chaumeil, habitual director de segunda unidad de Luc Besson no consigue más que una película relativamente agradable, pero queda la sensación de que había materia prima para mucho más.

Aunque hay pinceladas de esa comedia negra que se intuye en la premisa, y que de hecho es la que se viene a mostrar en la primera y delirante escena de la película (probablemente la mejor), en la que se juntan los cuatro suicidas en la azotea sin saber quiénes son ni los motivos por los que quieren acabar con sus vidas, la opción de Chaumeil es la de una comedia mucho más ligera. El motivo es simple, no es una película sobre la muerte o el suicidio, sino una película sobre la vida. Parece un matiz nimio, pero a la larga es lo que decanta la balanza hacia un filme tan simpático en algunos momentos como inane en su conjunto, y que se sustenta mucho más en sus personajes que en su historia o en la forma en la que está contada, porque el filme deja pasar algunos temas jugosos (la presión de los medios sobre los cuatro protagonistas, tres de ellos anónimos antes de que tuviera lugar su encuentro) y avanza a base de unas elipsis que no terminan de estar demasiado bien explicadas.

Son, decía, los personajes los que sostienen la película, que de hecho se estructura en cuatro bloques no demasiado definidos en base a los cuatro protagonistas. Y más incluso que los personajes, los actores. Porque los primeros se construyen a pinceladas más o menos irregulares, con aspectos que incluso se quedan en el aire sin que haya demasiado motivo para ello (como, por ejemplo, las menciones a la hermana de Jess) pero se hacen creíbles con el buen trabajo del reparto. Pierce Brosnan, Toni Collette, Imogen Poots y Aaron Paul están muy convincentes, pero sobre todo merecen ser destacados los dos más veteranos, los dos primeros, los que más y mejor se creen sus papeles (aunque Poots encaja a la perfección en la parte más alocada de su personaje), y los que hacen mucho más verosímiles sus diálogos. El "¡te han curado!" de Collette viene a ser la más divertida muestra de que capta a la perfección la ingenuidad de su personaje, mientras que Brosnan aporta lo de siempre, su propia clase personal, que tan fácilmente le lleva a interpretar una película de James Bond como un anuncio de seguros.

Si lo que se busca es una película agradable para pasar el rato sin demasiadas pretensiones, Mejor otro día vale perfectamente gracias a esos detalles positivos en sus diálogos y en su reparto, pero es inevitable esa sensación agridulce porque la historia daba para más. Y aunque el nombre de Nick Hornby incite a pensar en algo más, porque casi todas sus novelas han sido objeto de adaptación al cine desde que triunfó Alta fidelidad y es guionista de la merecidamente alabada An Education, lo cierto es que la película se queda corta. Alguna que otra risa, algún que otro camino interesante, alguna que otra escena muy lograda, pero un conjunto que Chaumeil no termina de llevar con acierto como para que el destino de los personajes pueda llegar a importarle demasiado al espectador o para que la película sea algo más que un pasatiempo ligeramente amable.

lunes, abril 14, 2014

'Miel', los grises de la vida y de la muerte

Si la eutanasia es un tema complicado de abordar en la vida real o en el debate social, no lo es menos en el cine. Miel es, en ese sentido, una película valiente. Valeria Golina, aquella actriz italiana que aparecía en Rain Man y en alguna que otra película norteamericana de finales de los años 80 y comienzos de los 90, es la principal artífice de esa valentía, como directora de este su primer largometraje y coguionista. Pero es que además de la valentía que supone encarar el proyecto hay que hablar de la que encierra la mirada por la que apuesta la película, la de la belleza sensible de una espléndida Jasmine Trinca que marca un proceso emocional delicadamente narrado para mostrar los grises que hay en este debate sobre la muerte pero también sobre la vida. Desde ahí, desde la ausencia de adoctrinamiento y apostando por mostrar el alma de los protagonistas, es desde donde Miel se convierte en una película a tener en cuenta.

Golino nos describe a su protagonista, que se hace llamar Miel pero cuyo nombre real es Irene, a través de su trabajo, de los viajes que tiene que hacer y de las situaciones emocionales a las que tiene que hacer frente. Todo con una seguridad importante, en la que ella siente como importante ser fuerte, dura y serena. ¿Pero qué puede hacer que esas sensaciones se desmoronen? Ese es el trayecto emocional que describe Golino, y lo hace con sensibilidad y sinceridad, sin juzgar a ninguno de los personajes que aparecen en la pantalla, por extremos que sean sus comportamientos y por difícil que sea entender las decisiones que adoptan para cada espectador. Esa es la riqueza de Miel, que invita a sentir pero también a pensar. Las emociones son relativamente fáciles de conseguir, pero la reflexiones no, sobre todo aquellas que perduran una vez que se ha terminado la película.

En algún momento la película recorre terrenos que no parecen tan firmes, cuando trata de escarbar en aspectos de la vida personal de Irene que no están directamente vinculados con la trama central de la película. Al final todo cobra sentido como parte de una panorámica emocional compleja, pero es quizá ahí donde se le escapa levemente la película a Golino. Salvando esos pequeños detalles, dirige con firmeza, crea algunos momentos visualmente espléndidos (la primera secuencia en la que aleja la cámara por un largo y metafórico pasillo, el plano-contraplano de la conversación entre Irene y Carlo), y, sobre todo, conduce muy bien a sus actores. Jasmine Trinca entiende a la perfección ese viaje emocional que quiere ser la película y tanto ella como su personaje muestran una madurez creciente en la pantalla. Carlo Cecchi acaba siendo el complemento perfecto para entender además ese carácter de escala de grises sobre la vida y la muerte que es el filme.

La película, su directora y su protagonista han recibido elogios y reconocimientos en varios festivales y no es nada extraño que haya sido así. Miel es un intenso recorrido vital condensado en unos pocos días, lo que habla muy bien del trabajo de síntesis que se ha hecho a la hora de escribir y de montar el filme en unos ajustados y en ese sentido casi perfectos 98 minutos en los que es difícil sustraerse al encantado de la intensa mirada de Jasmine Trinca, que va mucho más allá de la belleza física para mostrar con sus ojos el interior de su alma. Eso es lo que más valor tiene en el filme, que bajo un aspecto pretendidamente frío y en el que no se pide una complicidad ciega con ninguna forma de afrontar la vida o la muerte, se condensa una inagotable colección de sensaciones. Valeria Golino debuta francamente bien como directora y se gana que su nombre esté apuntado ya en muchas agendas.

viernes, abril 11, 2014

'Anochece en India', importa el viaje, no el destino

Ese principio vital que da más importancia al viaje que al destino es lo que da fuerza a Anochece en la India, debut en el largometraje de Chema Rodríguez, autor también del guión. El viaje que narra en el filme queda inconcluso, precisamente para incidir en la importancia de lo que hay en los poco más de 90 minutos anteriores a ese desenlace que plantea, entre lo trágico y lo onírico y que deja cierta sensación de desconcierto. No es esa sensación algo necesariamente negativo porque parece formar parte de los planes del autor, pero sí que parece privar a la película de un necesario redondeo. Una cosa es que importe más el viaje, pero quedarse sin destino puede frustrar al espectador. Siendo ese viaje lo que importa, Anochece en la India se convierte en una apetecible road movie, singular por mucho motivos y al que el mayor pero añadido que se le puede poner está en el sonido, un defecto demasiado habitual en el cine español y que rompe continuamente la atmósfera y, especialmente, la sobresaliente actuación de Juan Diego.

Rodríguez basa su viaje en dos pilares fundamentales. El primero, el esencial en realidad, son sus actores. El reparto busca ser realista y humano, lejos de los cánones de belleza que suele explotar el cine, algo que la credibilidad de la película agradece sobremanera, incluso aunque la película contenga el inevitable desnudo femenino que, estirando hasta la extenuación el tópico, no parece faltar nunca en una película realizada en nuestro país. Juan Diego borda el papel de Ricardo, un viejo cascarrabias en silla de ruedas que decide emprender ese viaje hacia la India y Clara Voda, dando vida a su asistente, Dana, una mujer rumana que se ha pasado un largo tiempo cuidándole en España y que no quiere quedarse atrás en esta descabellada aventura. Uno de los aciertos esenciales de Rodríguez en esa trama es que va alternando y, sobre todo, interrelacionando el protagonismo de los dos personajes centrales.

El segundo pilar está en los escenarios en los que se desarrolla la película. Es inevitable que la mayor fascinación se produzca en el ramo final, en la India, pero en realidad es todo el filme el que encandila visualmente, con un atractivo trabajo de fotografía y de búsqueda de localizaciones. Como en el caso del reparto, este aspecto destaca porque está todo anclado en la realidad. No hay nada edulcorado ni embellecido, todo suena absolutamente real, e incluso sirve para que las calculadas imprecisiones del guión (el pasado de Ricardo, el motivo de que esté postrado en una silla de ruedas, la deuda del amigo con el que habla por teléfono o algunos aspectos de la vida de Dana en Rumanía) porque, de nuevo hay que insistir en esa idea, lo que importa es el viaje, enriquecido con la presencia de otros personajes que entran y salen para apuntalar con acierto la personalidad de los dos que de verdad importan, Ricardo y Dana.

Anochece en la India tiene ciertas flaquezas en lo que no muestra, el único flanco de la película en el que puede reinar cierta irrealidad. Y, sobre todo, hay un trabajo no del todo depurado en el sonido, que perjudica esencialmente a Juan Diego, algunas de cuyas frases entran en el terreno de lo ininteligible, y seguramente no por culpa del intérprete. Al margen de esos dos detalles, el filme es una pieza atractiva e interesante, que bucea en el alma de unos personajes que de forma voluntaria elude cerrar para que sea el espectador el que salga de la película interpretando lo que ha sucedido. Como ópera prima es muy atractiva y la historia que plantea es lo suficientemente fresca como para irle olvidando los defectos a pulir y centrarse en sus muchos aciertos, empezando por la espléndida escena inicial bajo la lluvia, una fotografía difusa del alma de los personajes que elude las aclaraciones que daría un plano completo.

jueves, abril 10, 2014

'Need for Speed', no lo intenten en la vida real

Nada más acabar las ¡más de dos horas! que dura Need for Speed, aparece un rótulo que ocupa toda la pantalla pidiendo que no se repita en la vida real lo que se acaba de ver, que todo ha sido rodado por especialistas en circuitos cerrados y controlados. Es la señal de los tiempos políticamente correctos en los que vivimos, que obliga a colocar esta advertencia para evitar futuras demandas por imitación después de una historia que muestra a un glorificado héroe romper más de una docena de leyes, y no sólo las de tráfico, para demostrar que es un piloto espléndido. O, en realidad, lo que hace Scott Waugh, tras una larga experiencia como especialista, es un precioso y larguísimo anuncio de coches, un trabajo publicitario de primer orden que mimetiza lo que ya hizo en Acto de valor, que codirigió con Mike McCoy, que era un elaborado anuncio de los Navy Seals. ¿Y el videojuego que da origen a la película? Pues en el título y en los coches, no había muchas más posibilidades.

En la habilidad como especialista de Waugh es donde está lo mejor y más rescatable de Need for Speed, porque hace que luzcan los deslumbrantes y lujosos coches que coloca en la pantalla, crea esa sensación de velocidad (cómo ayuda en este sentido la trepidante aunque algo predecible música de Nathan Furst) que exigía inexcusablemente el título y hace que los vehículos sean los únicos protagonistas del filme. ¿La historia? Mejor no tenerla en cuenta si se quiere disfrutar algo de la cinta, porque está tan llena de personajes tópicos, insensataces varias, situaciones previsibles y diálogos absurdos que en base a ese argumento habría que machacar sin piedad el resultado final. Y en el fondo no se lo merece, al menos no de forma radical, aún asumiendo los fallos, incluyendo errores de continuidad, y los lugares comunes, porque no deja de ser un simple divertimento que con un nivel de exigencia bajo no termina de funcionar mal del todo. Por eso los tópicos son tópicos, porque son reconocibles, fáciles y funcionales.

Y es verdad que para rellenarlos se ha escogido a actores competentes y adecuados con lo que se espera de los estereotipos, empezando por Aaron Paul, Imogen Poots y Dominic Cooper, por lo que el resultado no podía salir mal del todo en ese sentido. Ahora bien, la rareza interpretativa de la película es Michael Keaton, que se suma a esa moda que parece estar instalándose en Hollywood de crear un personaje que no tenga contacto físico con ningún otro, lo que permite contar con un actor más o menos conocido sin necesidad de que ruede al mismo tiempo que los demás. Este un tanto desatado Keaton interpreta al promotor de la carrera ilegal en la que participa el protagonista para vengar afrentas pasadas. El reclamo, no obstante, no está en los actores, sino en la glorificación de esa conducción imposible de los videojuegos y que en el salto a la gran pantalla se rellena con las imprescindibles justificaciones a la enorme colección de infracciones y delitos que sazonan los actos de los protagonistas.

Por todo ello, Need for Speed es una película más que previsible de principio a fin, que no cuenta con la sorpresa como uno de sus puntos a favor ni en su trama, ni en sus caracterizaciones ni tampoco en lo que cabe esperar de ella. En todo caso, es obvio que las aspiraciones de la cinta no son más que las que sí consigue Waugh en cierta medida: que haya coches, carreras ilegales, accidentes espectaculares y poco más. Eso, obviamente, genera un halo de desilusión porque empieza a instalarse como la norma. ¿Para qué hacer una buena película si basta con cumplir el expediente y hacerlo con un presupuesto que no se dispare? Si alguien quiere ver una película sobre automovilismo realizada con más destreza comecial, siempre quedará Días de trueno. Y si se busca una buena película de verdad sobre este mundo, está Rush. Para todo lo demás, y por supuesto sin pensar que nada de lo que sucede en la pantalla es verosímil o mínimamente realista, Need for Speed.

martes, abril 08, 2014

'Jackie', una agradable road movie fenemina

Las road movies siempre han tenido un encanto especial. Jackie no es una excepción en ese sentido, porque sabe manejar los elementos más habituales del género y, sin necesidad de ofrecer demasiadas innovaciones narrativas o visuales, simplemente dejándose llevar por el talento de sus actrices, se convierte en una película agradable, bien llevada, muy bien interpretada y con unos personajes descritos con algo más de habilidad que el desarrollo de la historia. Porque la premisa, que se resume en un pequeño prólogo, es muy divertida: una pareja de homosexuales holandeses recurrió a una mujer estadounidense para que hiciera de vientre de alquiler. Las dos gemelas que nacieron, ya adultas y muy diferentes entre sí, tendrán que viajar a Estados Unidos para ayudar a su madre biológica, que se ha roto una pierna, no tiene más familiares y tiene que ir a una clínica de rehabilitación. Tres mujeres, tres personalidades casi contrapuestas, encerradas en una autocaravana recorriendo las carreteras de Estados Unidos.

La película no podría funcionar si el reparto no estuviera a la altura. Y ese aspecto es, con seguridad, lo mejor que ofrece Jackie. Holly Hunter, a pesar de lo poco que se deja ver por el cine, sigue siendo una actriz magnífica que lo demuestra cada vez que tiene la ocasión. Y aquí tiene el dulce de la película, una mujer de carácter huraño, que apenas habla y que no para de observar a esas dos hijas que le son necesariamente extrañas. Pero Jackie no habría funcionado si los tres ejes no fueran complementarios y, hasta cierto punto, simétricos. Las hermanas van Houten, Carice (la de Juego de tronos) y Jelka, soportan bastante bien la tarea y conforman un cuadro muy atractivo. Son tres mujeres muy diferentes entre sí, y tanto el guión de Marnie Blok y Karin van Holst Pellekan como la dirección de Antoinette Beumer saben sacar partido de ello, dejando que la evolución de los tres personajes sea muy natural, nada forzada y, por tanto, muy agradable de presenciar.

En realidad, eso es lo que mantiene la película en un punto alto, porque sí es cierto que en el guión hay situaciones forzadas, algo exageradas, haciendo que parezca algo inverosímil que suceda todo lo que sucede en el viaje de estas tres mujeres, cuya razón de ser acaba desapareciendo sin que nadie parezca ser consciente de ello. Hay algún momento en que, aprovechando lo mejor del trabajo de Holly Hunter, se cae en una ligera reiteración, y quizá se eche en falta algún diálogo más que explique algunos de los temas que plantea la película, pero el influjo de las tres actrices protagonistas es tan grande, su química es tan hermosa de contemplar, que éstos acaban siendo fallos menores. Como película de mujeres y como road movie, funciona razonablemente bien, es divertida cuando tiene que serlo y que abraza sin problema el drama, hasta desembocar en un final muy adecuado.

Aún con los defectos que tiene, Jackie no parece estar tan lejos de otras películas que cuentan con el beneplácito de la crítica, otras historias humanas que en el fondo tienen lo mismo o incluso menos que ofrecer que esta película holandesa. Y quizá ese sea el problema, que la evaluación del cine todavía sigue siendo en ocasiones una cuestión de nombres o de países y no de talento. Porque de Jackie saldrá mucha gente alabando a Holly Hunter porque es la actriz más conocida, sin llegar a esa categoría de estrella que había dado al filme el empujón publicitario que necesitaría, pero no hay tanta diferencia con el buen trabajo de las hermanas van Houten. Y quizá Jackie merezca algo más de crédito, por mucho que su procedencia holandesa y los dos años de retraso con los que llega a España con respecto al estreno en su país sigan evidenciando que la maquinaria hollywoodiendse y sus grandes nombres imponen a veces más de lo que realmente ofrecen. Jackie no tiene nada que envidiar a películas así.

domingo, abril 06, 2014

'Crónicas diplomáticas', riéndose de la terrible realidad política

Si hay un momento en el que una película como Crónicas diplomáticas es especialmente necesaria es justo éste, en estos días de justa desafección y sobresaliente desconfianza hacia la política. Y no precisamente porque el último trabajo de Bertrand Tavernier, basado en el cómic Quai d'orsay, sea una crítica dura y despiadada basada en algunos de los muchos hechos reales que darían perfectamente para una película, que algo de eso seguro que también tiene, sino porque sabe reírse de una realidad política que se antoja así de terrible. Crónicas diplomáticas, siguiendo las aventuras de uno de los gabinetes de asesores de un ficticio ministro de asuntos exteriores francés, da en el clavo de principio a fin. Despierta risas con sus incontables gags pero, hay que insistir en ello, no resulta para nada inverosímil. Exagerada, por supuesto, como procede en la comedia, ese género tan difícil aunque todo el mundo se crea capaz de hacer reír. ¿Pero irreal? En absoluto. Y eso es precisamente lo que hace que el filme sea tan divertido. Luego llega el proceso de asimilar lo que se ha visto y de indignarse ante el hecho de que la realidad sea más o menos así.

En el fondo, Crónicas diplomáticas es la justa venganza del resto del mundo hacia la clase política. Tavernier la ridiculiza hasta el extremo en lo personal y en lo profesional. Muestra el día a día cotidiano, internándose en las entrañas del Ministerio junto a un joven que entra a formar parte de ese gabinete, la forma en la que se solucionan las crisis internacionales, las prioridades de su agenda diaria, la clase de personajes que llegan a tener poder, las motivaciones reales y el enchufismo desbocado. La película no deja títere con cabeza. De eso se trata, por supuesto, pero no habría funcionado si detrás de la historia y de la presentación no hubiera inteligencia. La comedia de Crónicas diplomáticas lo es. La sátira es sutil y precisa, los golpes de humor cuidadosamente calculados, y conducidos en segmentos separados por las citas de Heráclito (como en el cómic) que disfruta usando ese ficticio ministro.

Hay genialidad en el hilo que va conduciendo la película, la redacción de un discurso para el ministro, que se estira como un chicle sin llegar a romperse, aunque sí es verdad que en la segunda mitad de la película hay un ligero descenso del ritmo y quizá la película habría lucido algo más sin llegar a los 113 minutos del montaje final. Pero hay tal maestría en cada escena, casi sketches individuales si no fuera por ese hilo que les une, que al final no es tan importante. Y como el reparto está espléndido a la hora de hacer creíble un guión tan agudo, es imposible no reírse con las peripecias del ministro (Thierry Lhermitte), de su jefe de gabinete (un sutil pero divertidísimo Niels Arestrup) y el joven recién llegado al equipo (Raphaël Personnaz), pero también con el resto de asesores, que cubren los aspectos más anecdóticos, joviales y profesionales de ese día a día que retrata el filme.

Crónicas diplomáticas es una divertidísima cinta, una de las mejores sátiras que se ha hecho sobre la política en los últimos años, extrapolable con absoluta facilidad a cualquier administración de países desarrollados por mucho que se centren en el Ministerio de Asuntos Exteriores francés. Tavernier, con 72 años, lanza afilados dardos sobre lo que aguantamos todos como ciudadanos con una agilidad envidiable, como autor, como cineasta y, por qué no, también como ciudadano. Él, con sus imágenes, traza una dulce venganza contra la clase política, por mucho que haya países en los que el arte no sea más que un estorbo al que ningún político, para su desgracia, prestará atención. Y sí, la película acaba con un aplauso. Uno autocomplaciente de la política hacia sí misma. Uno que confirma la necesidad de sátiras sobre ese mundo tan alejado de la realidad, el que se esconde en los despachos y en las esferas de poder para no escuchar las carcajadas que provocarían si no fuera tan serio lo que hacen.

viernes, abril 04, 2014

'Noé', Aronofsky sale indemne pero no triunfante

La ambiciosa y fantasiosa reinterpretación que Darren Aronofsky hace de la historia de Noé y el arca con la que hizo frente al diluvio universal es uno de los títulos más esperados del año, por el tema que trata, por el nombre de su (para mí sobrevalorado) director y por su espléndido reparto. Por desgracia, el resultado final hace que tanta expectación sea exagerada. No es un fiasco, e incluso se deja ver con más facilidad de lo esperado, Aronofsky sale indemne de su descabellada visión de la historia bíblica gracias a los aciertos que acumula en la creación de los personajes, algo a lo que ayuda notablemente el reparto, y en algunos momentos dramáticos en la segunda mitad de su largo metraje, que llega hasta los 138 minutos. Pero se le escapa por completo lo que debía marcar una diferencia desde el principio, los aspectos más fantásticos, lo más visual e imaginativo de la película, incluso detalles de la historia muy mal resueltos. Todo ello sufre por el trabajo de su director, por una dirección artística dudosa y por un decepcionante uso de los efectos visuales.

Lo peor de todo es que esta vez se puede comprobar que los defectos son de la película, porque Aronofsky, en vista de los problemas que tenía para reunir la financiación necesaria para el filme, había realizado previamente su historia en un cómic que acaba de ser publicado en España y que acabó de convencer a Paramount de ponerse detrás del filme. Ahí se ve que muchos de los errores que comete el autor en la pantalla no aparecen en las viñetas. Así que cabe preguntarse qué ha pasado para que caiga en tantas simplezas, ingenuidades y abiertos errores a la hora de cerrar su historia para el cine. Y no es una cuestión de medios, porque para la película ha dispuesto de ellos y no los ha sabido usar demasiado bien, por defectos (demasiados planos por ordenador fácilmente identificables; el de las dos palomas volando con el fondo cambiante es toda una invitación a dudar de todo el trabajo digital) o por elecciones (sorprendente y mareante el uso de imágenes en movimiento, durante la escena del génesis y en las elipsis).

Si hay algo que acaba salvando la película es que, incluso con menos emoción de la que sería deseable, Aronofsky sí consigue crear unos personajes atractivos, empezando por el propio Noé. Y va de menos a más, porque en la primera mitad falta fuerza y en la segunda sí hay sobradas escenas que inciden en ese aspecto más personal. Noé se convierte entonces en el personaje radical y decidido que debía ser desde el principio, y no un héroe al que adorar como casi parece que es en el arranque. Aunque parece que Russell Crowe es un actor al que cada vez parece más fácil criticar, lo cierto es que sigue siendo un sensacional intérprete, que domina perfectamente los diferentes estados emocionales de Noé. Jennifer Connelly, como siempre, está impresionante. Y por eso algunas de las mejores escenas de la película tienen a estos dos actores en pantalla. Con ellos, el reparto se convierte en uno de los mejores argumentos de Noé, aunque ni Emma Watson ni Douglas Booth destaquen especialmente en sus papeles, cruciales en la historia.

Quizá lo más negativo de Noé es que, con tantos medios a su alcance, no es capaz de superar las clásicas películas bíblicas que basaban su fuerza visuales en prehistóricos efectos visuales y enormes cantidades de extras. Es obvio que no estaba entre los objetivos de Aronofsky realizan una historia tan canónica como aquellas de La Biblia o Los diez mandamientos, pero si lo peor de Noé está precisamente en aquello en lo que pretendía innovar (al menos no hay engaño, porque eso se ve desde el principio sobre todo con los Vigilantes de piedra que introduce) se puede comprender perfectamente que la película deje cierto halo de decepción, aunque lo más probable es que los fans de su director le encuentren elementos suficientemente atractivos como para disfrutar del filme. Pero lo que ofrece Aronofsky es escaso. Visible, lejos del fracaso en que podría haber quedado enterrado por su desmedida ambición e incluso disfrutable por momentos, pero demasiado equivocado en otros muchos como para merecer el aplauso.

lunes, marzo 31, 2014

'Ida', lenta disertación sobre la fe

Ida es una película lenta. Tanto, que sus escasos 80 minutos acaban pareciendo muchos más. En esa primera sensación, inevitable, no entra en juego que el filme sea bueno o malo, pero sí hay que dejar claro que esa de la lentitud es una elección consciente del director de este filme polaco, Pawel Pawlikowski. Es una complicada de tomar porque irremediablemente alejará a algunos espectadores de su película, incluso los acostumbrados a los ritmos de las cinematografías europeas o independientes. En los festivales la película ha salido muy bien parada, recibiendo galardones en su país pero también en Estados Unidos, Reino Unido, Canadá e incluso España, en el Festival de Gijón. Pero, con todo, Ida es una película que arriesga mucho en esos 80 minutos y no siempre sale triunfante. El principal problema es que es muy difícil encontrarle un mensaje, un objetivo claro, una pretensión más allá de la de espectador de la historia que cuenta, y eso provoca cierta perplejidad por algunos giros de su guión.

En los años 60, aunque la película no termina de dejar clara la época en que se desarrolla salvo por posteriores alusiones históricas, Ida es una joven que está a punto de tomar los votos y hacerse monja. Antes de eso, en el convento instan a la chica a visitar a su único pariente vivo, Wanda, una tía que no conoce y que nunca quiso hacerse cargo de ella. A partir de ahí, Ida y Wanda buscan los cuerpos de los padres de la primera para zanjar el pasado antes de afrontar su futuro espiritual. Pawlikowski, coautor también del guión de la película, crea una disertación sobre la fe que no termina de ser redonda. Hay tantos silencios, tantos huecos por rellenar en la película y, por extensión, en la historia de Ida, que no terminan de aparecer con claridad los motivos por los que toma sus decisiones. Eso no impide que haya algunas algunos momentos cargados de mucho interés, de una reflexión sincera e incluso profunda. Pero al final es difícil explicarse algunas de las cosas que han ido sucediendo.

En realidad, la fe es sólo una parte de la película. La otra, algo más manida y menos desarrollada en el guión salvo como motor de la historia, es el holocausto judío. Ese segundo tema permite dar un protagonismo muy agradecido a Wanda, y de hecho lo mejor de la película es la interacción entre dos mujeres tan diferentes, como por ejemplo la escena en la que se enfrentan por la Biblia y sus diferentes modos de ver la vida y la fe. Y las dos, además, están espléndidamente interpretadas por Agata Trzebuchowska (Ida) y Agata Kulesza (Wanda), aunque los silencios que acompañan sus escenas contribuyen a que se pierda el efecto de algunas de ellas. Pero hay una disociación importante entre los diferentes elementos de la película, quizá provocada por esos silencios, quizá por las elipsis o puede que por la ausencia no ya de explicaciones sino de los comportamientos más normales y humanos que el espectador podría esperar ante situaciones como las que muestra el filme.

Las elecciones técnicas de Pawlikowski también contribuyen a la sensación extraña que deja la película. Por un lado el regreso a un formato de 4:3 en lugar de los ya estandarizados panorámicos. Por otro, el blanco y negro (aunque la fotografía es notable). Y, finalmente, los encuadres, colocando en muchas ocasiones a los personajes en la parte inferior del plano dejando mucho espacio por encima de ellos. Ida dista mucho de ser una mala película, pero sí es una una difícil. Sus temas son valientes. Algunas de sus decisiones también. Y las interpretaciones son espléndidas. Pero es complejo señalar un público claro. Como se ha señalado, la película ha gustado mucho en los diferentes festivales en los que ha estado y ha ganado premios, aunque es una cinta en la que subjetividad con la que cada espectador la mire tendrá mucho que decir. Lo que sí entra en el terreno de lo obvio son las decisiones de Pawlikowski, y la más notoria es la también mencionada lentitud.

viernes, marzo 28, 2014

'Capitán América. El Soldado de Invierno', Marvel en su punto más poderoso

Desde hace ya algunos años, Marvel ha encontrado un extraordinario camino para desarrollar su franquicia cinematográfica. Los Vengadores fue la culminación de una idea, la del universo compartido, que no se había hecho antes en el cine y que ya fue una de las piedras angulares del éxito de sus cómics en los años 60 del pasado siglo. Tras Los Vengadores, las apuestas han subido. Y si hay una película que por el momento está a la altura del reto, esa es Capitán América. El Soldado de Invierno. Iron Man 3 fue algo controvertida entre los aficionados (aunque, para mí, genial) y Thor. El Mundo Oscuro mantuvo esa franquicia individual a un nivel inferior a sus compañeras aún superando algunos logros de su película original. Pero esta continuación de Capitán América. El primer Vengador es una película extraordinaria, con muchos niveles de éxito y, como siempre de forma debatible, la mejor película individual de este universo Marvel porque encuentra una personalidad propia irrebatible dentro de un conjunto mucho más grande que se aventura a modificar con mucha valentía y sin vuelta atrás.

El Soldado de Invierno es una película terriblemente actual en su aspecto visual pero sobre todo en los temas que plantea, y al mismo tiempo es un magnífico homenaje al thriller político de los años 70 y un formidable producto de entretenimiento. Es en esa conjunción donde trasciende el género de superhéroes al que pertenece para convertirse en algo todavía más agradecido. Y puede que haya cierta ingenuidad en alguno de sus planteamientos, pero desde luego es lo de menos. Su construcción es modélica, porque muestra que ha sabido sacar las conclusiones adecuadas de lo que funcionó y de lo que no en las películas previa de Marvel (y en las que no son de Marvel, porque hay en el trasfondo algo que también obedece a los hallazgos de Christopher Nolan especialmente en El Caballero Oscuro) para convertirse en eje de lo que ha sido y de lo que será en el futuro el universo Marvel. Es, en ese sentido, una gozada para los aficionados a estas películas, pero en absoluto una barrera para quienes no se hayan sentido atraídos por estos coloristas personajes.

Eso es otro inmenso acierto del filme, que satisface a públicos muy diversos sin dejar de lado al aficionado. Hay en la película incontables referencias para los lectores de cómics (desde el nuevo e imprescindible cameo de Stan Lee a la introducción de algunos nombres y personajes de forma nada casual) y a los seguidores de este universo cinematográfico (sobre todo con la recuperación de algún personaje de Capitán América. El primer Vengador y las dos secuencias postcréditos, en especial la primera, apasionante por las puertas que abre), pero también, al margen de esto, es un entretenimiento de acción de primer nivel. los hermanos Anthony y Joe Russo ruedas unas coreografías deslumbrantes, integran perfectamente los efectos visuales y todo ello sin que se pierda interés en la trama o en los personajes, que son nuevamente uno de los puntos fuertes de la película gracias a un acertadísimo proceso de casting, ya conocido en el caso de Chris Evans, Scarlett Johansson (por fin cómoda en el papel de Viuda Negra) y Samuel L. Jackson pero novedoso con el peso que siempre da Robert Redofrd o la frescusa de Anthony Mackie como el Halcón.

Capitán América. El Soldado de Invierno es, decididamente, la mejor película individual de esta segunda fase de Marvel Studios, la que arrancó tras Los Vengadores y la demostración de que no es necesario fotocopiar cómics (vale lo mismo con los libros) para lograr una adaptación espléndida, o de que no es necesario calcar los méritos de una película, la primera de la saga, a la hora de hacer una secuela. Porque con el mismo personaje y dentro del mismo universo, lo que El Soldado de Invierno hace es actualizar El primer Vengador, continuar su historia y la de Los Vengadores y abrir incontables puertas para el futuro de la franquicia. Pero, ojo, que además lo hace contando una historia bien llevada, notablemente cerrada y con una personalidad única dentro de este cuadro mayor. Esto es Marvel en su punto más poderoso, demostrando que la figura del superhéroe sirve para muchos registros diferentes con una formidable mezcla de piezas de acción y trama de intriga y espionaje, con personajes carismáticos, sólidas actuaciones y una dirección por momentos sobresaliente. Una gozada.

jueves, marzo 27, 2014

'Los canallas', inquietante pero confuso thriller

Por Lucía Alegrete.

En los años 60 el célebre Akira Kurosawa filmó una de sus grandes obras maestras, Los canallas duermen en paz. Cinta cumbre del cine negro y de suspense, en donde a lo largo del metraje se iba destapando una intrigante trama de asesinato y conspiración. Cincuenta años después la consolidada directora francesa Claire Denis (Una mujer en África), inspirada en el maestro japonés, se atreve con otro thriller que narra de igual manera los entresijos y el oscuro trasfondo de una familia envuelta en terribles e intrigantes asuntos. Marco Silvestri (Vincent Lindon) recibe una llamada desesperada de su hermana Sandra (Julie Bataille), a quien los problemas personales parecen desbordarla. Su marido se ha suicidado, la empresa familiar está en bancarrota y su hija se halla internada en un centro psiquiátrico. Las súplicas dan resultado y Marco se muda inmediatamente a París, donde poco a poco irá desentrañando la horrible y oscura verdad que se cierne sobre su familia, en un thriller inquietante y desasosegador.

A pesar del poderoso comienzo y el inteligente guión, el resultado final resulta ser bastante irregular. Cierto es que se ha conseguido plasmar de forma magnífica esa atmósfera sombría y misteriosa, gracias al buen uso de los planos, al cuidado de las escenas y a la acertada elección de la banda sonora. Gracias a ello vemos a través de la mirada oscura de la cámara, palpamos la tensión que rasga la pantalla y sentimos ese halo impenetrable de angustia, dolor y desesperación que recorre a los protagonistas. Todo ello nos inquieta y conmueve y nos encontramos alerta y expectantes esperando ese toque de gracia final. Sin embargo ese esperado y anhelado desenlace nos deja un sabor agrio, la cinta finaliza de modo precipitado y confuso. O, más bien, deberíamos decir que concluye una historia tratada de manera desordenada y por momentos difícil de seguir, perdiéndose en tramas secundarias y personajes extrañamente desdibujados.

Entre los actores protagonistas, todos muy correctos en sus papeles, podemos destacar a la hija del estelar matrimonio Mastroianni-Deneuve,Chiara Mastroianni, quien interpreta a la amante del poderoso empresario Edouard Laporte y, al igual que al protagonista, nos atrapa por su sensualidad y misterio. Pero, sobre todo, es la joven lolita Justine (Lola Creton) la que se merece todos los elogios. Interpretando el papel de hija desequilibrada y sexual atrae nuestra mirada e interés y, a pesar de ser un personaje secundario y su desarrollo superficial, sus escenas son los únicos momentos en los que la película consigue captar toda nuestra atención. Las imágenes de una bella joven vagando desnuda y desorientada por las calles de París, dejando tras de sí un rastro de sangre, muestra de una brutal agresión, son estremecedoras e hipnotizantes y aventuran la gran magnitud de lo que sucederá más adelante y se configura como su parte más memorable.

La debilidad del filme reside en su complejidad y la obcecada necesidad de complicar los hechos para trasmitir una profundidad que acaba convirtiéndose en complejidad. Las elipsis y saltos temporales tampoco ayudan, sino que nos facilitan desconectar y que nos dejemos de interesar por el gran drama que recorre a esta familia. Si la directora hubiera enfocado la película desde otra perspectiva y se hubiera centrado únicamente en el problema personal de la familia, evitando todos los elementos adyacentes, se hubiese conseguido esa interesante e inquietante propuesta que no alcanza ser. La historia es atrayente, la atmosfera turbadora y la dirección destacable y, sin embargo, resulta ser un fracaso en términos generales. Ahí es donde destaca la importancia, ya no sólo de lo que se quiere contar, sino de cómo se cuenta, de la narración y la manera de plasmar un relato, de saber conducir la trama adecuadamente y no enredarla innecesariamente.

martes, marzo 25, 2014

'Jimmy P.', psicoanálisis inconcluso

Jimmy P. es una película extraña. Es ambiciosa, en tanto que quiere mostrar uno de los primeros estudios psicoanalíticos, el de un indio pies negros, veterano de guerra, que sufre fortísimos dolores a pesar de estar completamente sano. Pero al mismo tiempo es mucho más artificial de lo que querría ser, sobre todo teniendo en cuenta que arranca con la etiqueta de "hechos reales". Pero tan reales quieren ser que casi siempre resultan algo farragosos, muy largos (117 minutos de película en los que muchas escenas no consiguen ser significativas) y menos emotivos de lo que se busca. Y el caso es que es una película bien interpretada, con un atractivo punto de partida y con una imaginativa realización del francés Arnaud Desplechin, pero el filme está muy lejos de captar la atención emocional que busca, sobrando casi tantas cosas como las que faltan. Es un psicoanálisis inconcluso.

Empezando por lo más positivo, Benicio del Toro y Mathieu Amalric merecen casi todos los elogios que se llevará la película. El primero interpreta al mencionado soldado indio, el segundo al médico que en realidad no lo es (el psicoanálisis no tenía aún esa consideración en aquella época). Y la dinámica que se establece entre ambos es lo más acertado del filme. Entre ellos sí se ve una complicidad atractiva, aunque casi siempre falte lo que consiga hilar esas emociones con el resto de la película. Todo es, en realidad, bastante plano, a veces incluso artificial, como la forma en que Desplechin finaliza algunas escenas, o incluso con secuencias completas (en especial las que afectan al resto de médicos que se explican la dolencia del paciente) a las que es difícil encontrarles demasiado sentido. No es esa la consecuencia de que el espectador pueda no responder a lo mucho que exige la película de él, sino que a la película le falta un propósito claro.

Sí lo tiene en cuenta a la linealidad de la historia, basada en el libro de George Devereux, el personaje que interpreta Amalric, pero más allá de instantes concretos la película no sabe emocionar. Acaba importando más la imaginativa realización de Desplechin y su forma de saltarse las barreras narrativas que lo que realmente está pasando en las vidas de sus personajes. Y eso produce una cierta fascinación momentánea, pero no basta para que la película como un conjunto completo perdure en la mente del espectador. Instantes concretos sí, algún flashback, cortes de las conversaciones que mantienen los dos protagonistas. Eso sí. Pero a la historia le falta algo, algo que haga entender qué es tan especial en torno a ese paciente, algo que muestre el carácter revolucionario del trabajo de ese doctor, algo que establezca una conexión emocional más allá de la pantalla que no llega a sentirse casi nunca.

En realidad, Jimmy P. esconde muy pocas sorpresas más allá de su aspecto, el relato apenas se sale de los cauces esperables y sólo los actores provocan los sobresaltos emocionales que el filme tendría que haber provocado de otras muchas maneras. Eso sí, no es un tropiezo como película, pero el resultado sí se puede catalogar de extraño. Incluso en aspectos como su banda sonora (de Howard Shore, casualmente el mismo compositor de Un método peligroso, la otra película más o menos reciente con el psicoanálisis como tema central), que no termina de adquirir el protagonismo que requiere o de acertar en el tono del relato, o incluso en su ambientación, mucho más atemporal de lo que habría sido necesario. Jimmy P. es Benicio del Toro y Mathieu Amalric. Fuera de ellos, no termina de ser gran cosa.

domingo, marzo 23, 2014

'Non-Stop (Sin escalas)', una tensión tan enorme como sus agujeros

Ante una película como Non-Stop, subtitulada en España como Sin escalas (igual como juego de palabras que haga recordar a Sin identidad, la anterior película de su director, Jaume Collet-Serra), caben dos posibilidades. La primera es dedicarse a triturar la película por los enormes agujeros que hay en su guión, más visibles a medida que van pasando los minutos, la por lo visto inevitable concatenación de casualidades que el thriller moderno ha convertido en indispensables para que las tramas funcionen, e incluso para lamentar que el final no esté a la altura de la propuesta. La segunda es, simplemente, dejarse llevar. Es desde esta segunda concepción como Collet-Serra se muestra como un director espléndido, competente, que acierta casi siempre a la hora de colocar la cámara, que sabe generar tensión y colocar al espectador al filo de la butada. La pregunta es qué no sería capaz de hacer Collet-Serra con un guión redondo, que éste está lejos de serlo. Porque da la impresión de que el español afincado en Estados Unidos podría ser capaz de hacer que funcionase lo que le echen.

Más que hablar de la premisa de la película, lo que corresponde es destacar el escenario en el que transcurre. Casi en su totalidad, Non-Stop se desarrolla dentro de un avión. ¿Original? Puede que no, porque, por ejemplo, Serpientes en el avión o Plan de vuelo: desaparecida optaban por lo mismo para sus historias. Pero ésta acaba mejorando las aspiraciones de aquellas. Y casi es mejor no decir mucho más, porque resulta divertido ir descubriendo poco a poco y al ritmo que marca Collet-Serra cuál es realmente la historia, que introduce con mucha pausa; quién es cada uno de los personajes, empezando por su protagonista, Bill Marks, interpretado por Liam Neeson; y qué les va haciendo sospechosos a casi todos ellos de ser ser quien está detrás de toda la intriga. Y es el que director maneja a la perfección el suspense y se mueve como pez en el agua en un escenario tan reducido, haciendo que absolutamente todo lo que depende de él funcione francamente bien.

Así llegamos al problema esencial del filme: el guión. La premisa es espléndida y algunos de sus giros argumentales son fantásticos porque sirven a la tensión que crea Collet-Serra. Pero es difícil no notar los grandes agujeros que hay en la trama o la concatenación de sucesos casi imposibles para que funcione el plan maestro que quiere estar detrás de todo lo que acontece. Además, quizá se pueda tener la sensación de que algunos personajes están de relleno (se lleva la palma en este sentido la azafata que interpreta la recientemente oscarizada Lupita Nyong'o, precisamente por ser ahora mismo la actriz más reconocible), aunque no termina de ser del todo cierto, y casi todos acaban jugando el papel necesario, aunque es verdad que la tensión, junto con el carisma de Liam Neeson y Julianne Moore, se llevan por delante todo lo demás. Y viendo los defectos de la trama, que devienen en un final casi imposible de asumir si no fuera porque la tensión es espléndida y casi ni se nota, ese protagonismo es una espléndida noticia para el filme.

La conclusión es sencilla. ¿Entretenida? Muchísimo. Efectivamente, es una película que no se detiene, como adelante su título, que tiene picos de tensión espléndidos, que en ningún momento cae en el aburrimiento y que no hay momentos prescindibles en sus 106 minutos. Pero el análisis en frío es más complejo de superar. No es cuestión de derrumbar la película antes de su visionado, pero un espectador medianamente despierto notará que hay detalles absolutamente imposibles en el desarrollo, sobre todo en su segunda mitad, cuando las pistas se van aclarando algo más. Por eso, y aún disfrutando lo suyo este filme, lo que cabe esperar es que a Collet-Serra le llegue un guión que no se preste a buscarle agujeros, por mucho que también tenga bastantes aciertos (difíciles de detallar sin reventar lo que va sucediendo). Sin identidad y Non-Stop le consolidan como un autor muy a tener en cuenta, capaz de hacer creíble lo que después se asume como increíble. Y ya quisieran otras películas con agujeros ser la mitad de vibrantes que ésta.

viernes, marzo 21, 2014

'El gran hotel Budapest', Wes Anderson en su apogeo

El cine de Wes Anderson tiene unas características tan marcadas que no hay película suya que no sea inmediatamente reconocible. Y viendo una, sea Life Aquatic, Viaje a Darjeeling, Fantástico Mr. Fox o Moonrise Kingdom, se asumen las directrices de su estilo con suma facilidad. Es verdad que eso le lleva a mostrar una forma sumamente original de entender el séptimo arte, pero también que sus películas siempre corren el riesgo de no ser comprendidas por sectores muy grandes del público. Pero es igualmente que El gran hotel Budapest puede ser fácilmente la manifestación de que Anderson ha llegado a su apogeo. Esta puede ser la película más redonda hasta la fecha de su autor, que maneja su habitual e imaginativo teatro de guiñoles, a veces literalmente, para mostrar una rocambolesca historia, en este caso la del conserje del gran hotel Budapest y el chico que acaba de empezar a trabajar como mozo de vestíbulo, en los años 30 y resolviendo un misterio igualmente inverosímil. Y todo tremendamente divertido.

Anderson basa su cine en dos pilares innegociables: un personalísimo estilo visual y unas historias que rozan el surrealismo. Lo primero le lleva en El gran hotel Budapest a rodar buena parte del filme en un formato no panorámico, convirtiéndolo en un cuento antiguo que se narra en el presente, cuyas escenas sí se muestran en un formato más acordes a lo esperado. Y aunque técnicamente sea arriesgado, como también lo es el acelerar algunas escenas sin caer en el ridículo, lo cierto es que esos saltos funcionan francamente bien y cada elección se amolda perfectamente a las extravagancias visuales de lo que propone el cineasta. Lo segundo, el surrealismo de la historia, es definitivamente lo que define su cine. No sólo el suyo, pero en su caso adquiere una personalidad tan clara que no cabe más que reconocer que estamos ante algo no sólo diferente sino notable. Y con mucha más claridad que en anteriores películas de Anderson, que se movían en terrenos más discutibles o menos agradecidos.

La historia de El gran hotel Budapest, de la que casi es mejor no revelar absolutamente nada para no chafar ninguna de las sorpresas que va escondiendo Anderson en el guión, funcionaría probablemente contada de otra forma, pero si crece hasta convertirse en el mejor filme de su director es por las impagables interpretaciones que tiene. Algo tendrá Anderson si tantos actores de tanta categoría quieren trabajar con él, en papeles casi insignificantes en ocasiones. Por supuesto, Ralph Fiennes como protagonista se lleva buena parte de la atención, bordando una faceta cómica que muy pocas veces se aventura a mostrar y que domina con tanta brillantez como los registros más dramáticos, que son los que le trajeron el reconocimiento casi universal. Pero junto a él van desfilando infinidad de rostros conocidos que impiden cualquier posibilidad de aburrimiento. Cada aparición es un destello. Y tratando de desvelar lo menos posible, es imposible no destacar a Willem Dafoe, Jeff Goldblum, Harvey Keitel o Bill Murray.

Quien no conozca el cine de Wes Anderson encontrará en El gran hotel Budapest una espléndida ocasión de zambullirse en su peculiar y original universo, probablemente uno de los más personales del cine contemporáneo. Y quien le conozca, sencillamente gozará incondicionalmente con los 99 minutos de su última propuesta, que está cargada de momentos divertidísimos que definen su sentido del humor como un absurdo continuo (dentro de los muchos gags que hay, es imposible no destacar la escena del gato con Dafoe y Golrdblum como la que definitivamente decanta la película hacia el triunfo absoluto), de un estilo visual llamativo entre lo juguetón y lo imposible, y de tantos buenos actores (puede que alguno hasta pase desapercibido detrás de su caracterización) que no hay aburrimiento posible. Y también, gusten o no gusten sus películas, lo que siempre hay que reconocerle a Anderson: una frescura impagable en el a veces tan impersonal cine que se hace.

miércoles, marzo 19, 2014

'Una vida en tres días', dos actores brillantes en una película rara

Que el cine de Jason Reitman tiende a ser raro, entendiéndose ese adjetivo de múltiples maneras, es algo que ya parecía aceptado, pero Una vida en tres días, que se presenta como su películas más clásica en cuanto a su planteamiento, es, en realidad, la más rara de todas. Por momentos brillante, aunque eso es algo que se puede achacar con facilidad a sus dos magníficos actores protagonistas (Kate Winslet y Josh Brolin), por momento desconcertante. Con una tensión bastante inverosímil, es mucho más una historia de amor que parte de unas premisas bastante difíciles de creer. Por eso, lo que funciona es lo que aportan los intérpretes y no tanto lo que parte de la labor de Reitman como director y guionista, adaptando la novela de Joyce Maynard. No deja de ser curioso que en la película se intuyan rasgos de dos trabajos de Clint Eastwood, Un mundo perfecto y Los puentes de Madison, pero desde luego Retiman se queda muy lejos de la brillantez de aquellas dos.

Y es que Reitman ha ido apagándose poco a poco. Con Juno captó la atención de todo el mundo, Up in the Air mantuvo el reconocimiento mayoritario pero ya sembró las dudas (sin duda, entre quien esto suscribe) y Young Adult fue, literalmente, un fiasco. Es cierto que en todas ellas se mantiene una premisa básica, el espléndido trabajo de los actores. Reitman, por tanto, algo tendrá en ese aspecto de su trabajo, pero tampoco se puede obviar que se rodea de intérpretes de renombre y categoría en cada película que hace. Se hace difícil creer que Una vida en tres días (curioso título en español si tenemos en cuenta que la historia empieza un jueves y acaba el martes siguiente, lo que vienen a ser seis días) tenga el mismo nivel de credibilidad y fluidez de no contar con cabezas de cartel como Winslet y Brolin, dando vida a Adele, una madre separada que vive junto a su hijo Henry, y a Frank Chambers, un preso fugado cuyas vidas se cruzan y cambian para siempre, con interpretaciones sensibles, sutiles, cargadas de matices, que sostienen la película por sí solas.

La premisa es compleja de tratar, eso es evidente, porque es la historia de amor fugaz entre un convicto fugado y la mujer a la que secuestra para esconderse en su casa. Y es que ésto no es un thriller, sino una película romántica. Por eso es complejo asimilar que Reitman apueste por una ambientación de misterio, con una música de Rolfe Kent que no termina de sonar acertada nunca, cuando en realidad no lo hay y lo que complica la película no es la subtrama policial, sino los caminos más inverosímiles de la historia de amor. Y en ese punto, destacando también la buena presencia del joven Gattlin Griffith, hay que volver de nuevo a Winslet y Brolin, que imprimen una enorme intensidad a sus personajes, llevan al terreno de lo creíble lo más inverosímil de la historia, aunque Reitman no controle demasiado bien los tiempos de la película, dé mucha importancia a algunas escenas que se hacen pesadas (la de la tarta de melocotón, por mucha explicación que tenga al final, es cansina) e introduzca algunos personajes casi para justificar que algo esté sucediendo alrededor de la historia central (el policía o la chica que conoce Henry).

Como historia de amor se maneja con cierta soltura, aunque a Reitman se le va el relato en los momentos en que se acuerda de cómo arranca, con la presencia de un criminal fugado que altera la vida de esta familia. Como historia iniciática en la vida y en el amor del joven Henry, también podría haber funcionado, pero tiene muy poco encaje en la parte central de la película lo que hace y lo que le sucede al chico, más allá de la influencia que pueda tener después en las decisiones de su madre. Es ahí, en realidad y una vez asumido que esta pareja de tan dispar origen ha de centrar el relato, donde se localizan casi todos los momentos que llevan a lo más inverosímil del filme. Y aunque los defectos son apreciables, la película alcanza casi las dos horas con bastante facilidad gracias a Winslet y Brolin, bien acompañados además por las fugaces presencias de Tobey Maguire, Clark Gregg y J. K. Simmons. Ellos hacen que la película valga la pena, aunque quede una sensación extraña, más incluso después de su epílogo.

lunes, marzo 17, 2014

'La bella y la bestia', sin un rumbo claro

Si se han tenido noticias previas de lo que se iba a pretender con esta nueva versión de La bella y la bestia, esto es, una versión más oscura, la nada velada evocación a Disney del cartel de la película tiene que ser el primer signo de alerta. Y es que el filme de Christophe Gans sufre de una indefinición que arranca ahí pero que se extiende a todo el producto, en el que faltan explicaciones para casi todo lo que sucede en un guión que está lejos de concretar incontables elementos y en el que los personajes aparecen y desaparecen a conveniencia, entre otros muchos problemas. No deja de ser una lástima que se pierda la oportunidad de hacer algo nuevo, diferente y menos Disney con un cuento tan complejo y atractivo, cuyo potencial apenas se divisa en esta cinta, que sólo destaca por su imaginación visual pero que tiene agujeros en casi todo lo demás. Lo que es indudable es que cuando el espectador tiene tantas razones para cuestionar lo que está viendo, y eso sucede muchísimo en La bella y la bestia, es que el trabajo no se ha hecho bien.

Empieza la cosa mal, porque ese disneyano cartel desvela las imágenes de la bestia y de unas inexplicables criaturas perrunas, cuando la película se pasa escenas enteras tratando de ocultar el aspecto de ambas para preservar la sensación de misterio. Ni siquiera está claro que se quiera tomar distancia con respecto a la inolvidable versión de dibujos animados, porque se opta por un comienzo de cuento similar al de aquella y se intenta convertir de forma parcial a Bella en la Cenicienta de Disney. Tampoco es obvio que quiera ser una versión adulta del cuento, porque de repente se cuelan esos perros que nadie sabe de dónde salen, qué saben hacer (¡hasta muñecas!) o qué pintan en la película. Y lo cierto es que durante toda la película uno no deja de preguntarse por qué pasan las cosas, de dónde salen los elementos mágicos que hay en la historia o para qué hace falta que Bella tenga cinco hermanos o un padre que, en realidad, es el protagonista de la primera media hora de la cinta, en la que Bella apenas participa y habla aún menos, para luego desaparecer.

Sólo se puede entender tanto agujero en La bella y la bestia de dos maneras. O bien es una película muy mal escrita y pensada, o bien le falta cerca de media hora de metraje. Ninguna de las dos explicaciones deja a la película en muy buen lugar, pero quizá, por paradójico que parezca, la segunda sea aún peor. Porque no sería sólo que falten cosas, es que entonces se habrían producido elecciones francamente malas dejando en la película escenas e incluso personajes que no dicen nada en detrimento de explicaciones que, en ausencia, se antojan necesarias. Quizá lo más difícil de digerir sea que el propio personaje de Bella (Léa Seydoux), quede tan desdibujado. Tarda en aparecer en la película y no se llega a entender por qué o cuándo ella y la bestia (un Vincent Cassel transformado casi en un león pero que se antoja poco corpulento) se enamoran. Como tampoco se sabe qué parte tiene en la historia el villano de la función, Perducas (Eduardo Noriega, aparentemente doblado en la versión francesa). Y así, con casi todo.

La película, no obstante, no se hace pesada. Deja la enorme sensación de oportunidad perdida y de exhibir un resultado final algo descuidado (ya sea en el guión o en el montaje), pero la poderosa fuerza visual que tiene el trabajo de Gans basta para pasar las casi dos horas que dura el filme sin sentirse especialmente aburrido. No tiene la brillantez de la versión de Disney ni la magia del insuperable trabajo de Jean Cocteau en 1946, y se queda lejos de ser una interpretación generacional tan definitiva como lo fueron aquellas dos, pero la simple curiosidad basta para seguir adelante con cierto empeño, ver a la bestia en movimiento, admirar los poéticos flashbacks (que se narran, de nuevo, de una forma que no tiene ningún sentido), disfrutar de lo que dan de sí 35 millones de dólares de presupuesto en el apartado visual y disfrutar de los rostros conocidos que desfilan por el filme (Seydoux, correcta; Cassel, adecuado; y Noriega acostumbrándose al papel de villano). Poca cosa para lo que podría haber sido.