sábado, marzo 07, 2009

'Watchmen': haciendo posible lo imposible

Adaptar Watchmen al cine es imposible. Pero se ha hecho. ¿Eso es bueno, es malo o es irrelevante? Hay una línea muy fina entre el valor y la locura, pero partiendo de esa premisa de imposibilidad creo que el proyecto que encabeza Zack Snyder, con sus aciertos y sus errores, es un acto valiente y digno de elogiar. Watchmen, la película, es un muy digo entretenimiento, un filme bien hecho (más sencillo y logrado en sus efectos que otros títulos que quieren ser más revolucionarios), correctamente desarrollado y abierto tanto a aficionados de la novela gráfica como a desconocedores absolutos del mundo que crearon allá en los años 80 Alan Moore y Dave Gibbons. En todo caso, la película requiere dos análisis totalmente independientes, uno como película en sí misma y otro como adaptación de esta biblia del cómic. En el primero, el Watchmen de Snyder sale muy bien parado porque, con toda la dificultad que tenía la tarea, funciona; en el segundo queda algo peor, a pesar de que en muchas escenas se opta por la fidelidad más directa a las viñetas y por la gran cantidad de homenajes al cine fantástico (el dormitorio a lo 2001 o la sutil referencia a 300, la anterior película de Snyder) y al cómic (se ven portadas de Batman de fondo).

Hay coincidencia general en que lo mejor de la película está en los títulos de crédito iniciales y tengo que estar de acuerdo. El hermoso, nostálgico y positivamente anacrónico relato que se nos hace en apenas tres minutos (bajo los acordes del The times they are a-changin' de Bob Dylan) es un perfecto resumen del mundo en el que se mueve esta historia: en unos años 80 alternativos, en los que Estados Unidos ha vencido en Vietnam, Nixon ha cambiado la Constitución para poder presentarse a su quinta relección y la guerra fría amenaza con dar paso a un holocausto nuclear entre los americanos y los soviéticos, un mundo en el que héroes disfrazados tuvieron un papel muy importante y hoy son proscritos de la ley. Y si esos tres minutos no bastan para ubicar al espectador, la presencia de las Torres Gemelas en el fondo de este Nueva York ficticio colocarán al espectador donde debe estar para apreciar lo que está viendo. A partir de ahí, la película (que dura 160 minutos) afronta algunos altibajos pero se mantiene con firmeza, sobre todo en su segunda mitad.

Los altibajos tienen que ver con el segundo análisis, el que se tiene que hacer en relación con el cómic original. Watchmen, la novela gráfica, fue una ruptura temática y de desarrollo de personajes con respecto al cómic hecho anteriormente, pero también (y quizá sobre todo) en su narrativa. Snyder intenta copiar esa sensación y queda un cierto poso de fracaso. Cine y cómic son medios muy distintos y el efecto prodigioso de las viñetas, de los planos contrapuestos, de las secuencias paralelas (la mejor, la más emocionante, la más completa y compleja que tiene el cómic está en el capítulo 11 y en la película no aparece), de las simbologías que tenía la novela gráfica se difumina en la película. Watchmen cambió para siempre el cómic, pero la película no puede tener (y afortunadamente no tiene) las mismas pretensiones. Valorarla así sería injusto porque sí es un sincero intento de adaptar un gran cómic. Y ahí sí triunfa. El cine no está en el mismo punto en que estaba el cómic a mediados de los años 80. No hay nada rupturista en la película, como sí lo había en el cómic. Ni la violencia, ni el sexo, ni la psicología del superhéroe son ya novedades.

A pesar de ser una película larga, hay mucho material que se ha quedado en la sala de montaje. El recorte de metraje (Snyder ya ha anunciado dos versiones más largas de la película que verán la luz en DVD; falta la historia de piratas y su vinculación con la historia del mundo real, pero también otros muchos detalles, como algún importante flashback con el Comediante o la historia del psicólogo de la prisión) no favorece nada el desarrollo de los plantemientos temáticos y de personajes más característicos del cómic. Quizá sólo le pase a quienes conocen el cómic, pero se nota que faltan cosas, faltan más explicaciones sobre qué mueve al Doctor Manhattan, a Ozimandias o a Rorschach. Muchas más. No se entiende en la película la motivación que ofrece en el cómic la historia de Alejandro Magno. Tampoco por qué el Doctor Manhattan vacila en la importancia que tiene la vida humana. Esas explicaciones y el mundo realista en el que se movían los personajes es parte de la grandeza de Watchmen y en la película no aparece. Le falta espíritu en momentos clave, como la escena que se desarrolla en Marte o los flashbacks relacionados con Espectro de Seda (el principal personaje femenino, interpretada por Malin Ackerman).

Quizá Snyder peque de un exceso de celo a la hora de trasladar el cómic a la pantalla y eso haga aún más inabarcable y compleja la tarea de hacer esta película. Quizá Watchmen necesita algo más de adaptación y menos de traslación directa a la pantalla. Los dos grandes cambios que realiza, además, funcionan de forma desigual. La sutileza que preside cada aparición en el cómic de Nixon se pierde por completo en la película, que prefiere mostrar una caricatura del presidente norteamericano (un signo más del exceso visual que se puede ver en el uso de la violencia, muy explícita y muy abundante; como en el cómic, sí, pero con 20 años de pérdida de autocensuras y barreras). El otro gran cambio, el más polémico, ha sido el final de la historia. No voy a revelar nada, pero el de la película parece funcionar a primera vista pero se hace más difícil que resista un segundo análisis. Eso sí, no me cabe duda de que el del cómic hubiera provocado carcajadas en el público actual (que, de hecho, no omite unas sorprendentes risas en algunas de las escenas más tensas y dramáticas de la película).

Hay dos personajes que destacan por encima del resto: Rorschach (un inquietante Jackie Earle Haley) y el Comediante (un preciso Jeffrey Dean Morgan). Los dos son los mejores ejemplos de fidelidad al espíritu y a la imagen del cómic, son quienes mejor llevan a la pantalla la polémica ideológica que plasmaba el cómic y son, sobre todo el primero, los motores de la historia. Búho Nocturno (muy acertado Patrick Wilson) encaja a la perfección como el vínculo más humano en este mundo irreal y a ratos también lo consiguen las dos mujeres, madre e hija, que visten el traje de Espectro de Seda (Carlo Gugino, a la que le falta en la película, la mejor escena de su personaje en el cómic, y la mencionada Akerman). Para mí lo más flojo del grupo de personajes centrales hay que buscarlo en el Doctor Manhattan (interpretado por Billy Crudup), cuya imponente presencia visual oculta lo mucho que le falta de desarrollo, y en Ozimandias (Matthew Goode), homosexualizado en exceso ya desde los títulos de crédito y más previsible de lo que hubiera sido deseable.

Watchmen triunfa como auténtico cine espectáculo y de entretenimiento (magnífica la secuencia de la prisión, en su ejecución y en su coreografía), triunfa como cine de superhéroes asequible a todo tipo de públicos (porque no se para sólo en la acción), triunfa en el contacto emocional a través de la música (prodigiosa la secuencia en el cementerio mientras suena The sound of silence de Simon y Garfunkel; menos afortunado y mucho más risible es el uso del Hallelujah de Leonard Cohen en la escena de sexo), triunfa visual y temáticamente en el uso de un material original tremendamente complejo, mucho más de lo que aspira a ser la película. Pero fracasa en una trascendencia que jamás podrá acercarse a la del cómic, fracasa en la elección de algunas escenas en detrimento de otras mucho más relevantes para la historia, fracasa en darle alma a los momentos más sobrecogedores de la novela gráfica. Habrá quien se quede con lo bueno y habrá quien se quede con lo malo. Habrá profanos que gracias a la película descubran éste y otros cómics y habrá puristas que la desprecien. No es la película definitiva de superhéroes como sí lo es el cómic, pero yo me quedo con lo bueno. Porque hay mucho de bueno en este magnífico entretenimiento. Porque, aunque no sea perfecto, supone hacer posible lo que parecía imposible.

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