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lunes, noviembre 12, 2012

'Dracula 3D', Dario Argento fuera de su tiempo

Hay una asociación directa entre el nombre de Dario Argento y el género de terror. Tuvo su momento hace ya algunas décadas, y aquellas películas le granjearon unos aficionados fieles y esa asociación entre la marca que representaba como director y el género que le hizo popular. Pero el terror ha cambiado. El cine ha cambiado. Y Dario Argento no. Su Dracula 3D es una película que, hecha hace tres décadas, habría tenido sus fieles. Hoy es difícil que los tenga, aunque quizá acabe convertida en una película de culto precisamente por esas características. Quién sabe. Al margen del atractivo que puedan encontrar los aficionados fieles en esta versión (ni siquiera adaptación) de Dracula, lo que parece lejos de toda duda es que es una película inverosímil, de escasa aportación a los mitos vampíricos más allá de lo típico o lo directamente rocambolesco, de dudoso acabado técnico y en la que no parecen haber creído ni los actores, torpes todos ellos en sus actuaciones.

Dracula 3D no es una versión del Dracula de Bram Stoker. Es más una teatralización que prescinde por completo de Londres (como el remake de Total Recall prescindió de Marte, aunque aquí la razón parece solo presupuestaria) y que reubica algunos elementos de la novela original a gusto de Dario Argento. No hay demasiado en este Dracula que merezca forma parte de los mitos y características definitorios del vampirismo cinematográfico. La mayoría de los aspectos que definen al ser sobrenatural de Dario Argento son conocidos, imposibles (¿esas apariciones de la nada significan que Dracula es invisible?), absurdos (no creo que nadie se pueda imaginar en qué criatura se transforma Dracula antes de que, al final de esa escena, uno de los actores pregunte, sin duda con tono autoparódico, "¿qué es lo que he visto?") o tergiversados (eso, o hay mala puntería queriendo clavar estacas en el corazón, además siempre sin martillo).

Lo que más sorprende en esta versión de Dracula es la torpe simpleza con la que parece esta rodada. Y digo que sorprende porque parece intencionada. O eso o es un patinazo de proporciones épicas. Cierto es que Dario Argento no es precisamente un director de blockbusters, pero todo, desde el 3D (que se basa en efectos visuales de lo más simples, que recuerdan a los tiempos en los que aún no existían los gráficos por ordenador) hasta los movimientos en escena de cámara y actores, pasando por la selección de escenarios o los diálogos (de un guión en el que figuran como algunos de sus autores el propio Argento o Enrique Cerezo, productor a la vez de la película y presidente del Atlético de Madrid), se distingue precisamente por no ser lo que uno espera en una película del año 2012. Por eso da siempre la impresión, ya desde unos títulos de créditos con letras rojas y fondo negro con música rimbombante (ni siquiera en la música hay una atmósfera de terror apreciable), de que Argento está fuera de su tiempo o profundamente equivocado. O ambas.

Eso lo corroboran los actores, que entran y salen en la película sin tener fe en sus personajes, que protagonizan escenas de muerte generalmente infames y que hacen bien poco con sus imposibles diálogos. Es difícil creerse a Unax Ugalde como Harker, decepciona rotundamente Rutger Hauer como Van Helsing (y eso que no es una mala elección de casting) y la presencia de tres bellezas como Marta Gastini (Mina), Asia Argento (Lucy) y Miriam Giovanelli (Tania) es previsible y fácilmente argumentable en una película de terror que siempre apuesta como baza por el desnudo femenino y los prominentes escotes. Thomas Kretschmann (el capitán del barco del King Kong de Peter Jackson) evidencia a qué aspira este Dracula. Muy lejos de la elegancia de Peter Cushing, del carisma de Gary Oldman, del sincero terror que despierta Bela Lugosi o incluso del misterio de Frank Langella, Kretschmann es simplemente furia desatada en las escenas más sangrientas y movimientos espasmódicos a la hora de actuar como vampiro. Muy flojo.

Hay evidentes signos de que, para bien o para mal, esta es una película de Dario Argento, desde el gore más característico a los desnudos más injustificables. Y eso, indudablemente, forma parte del cine de su director, por lo que, en ese sentido, este Dracula 3D no engaña a nadie. Desde luego, no es una película que vaya a convencer a nadie por ese 3D que se ha colado en el título, ni por sus nada logrados efectos especiales, ni por sus en ocasiones hasta risibles interpretaciones, ni mucho menos por un guión pobre, forzado y extremadamente largo (la película se acerca a las dos horas sin tener demasiado que contar e introduciendo personajes que tampoco tienen mucho sentido). ¿Qué puede llevar a ver esta película? Ser fan de Dario Argento, porque desde esa posición es posible que sí se disfrute, aunque me da que incluso la mayoría de sus seguidores la acabarán juzgando severamente. O verla como la autoparodia que corre el riesgo de ser a todos los efectos si no gusta ni a los aficionados del director.

viernes, octubre 05, 2012

'Baztan', un puzzle llamativo

Más que una película, en el sentido más tradicional que podamos darle al término, Baztan es un puzzle. Son dos películas en una, sin que en realidad ninguna de las dos lleguen a completarse. Iñaki Elizalde, director y coguionista, ofrece partes de ambas, a veces con una clara conexión entre unas y otras, a veces de forma tan aislada que no es fácil encontrar una justificación en la historia que quiere mostrar. Y llama la atención precisamente por eso, porque no es un filme fácil de ver (ya desde su propia concepción, rodada alternando el euskera y el español) ni tampoco de asimilar, a pesar de la universalidad de su planteamiento. Hay en su historias elementos que merecen ser contados, pero a los que les falta alguna explicación que sitúe a los espectadores más desinformados. Y hay una espléndida ambientación en toda la película, especialmente en la mitad que se sitúa en el siglo XVII. Despierta simpatía ver a actores como Carmelo Gómez haciendo de sí mismos, pero falta una conexión más allá de la emotividad. Baztan es llamativa, desde luego que lo es.

Empecemos por contar de qué va la película, porque Baztan se juega la arriesgada carta de dejar en la confusión a quienes entren en una sala a ver la película sin demasiada información. Baztan habla de la situación de los agotes en el valle navarro del mismo nombre. ¿Qué son los agotes? Lo cierto es que la película evita dar una respuesta directa y juego con ello, quedando esta definición como telón de fondo, como excusa argumental para plantear uno de los temas más clásicos de la narración universal, la discriminación de una minoría a manos de una mayoría. Quizá, para conseguir la empatía del espectador ignorante de esta historia, hubiera sido conveniente contar algo más de lo que ofrece la película, pero la opción de Elizalde, debutante en el mundo del largometraje, es ésta. Funciona en el misterio inicial, pero pasan los minutos y disgusta la ausencia de justificaciones, siendo como pretende ser Baztan un fresco de una situación tan concreta.

Baztan ofrece dos narraciones paralelas. Una, en la actualidad. Otra, en el siglo XVII. En un bonito ejercicio de metaficción que acaba por resultar muy simpático (parcialmente sobre la base de la existencia de otra película anterior, Vacas, de Julio Médem), Elizalde opta por mezclar ambas dando a los actores una doble participación. Da importancia a los vecinos reales del valle, pero no siempre termina de encontrar un enganche emocional que justifique la relación entre esa narración contemporánea y la pasada. Cuando la acción se traslada por primera vez al siglo XVII, da la impresión de que la película crece. La ambientación es extraordinaria, el pulso de Elizalde para rodar las escenas más espectaculares de la cinta es notable ¿Cómo habría sido Baztan de ser una película de época? Le faltaría el homenaje consciente que la misma película quiere hacer a la realidad, pero probablemente estaría más cerca de asegurarse una recepción más cálida entre la audiencia.

Lo cierto es que Batzan sortea muchas trampas y limitaciones autoimpuestas (el arte no deja de ser una elección del artista), y eso, al final, hace que el juicio tenga que ser positivo. Acaba el filme y, aunque el conjunto pueda dejar cierta perplejidad en un primer análisis, se pueden recordar bastantes elementos satisfactorios. Hay escenas que emocionan (la del bautizo), hay momentos que impactan (el interrogatorio del agote interpretado por Unax Ugalde a manos del personaje al que da vida Carmelo Gómez), hay instantes que enriquecen al cinéfilo (la conversación real en la que Gómez y otros actores recuerdan el rodaje de Vacas). También es verdad que hay otros que desconciertan y que no son nada fáciles de ubicar en el desarrollo de una historia fluida (la explicación escolar sobre las lamias, la escena de la discoteca), pero no dejan de profundizar en un cierto tono experimental que la película adopta no como defecto sino por decisión propia, y que encuentra una fuerza notable en el trabajo del reparto (aunque en ese sentido pesa en su contra la bonita pero descarada presencia de actores no profesionales).

Baztan es lo que es, y lo que más en su contra puede jugar es que el espectador se siente a verla sin tener una idea sobre ella. Baztan es una película que quiere mostrar más que contar un episodio de la historia del valle. Es un filme rodado en euskera con toques de español, lo que obliga a la lectura de subtítulos durante buena parte de su metraje (ese esfuerzo que tan costoso le resulta al común de los espectadores). Es, en sí mismo, un homenaje a una cultura y a unas tradiciones, a pequeñas historias cotidianas y a gentes anónimas, a pesar de tener el envoltorio de un argumento universal y extrapolable a tantas situaciones. Es un puzzle, del que Elizalde ni siquiera se acerca, insisto, por elección propia, a ofrecer todas las piezas que permitan su comprensión completa. Pero es, también, un relato visualmente hermoso y narrativamente llamativo, que cumple con creces con lo que quiere ser.