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viernes, enero 30, 2015

'Annie', si existieran las películas innecesarias...

Hay un adjetivo bastante inaplicable a las películas pero que se utiliza mucho, que es el de "innecesaria", sobre todo cuando sirve para calificar remakes y nuevas versiones. Las películas pueden ser necesarias por su audacia, por su temática, por sus reivindicaciones. ¿Pero innecesarias? Difícil de ver. En todo caso, si se pudiera aplicar ese adjetivo de verdad, esta nueva versión de Annie lo merecería. No es que sea una mala película, es difícil pensar que se ha pasado un mal rato si se acepta su tono sobradamente conocido de musical y si se aborda con un espíritu libre y nada decidido a despedazar la película, pero es un filme que obliga necesariamente al espectador a pensar en versiones anteriores, teatrales si las ha visto y cinematográficas, las de John Huston de 1982 y la de Rob Marshall de 1999. Y es que al final queda la sensación de que la única razón para hacer esta película ha sido la de esa corrección política tan extendida en Hollywood de dar el protagonismo a actores de raza negra en historias que siempre han protagonizado actores blancos. ¿Eso es necesario? No, probablemente no.

En realidad, no hay mucho que reprocharle a Annie porque para bien o para mal es exactamente lo que quiere ser, una actualización de un musical que originalmente acontecía en los años 30 del siglo XX, con un cambio de raza de los protagonistas, buen rollo reinante a lo largo de todo el metraje y el final fácil y feliz que todo el mundo espera, con mínimo riesgo y probablemente con mucha más diversión en el plató que en el patio de butacas. Con todo, y a pesar de las ganas de crear un Annie en un mundo lleno de tecnología, la actualización que más chirría es la musical, con unas versiones de las populares canciones de la obra de Broadway que no terminan de encandilar como debieran y que encuentran escenarios un tanto restringidos (hasta el interior de un helicóptero) como para que brillen por sí solos. Y eso que la película arranca con la simpatía de convertir su entorno urbano neoyorquino en parte integral de la música, pero poco a poco va adoptando un tono no demasiado acertado.

Tampoco ayuda demasiado el reparto. Efectivamente, los actores se lo han debido de pasar genial durante el rodaje. Annie es una de esas películas light en todo y bonitas en su corazón que, con el añadido del musical, se llevan francamente bien desde el set de rodaje, o al menos así lo parece. Pero a este lado de la pantalla todo es menos bonito. Quizá el gran problema es que Quvenzhané Wallis, la alabadísima (quizá en exceso) actriz juvenil de Bestias del sur salvaje, no parece la adecuada para llevar adelante la película. Sí, es una niña adorable, pero no termina de hacer suyo el personaje de Annie. Jamie Foxx tampoco termina de contribuir demasiado, y Cameron Díaz lleva demasiado tiempo en una fase histriónica, exagerada y a ratos insoportable que hace de ella, literalmente, lo peor de Annie. Eso deja todo lo bueno del reparto en manos de Rose Byrne, una actriz que por desgracia pasa demasiado desapercibida para lo elegante, divertida y eficaz que suele ser siempre. Su personaje es, de largo, el más auténtico de toda la película.

Annie probablemente no defraudará a quienes busquen un musical con el que, simplemente, puedan pasar un rato agradable, pero hasta ahí llega el alcance de la película. No es la mejor versión posible, no acierta con las modificaciones que introduce (y no necesariamente por trasladar la acción hasta nuestros días), no resulta creíble prácticamente en ningún momento y lo mejor, de largo, son las bromas internas que disemina por la película, pasando por un par de cameos apreciables (uno de ellos se prolonga hasta un chiste al final de los títulos de crédito que tampoco va a cambiar la vida de nadie) y unos cuantos chistes en los que Hollywood es protagonista (y sí, George Clooney es mencionado en uno). Cine familiar sin demasiadas pretensiones, con pocos aciertos y una duración excesiva (ronda las dos horas) para lo poco que realmente está contando y las escasas sorpresas agradables que contiene el filme.

lunes, enero 28, 2013

'Bestias del sur salvaje', imaginativa fábula con grandes momentos de cine

Bestias del sur salvaje es una fábula realizada con mucha imaginación. Puede que sea justo eso lo que hace que la película se vea con mucha comodidad, que esa imaginación es una baza jugada con astucia y esconde algunos de los defectos que tiene. Y es que, en el fondo, es un relato muy sencillo que se convierte en una película atractiva con la sabia construcción de escenarios del debutante Benh Zeitlin y con el carisma de un reparto encabezado por la pequeña Quvenzhané Wallis. Que llegue a España después de su sorprendente presencia en las nominaciones a los Oscars es un arma de doble filo. Por un lado, atraerá público interesado en ver qué tiene que ofrecer la película que ha llamado la atención de los académicos. Por otro, puede generar expectativas demasiado altas en una película que tampoco tiene muchas pretensiones más allá de ser lo que es, una fábula pequeña y simpática que contiene grandes dosis de cine en algunos momentos.

Aún a fuerza de ser repetitivo con el término, hay que insistir en que se trata de una fábula. Emplear un solo minuto en buscar verosimilitud en el planteamiento inicial de Bestias del sur salvaje es perder el tiempo. La Bañera es una inusual comunidad en una zona pantanosa de Louisiana separada del resto del mundo por una presa. Pero los raros no son sus habitantes, son los que viven al otro lado. En dicha comunidad se encuentra Hushpuppy, una chiquilla de raza negra de cinco años, junto a su padre, Wrink. A partir de esa premisa, la película se centra en mostrar el modo de vida de las personas que ocupan esa comunidad, en contar la relación de la niña con su padre (y con su madre, quizá uno de los puntos dramáticos más intensos y poderosos del filme aunque no esté presente durante muchos minutos) y en los efectos de una tormenta que amenaza con anegar la zona y obligar a Hushpuppy, su padre y sus vecinos a tener que dejar la tierra que habitan y buscar un nuevo lugar en el que desarrollar su vida.

La película cuenta con un indiscutible eje central, la jovencísima Quvenzhané Wallis, protagonista y narradora. Es evidente que hay algo magnético en la interpretación de Wallis. De otro modo, es imposible que alguien de tan corta edad sustente un filme de esta forma. Sin embargo, que buena parte de su historia se geste en la narración de off le quita presencia y le añade trabajo de montaje al buen resultado final. No se entienda esto como una crítica al esforzado trabajo de la más joven intérprete en ser nominada a un Oscar, sino como la constatación de un hecho. Es más, su trabajo crece precisamente cuando la narración hablada es menos intensa, en el último tercio de la película. Dwight Henry, también sin experiencia en el mundo de la interpretación, ofrece un sólido contrapunto interpretando a su padre. Algunas de las mejores escenas de la película son las que comparten ambos.

Para construir este cuento moderno, Zeitlin usa las dosis adecuadas de fantasía, que llegan a sorprender bastante cuando llegan con los momentos más realistas y dramáticos del relato y que ofrecen, hacia el final, la escena más inolvidable, que, en el fondo, da sentido al título y al mensaje del filme. A cambio, el director se excede en el uso de la cámara en mano en docenas de planos que no lo necesitan, una costumbre que roza lo molesto y en la que caen casi todos los directores contemporáneos. Su triunfo, en todo caso, está en la ambientación (cuánto ayuda en esa labor la alegre música compuesta por el propio Zeitlin y Dan Romer). Y es que todo lo que aparece en pantalla adquiere una onírica sensación de verosimilitud, y eso tiene mérito mezclando sensaciones tan diferentes como las que ofrecen los distintos segmentos del filme, desde la rebelión de la hija contra su padre a su atento aprendizaje para sobrevivir si él no está, pasando por la búsqueda de su madre o las metáforas entre la historia de Hushpuppy y las imágenes de la naturaleza.

Bestias del sur salvaje es una pequeña rareza que ha caído en gracia. Su sencillez e imaginación hacen que se pase por alto algún que otro defecto en una narración no siempre bien cohesionada y en la que los personajes secundarios apenas tienen importancia más que para completar el fresco que pinta Zeitlin. Quvenzhané Wallis ya ha sido encumbrada, quizá con un exceso de cariño procedente de la ternura que despierta ver a una niña (tenía seis años durante la filmación de la película) haciendo el trabajo con la misma solvencia que cualquier adulto. En ella y en la puesta en escena de Zeitlin están las mejores bazas de un filme a ratos sorprendente, a ratos desconcertante, pero que deja buen poso al acabar. No es cuestión de valorar si son muchas o son pocas las nominaciones que ha recibido porque los premios, ya se sabe, son siempre subjetivos y muchas veces injustos. Pero sí es una sorpresa que una película como ésta haya llegado tan lejos. En el fondo es algo a celebrar, porque fomenta la diversidad en el cine.