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viernes, enero 16, 2015

'Siempre Alice', una magistral Julianne Moore por encima de todo

Cuando se apuesta por un tema complejo y se crea una película en torno a un intérprete, el riesgo calculado es que ese intérprete asuma todos los elogios de la película. Siempre Alice es Julianne Moore, porque la actriz, acostumbrada a mostrar en pantalla lo más imposible de la forma más sutil y hermosa, firma una interpretación magistral que está por encima de todo lo que pueda ofrecer la película. Es más que evidente que el Alzheimer es un tema complejo, delicado y normalmente evitado por el cine, por lo que cuando se trata de una forma tan central en un filme el más beneficiado por esa decisión es su protagonista. Moore aprovecha el caramelo y eclipsa todo lo demás. Siempre Alice es, en ese sentido, una de esas películas necesarias para que la realidad de estos enfermos y sus familias cobre una visibilidad que normalmente se les niega, no ya en el arte sin la sociedad actual. Ese mismo discurso, el de la película de puertas hacia fuera, forma parte de la propia historia del filme, y ese es un acierto ineludible, por mucho que quede algo oculto.

En realidad, la película se queda en esas dos consideraciones. Es necesaria, es sincera y es emocional, pero el filme que dirigen Richard Glatzer y Wash Westmoreland, se queda en un ambiente de telefilme, en un retrato de un espacio de la sociedad moderna poco transitado por el cine, con más ambición de darle presencia pública que de firmar una película diferente. Cumple con lo que propone, pero no hay que esperar mucho más. De hecho, Alice aparece en prácticamente todas las escenas de la película, apostando por el camino más sencillo dentro de este tipo de cine, el de dejar que sea el protagonista principal el que absorba todo el peso de la historia, haciendo que sus aciertos como intérprete parezcan los de la propia película. Eso quizá resta algo de efecto a algunos de los detalles que apenas se pueden ver insinuados en el filme (cómo afecta el Alzheimer a su relación de pareja, cómo lo encaran sus hijos o qué efectos tiene realmente en su vida social). Se menciona pero no se profundiza porque busca ser un retrato personal más que uno social.

Por eso, contar con Julianne Moore es, en ese sentido, el refuerzo más contundente que puede recibir Siempre Alice. Moore lleva ya tantos años elevando el nivel de casi cada película en la que participa que cualquier elogio que se le pueda dedicar está ya entre lo previsible y casi lo rutinario. La enorme cantidad de matices que hay en su interpretación en esta cinta merecen todos y cada de los parabienes que se puedan imaginar sobre ella. Sostiene la película en solitario y hace que todo lo que hay a su alrededor tenga una cohesión que seguramente no procede de la forma en que está finalizada la cinta. Y eso que hay nombres conocidos en el reparto, como Alec Baldwin, Kristen Stewart o Kate Bosworth, pero todo palidece al lado de una Moore soberbia. Como la interpretación de Moore no es egoísta ni exagerada, ni apuesta por los caminos más fáciles y previsibles, todo parece mejor de lo que es realmente, incluso sus compañeros de reparto.

A pesar de tener un pilar tan poderoso como su interpretación principal, a veces es difícil catalogar películas como Siempre Alice con una simple alusión a su calidad como película. Probablemente, con ese baremo, dentro de esas puntuaciones que todos solemos dar a cada filme, no merecería gran cosa que pasara del aprobado. Y no es que sea mala, pero tampoco es brutal. Es sincera, emociona cuando ha de hacerlo, pero al final sorprenden las ausencias, que el clímax emocional de la cinta (el discurso en el que Moore habla de la enfermedad, una escena sinceramente intensa dentro de su sencillez) esté tan lejos del final de la historia y que, en realidad, adolezca de un final. Da la impresión de que muchas cosas se quedan a mitad de camino, inexplicadas o inexploradas, pero no por Moore, que despliega tal cantidad de mecanismos que sólo queda rendirse a su trabajo como una pieza formidable de interpretación que se eleva muy por encima del resultado del continente en que se muestra. Eso suele ser una razón más que suficiente para ver una película, por mucho que el tema sea duro o que la apuesta cinematográfica sea algo más simple.

lunes, diciembre 12, 2011

'Perros de paja', otro correcto e innecesario remake

Siempre que llega un remake digo lo mismo. No estoy en contra de que se hagan, no me parece una muestra de falta de ideas, sino un deseo de recuperar las buenas, actualizarlas, expandirlas, modernizarlas, incluso honrarlas. Eso, por supuesto, en un mundo ideal en el que quienes hacen películas sólo buscan llevar a la pantalla historias de calidad. Ahora toca bajar a la realidad y admitir que es verdad que son muchos los remakes que producen decepción. Perros de paja es uno más en esa lista de innecesarias revisiones. Y es innecesearia porque escoge el camino de la copia y no de la revisión, de la continuidad y no de la originalidad. No es mala película esta nueva aproximación a Perros de paja, no. Es correcta, está bien llevada y, al menos, no ha rebajado el dramático nivel de violencia que tenía el filme original, algo siempre tentador en estos tiempos que vivimos de la corrección extrema. ¿Pero era necesario teniendo ya aquella joya de Sam Peckinpah? No, seguramente no.

El primer problema al que tiene que hacer frente el remake de Perros de paja es que el filme original de Peckimpah, como casi todos los de este realizador, son hijos de su tiempo. La descarnada violencia que impregnaba la película de 1971, en absoluto carente de ambigüedad y dobles lecturas, aquella que impregnó tantas y tan míticas películas de comienzos de los años 70 era un grito de libertad cinemotográfica cuando fue concebido. ¿Hoy? El nivel de violencia de la historia ya no nos es ajeno, al contrario, las artes visuales se han contagiado de esta vertiente y lo que muestra Perros de paja no asombra de la misma manera. Entonces se hablaba de lo necesario o superfluo que era ver violencia en el cine. Hoy, al hablar de Perros de paja, ese ya no es el debate y no lo va a ser. Al menos, como decía, este remake mantiene el nivel del orginal en este sentido. No hay rebajas en las escenas más duras de la película, si acaso algo más gráfico que lo visto en la aproximación de Peckinpah en la resolución de la historia, pero más o menos lo mismo.

Los cambios que acomete Rod Lurie, guionista y director del remake, no son sustanciales. Son pequeños detalles que actualizan la historia y la acercan al público moderno y americano, pero nada más. El protagonista ya no es un matemático, sino un guionista. Los hechos no tienen lugar en un pueblo inglés, sino en uno norteamericano, de Mississippi. Toques muy menores que no justifican en absoluto una nueva aproximación a la historia. En el tono, hay una levemente mayor condescencia con respecto a la violencia que la que mostró la película de Peckinpah, pero tampoco es tan destacable. Perros de paja, la de 1971, hablaba de los límites que tiene que soportar una persona antes de estallar, hablaba de cuánto dolor se puede aguantar sin responder, de si los principios son válidos en situaciones en las que salvaguardar la propia integridad física merecería apostar por una salida que algunos tacharían de cobarde. Todo eso sigue aquí. Pero ya lo hemos visto antes.

Lo que no logra Lurie es mostrar la debilidad del protagonista de la que se pueden aprovechar los matones del pueblo en la violenta vorágine cuyos hechos se precipitan en el cuarto final de la película. Dustin Hoffman era el actor ideal para representarlo, James Mardsen no. Y no porque lo haga mal, al contrario, tiene cierto carisma y encaja bien con Kate Bosworth. Pero aunque se le intente mostrar mucho más bajo que su antagonista, un mucho más convincente Alexander Skarsgard, no termina de llenar las necesidades del personaje. En realidad, lo mejor de la película lo aporta en sus primeras escenas, más que en las últimas, el desatado personaje de James Woods o el más que interesante Dominic Purcell. Las actuaciones, de hecho, se convierten en el mayor aliciente de la película, toda vez que el objetivo es ir calcando todo lo que sucedía en el original: la casa a reparar, el desnudo en el baño, el gato, el disparo en el pie, la trampa para osos... Todo estaba ya en aquella Perros de paja que hoy muchos, sobre todo los que limitan el repaso al cine a lo que se encuentran en la cartelera cada semana, por desgracia ni siquiera conocerán.

La ambigüedad que podía flotar sobre la obra de Peckinpah (y sobre todo de los sentimientos del personaje femenino principal), aquí se convierte en un simbolismo que, en todo caso, parece demasiado sencillo y algo reiterativo. Se siente el ambiente opresivo de un pequeño pueblo sureño, como en el original era de la Inglaterra más rural, con el que se recibe a una pareja, en la que ella ha crecido allí y él es un completo extraño que intenta adaptarse pero no termina de entender las costumbres del lugar. Todo eso sí lo capta Lurie. Pero la película no adopta nunca un tono independiente y propio, es deudora en casi todo, esencialmente en todo lo bueno, del título de 1971. Incluso el cartel de la película es prácticamente idéntico. Quien vea este Perros de paja no se va a encontrar, en absoluto, con una mala película. Pero tendemos a olvidar el original cuando un remake llega hasta nosotros y, para qué engañarnos, la cinta de Peckinpah es mucho más en todos los aspectos, y sobre todo por el momento histórico en que llegó a los cines.