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viernes, mayo 15, 2015

'Mad Max. Furia en la carretera', un espectáculo pensado para apabullar

No hay más forma de analizar Max Max. Furia en la carretera, esta especie de secuela, remake o reboot de aquella pequeña película de 1979 con Mel Gibson como protagonista y que acabó convirtiéndose en una leyenda, que como un espectáculo pensado para apabullar. Son dos horas frenéticas, salvajes, extremas y sin límites, en las que explotan mil cosas, se viven las persecuciones más brutales, desfilan por la pantalla los personajes más extravagantes y se vive una auténtica experiencia a nivel visual y sonoro que, sí, apabulla. George Miller retoma su propio universo para transportarlo no ya al presente sino al futuro, y lo que en 1979 era de una manera ahora ha pasado por un filtro de auténtica locura para recargarlo de adrenalina, jugando con el aspecto visual para hacer por la saga lo que 300 hizo por el cine de acción en general y dando una velocidad a veces artificial que le aleja de los espartanos de Frank Miller que Zack Snyder llevó al cine. Apabulla, sin duda, y eso es lo mejor y lo peor de este descomunal y grandilocuente blockbuster.

Lo peor, empezando por lo negativo, porque de apabullar a aturdir hay sólo un paso. Incluso logrando lo primero, hay momento en que lo segundo es algo inevitable, y eso es algo que se palpa con claridad cuando hay un primer respiro, un fundido a negro, que llega tras media hora frenética. Como el objetivo es ese, es evidente que no hay que buscar historia en la película. No la hay, y de hecho detenerse en ella invita a pensar en su resolución como algo francamente decepcionante. Incluso da toda la impresión de que Max, ese personaje que ahora recae en Tom Hardy, no es ni de lejos el protagonista de este filme, que apuesta por un retrato más coral pero en el que es imposible no rendirse ante las inagotables cualidades de Charlize Theron, siempre convincente, incluso en este descomunal tour de force al que se ven sometidos todos los actores que desfilan por la pantalla y en el que ella sobresale precisamente porque la película, de alguna manera, quiere primar el lado más femenino en un mundo tan lleno de suciedad y testosterona.

Pero es lo mejor porque resulta casi imposible resumir los inmensos aciertos que hay en la película. Habría que empezar alabando su valentía por ser un producto terriblemente atípico, mucho más con la firma de un gran estudio, en este caso Warner. Es una película diferente, única, un clímax constante, imparable y contundente, una obra de precisión que hace que todos los trucajes visuales sirvan a lo que se quiere mostrar. Cada vehículo, sean motos, coches o camiones, tiene un papel en la película y la nómina de especialistas se ha ganado con creces el sueldo que hayan cobrado porque hay una brutal verosimilitud en cada alocada maniobra que ejecutan ante la cámara de Miller. Apabulla, de nuevo esa es la referencia, pensar en cuántas horas se habrán dedicado a planificar unas coreografías tan magníficamente ejecutadas y no sorprende que la película se rodara en 2012 y desde entonces haya vivido su fase de prosproducción, de montaje y de rodaje de nuevas tomas, porque es inabarcable todo lo que hay en pantalla.

Hay tanto que enseñar, que en realidad hay poco que contar. La película no es más que una persecución de ida y una de vuelta, interrumpidas por breves interludios con los que se quieren presentar a los personajes (en el caso de Max, de una forma muy efectista y algo floja), e incluso llega a dar la impresión de que las frases de más cuatro palabras están proscritas en el guión. Es, como ha venido a decir el propio Miller, un enorme McGuffin, porque lo que de verdad le interesa es llevar a la pantalla un lenguaje cinematográfico de acción sencillamente brutal. Y eso, lo borda. Mad Max. Furia en la carretera no tiene frenos ni límites, es una auténtica salvajada de principio a fin pero que está ejecutada con un mimo y una maestría excepcionales. Es que hasta las bizarradas más intensas, como esa indescriptible inclusión en el escenario de la película de la también apabullante música de Junkie XL, acaban siendo sencillamente perfectas. Si se sobrevive a la agitación de la butaca y a que los tímpanos sufran, claro. Aceptando eso, intachable.

'La profesora de historia', espléndida lección de esperanza

A veces uno tiene la impresión de que las películas esperanzadoras no están de moda. Que vende más lo morboso, lo truculento, lo insano , lo que explora terrenos humanos más desagradables, sea el género que sea. Y cuando uno ve una película como La profesora de historia (que no es la traducción que necesita Les Héritiers) se da cuenta de que esa sensación es absurda, porque películas así no pueden pasar de moda nunca. Puede que no tenga un público claro, que esté lejos de lo que demanda ahora mismo el mercado, pero su hermosa mezcla de cine, historia y análisis social hace de ella una de esas películas necesarias, una de esas que provocan sensaciones, que mueven y conmueven a un lado y a otro de la pantalla. Y no pasa nada por tener la certeza de saber qué va a pasar, porque es una película de esas que buscan buen rollo, porque Marie-Castille Mention-Schaar compone una película hermosa y sutil, que no cae presa de su manido tema de fondo (el holocausto judío) y se convierte en un formidable pedazo de realidad.

La tarea que aborda no es sencilla, porque de alguna manera las comparaciones con la formidable Hoy empieza todo de Bertrand Tavernier se podrían dejar sentir desde que se entiende la película como una mirada al sistema educativo francés, aunque su prisma sea completamente diferente. Porque La profesora de historia es, por encima de todo, una historia esperanzadora. Primero pone la piel de gallina viendo la realidad educativa, cómo afrontan algunos chavales oportunidades de tener una formación, el poco respeto por la autoridad del profesor o el nulo interés por salir de la mediocridad. Eso es la primera media hora de la película, un retrato tan preciso como terrible, duro pero desgraciadamente realista y verosímil. Y a partir de ahí Mention-Schaar, coautora del guión junto a uno de los jóvenes protagonistas, Ahmed Dramé, hace evolucionar el filme de la misma forma que evolucionan los chavales que forman la clase de esa profesora que da título en España a la película.

¿Previsible? Puede ser. Pero grandiosa en tantos aspectos que eso acaba dando igual. No hay que olvidar que es una película sobre una profesora y una clase, sobre un proyecto relacionado con el genocidio judío por parte de los nazis, y eso lleva el filme a terrenos ya conocidos, fácilmente lacrimógenos. Pero la película no es sensacionalista, sino realista. El holocausto es la forma en la que se traza un retrato excepcional de una veintena de chavales. Si ya es difícil sacar adelante una película coral, acertar en el retrato de cada uno de los alumnos con tanta brillantez es digno de elogio. Porque son ellos los protagonistas de la película. No es la profesora, aunque el trabajo de Ariana Ascaride sea tan soberbia como la forma en que esa mujer está escrita en el guión, no es el holocausto o la memoria. Son estos chicos, son ellos quienes dan forma a una preciosa loa sobre la necesidad de la educación para que cualquiera, en cualquier momento, pueda abrir los ojos al mundo.

Ese es el valor de La profesora de historia, haber sabido conjugar un cine de buen rollo, que no deja de ser en ningún momento una vez que abandona su primer acto, con el documento social de categoría. Hay tantos gestos, tantos detalles, tantas miradas y tantos diálogos que merecen la pena en la película que sólo queda admirar la mezcla que ha hecho su directora. Tiene una enorme dificultad hablar en apenas 105 minutos y con tanta precisión de historia, de educación, de racismo, de violencia y de tantos otros temas que se van deslizando en la película, que cualquier elogio se queda corto. Pero quizá lo que hace de La profesora de historia una película única esté en la forma en la que termina, con una escena que lleva de nuevo al comienzo del maravilloso ciclo de la enseñanza. La película muestra los resultados de hacer bien un trabajo, esa es su principal lección, ese es su mensaje de esperanza. Uno de ellos, en realidad, porque bajo la epidermis histórica y social del filme hay muchos elementos que conmueven. Por eso es una pequeña gran joya.